Qué bonito sería que todos hablásemos el mismo idioma. La de fricciones que se evitarían. La de recursos que se ahorrarían. La de omnicomprensión que se fomentaría. Sin embargo, los idiomas universales son una entelequia, fundamentalmente porque son incompatibles con la forma en la que está cableado nuestro cerebro.
Como éste es un blog de letras no pretendo irme por las ramas neurocientíficas, pero basta decir que nuestro cerebro, por su propia estructura, tiende a modificar el idioma, a empeorarlo o mejorarlo, a eliminar palabras, a crear nuevas, a generar dejes que generen distinciones sociales (yo soy mejor que tú, escúchame), etc. Nuestro cerebro es una chapuza biológica llena de errores, y los idiomas, por tanto, son chapuceros en todos los países del mundo. Si os interesa el tema, os recomiendo dos libros al respecto: Kluge: la azarosa construcción de la mente de Gary Marcus y El cerebro accidental de David Linden. También os recomiendo mis artículos Todos los errores que cometemos al hablar como forma de enriquecer la literatura (I) y (II), (III) y (y IV).
No importa que todos hablemos igual un día, porque al mes siguiente, o transcurridos diez años, las diferentes regiones geográficas y sociales habrán formulado maneras de hablar distintas, tanto para adaptarlo a sus propias realidades como para diferenciarse del otro (el otro siempre es lo peor), todo ello pasado por la cocterlera de nuestro cerebro chapucero.
Esta argumentación también puede examinarse desde el punto de vista contrario: en realidad todas las lenguas son iguales, y exigir que unas personas hablen una lengua para que dicha lengua no se extinga es una entelequia: ninguna lengua existe más de una generación o dos: se transforma y muta de tal forma que, si bien las raíces permanecen, los flecos son otros. Hasta el punto de que parece otro idioma.
Es tan insensato, pues, procurar que las lenguas se conserve prístinas y ajenas al cambio y a la influencia como procurar que las lenguas desaparezcan en virtud de una única lengua más democrática, rigurosa y racional. Las lenguas simplemente son una masa informe que algunos técnicos se han empecinado en delimitar y regular.
Con todo, no son pocos los que han intentado lenguas universales y artificiales. Desde la época de Descartes hasta la actualidad se han inventado al menos 700 idiomas artificiales. Por ejemplo, el escocés Dalgamo ingenió un idioma artificial compuesto por palabras formadas por agregación de distintas letras cuya presencia indicaba el significado, así, la “n” indicaba que la palabra se refería a seres vivos; si la n se combinaba con la griega eta, formaba el concepto “animal”; si se completaba con la k, se refería a cuadrúpedos, etc.
El tutónico fue una mezcla de inglés básico con un alemán básico, nacido a finales del siglo pasado y desaparecido en su misma infancia.
Dice Gregorio Doval en El libro de los hechos curiosos:
En 1817, el francés François Sudre creó el soresol, idioma artificial basado en la escala musical. En él, por ejemplo, la nota do indicaba afirmación; re equivalía a la conjunción copulativa y; mii, equivalía a la conjunción disyuntiva o; mientras que la palabras solasi significaba “ir hacia arriba”, puesto que se componía de tres tonos ascendentes. Lo que más entusiasmó a sus escasos seguidores es que este lenguaje podía ser cantado.
El volapük fue un intento mucho más serio de lenguaje artificial universal. Fue inventado en 1879 por el religioso alemán Johann Martin Schleyer. En cuanto a su estructura gramatical se parecía al turco y al magiar. Tuvo cierto éxito a finales del siglo XIX. Se llegaron a publicar 316 libros de gramática diferentes, traducidos a 26 idiomas.
El único idioma artificial que ha llegado a superar los cien años de vida con un relativo éxito ha sido el esperanto, creando por el oftalmólogo Luis Lázaro Zamenhof. Se calcula que hoy lo habla 5 millones de personas. Veremos si dura y se impone a nuestro cerebro caprichoso.

Comentarios
Pues yo me alegro de todo eso, porque si no, no tendría trabajo xDDD
Nely García. Creo que si todos hablásemos la misma lengua, ganarían los textos escritos, pues al traducirlos se deforman, sobre todo los poemas. Saludos.
Si las lenguas fueran «perfectas», probablemente no podríamos usar el lenguaje figurado; y sin éste, no sería posible la literatura. Una gran pérdida, ¿no?
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