Aunque no seas ni quieras ser escritor, por favor: aprende a escribir (y II)

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Y cuidado. No estoy sugiriendo en ningún momento que una persona que muestre una mayor solvencia con la pluma sea más inteligente o culta que otra que no sabe más que expresarse con tópicos e incorrecciones o al estilo indio, “jau, tú hombre blanco”. Conozco a personas que escriben como disléxicos que, sin embargo, poseen una inteligencia (que a saber lo que es eso) y una claridad de ideas que ya quisieran muchos. Hablo de auténticos Pierre Nodoyuna de las letras, mucho peor de lo que podáis imaginar.

Así que lo que trato de manifestar aquí es que lo importante, independientemente de lo tonto del haba que sea uno, es expresar tu mundo interior al mundo exterior con cierta corrección y seguridad. Tan importante como seguir el código de la circulación. Tan importante como cumplir con las reglas de la cortesía. Tan importante que, de no hacerlo, no sólo es más probable que nos tomen por tarugos de piñón fijo (aunque no lo seamos) sino que nuestra escritura puede ser fuente de no pocos problemas. Ahí está el detalle, que diría Cantinflas. Y si no, ya sabéis: en boca cerrada no entran moscas.

Connie Willis, en su desopilante novela Por no mencionar al perro, argumenta sobre la necesidad de ser perspicuo con los demás de esta forma:

Y no sería la primera vez que un fallo de comunicación hubiera cambiado la historia. Miren las incontables veces en que un mensaje malinterpretado o no entregado o caído en manos equivocadas ha cambiado el resultado de una batalla: los planes accidentalmente perdidos de Lee para Antietam, y el telegrama de Zimmerman y las ilegibles órdenes de Napoleón al general Ney en Waterloo.

Deseé recordar un caso en el que los fallos de comunicación no hubieran tenido resultados desastrosos. No estaba seguro de que hubiera alguno. Miren la migraña de Hitler el día de la invasión. Y la carga de la Brigada Ligera.

Lord Ranglan, en lo alto de la colina, vio a los rusos tratando de retirarse llevándose la artillería turca y ordenó a lord Lucan que los detuviera. Lord Lucan, que no estaba en una colina y posiblemente sufría de Dificultad para Distinguir Sonidos, no entendió la palabra “turco”, no vio otra artillería que los cañones rusos que le apuntaban directamente, así que ordenó a lord Cardigan y sus hombres que cargaran contra ellos. Con los resultados predecibles.

Pero no quiero que este artículo suene como una amenaza a lo Clint Eastwood (interpretando a Harry Callahan, claro). Nada de “alégrame el día”. Ni de que no pienso contestar a quien no sepa ni dirigirse a mi ínclita y pluscuamperfecta persona. Hace tiempo que inicié el camino gandhiano de la resistencia pasiva ante la estulticia ajena: que cada uno cargue con su muerto. De modo que, la mayoría de veces, seguiré contestando, sonriendo y mostrándome medianamente correcto. Con todos vosotros.

Pero no os excedáis. Que todo hombre tiene un límite y hace tiempo que no limpio mi cuchillo de trinchar. Podrían cruzárseme los cables como a Norman Bates. Y ahora, a escribir como mejor sepáis.

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