Como lo prometido es deuda, aquí os presento un análisis de cómo la tecnología está modificando inadvertidamente la literatura contemporánea. Así que, siguiendo la línea abierta en el tríptico ¿Realmente leer en papel es lo mismo que leer en pantalla? (I), (II) y (y III), vamos allá.
Aunque nadie cree que los libros impresos vayan a desaparecer en un futuro cercano, lo cierto es que los libros electrónicos son cada vez más cómodos y útiles: sólo consumen energía cuando pasamos la página, no hay retroiluminación que canse la vista, la definición es equivalente a la de un papel impreso, podemos transportar miles de libros es sólo unos gramos de peso, etc.
Es decir: los libros electrónicos están introduciéndose en nuestros hábitos lectores de una forma tan rápida que ni siquiera nos percatamos de los efectos colaterales que producen. Pero como ya profetizó Mcluhan: un cambio en el medio implica un cambio en el contenido.
El principal problema de los libros electrónicos es que inevitablemente cada vez se parecen más a los ordenadores: tienen conexión a Internet, posibilidad de incluir hipervínculos, sonido, animaciones, vídeos, redes sociales, bloc de notas, diccionario. Finalmente, leer en un libro electrónico, salvo por la comodidad, se parece bastante a leer en una pantalla de ordenador con conexión a Internet. Y, como ya os expliqué en el tríptico ¿Realmente leer en papel es lo mismo que leer en pantalla? (I), (II) y (y III), ello influye en nuestra capacidad de leer textos profundos con una cuota de atención sostenida.
En pocas palabras, y tal y como señala el psicólogo Steven Johnson, la inmersión absoluta en otro mundo creado por el autor podría verse comprometido. El e-book nos aboca a terminar leyendo libros tal y como leemos revistas y periódicos: picoteando de aquí y de allá. Incluso leyendo a la inversa: yo mismo empiezo a leer siempre el periódico por la última página.
Veamos cómo Christine Rose, del Centro de Ética y Política Pública de Washington, narra la experiencia de leer Nicholas Nickleby de Charles Dickens en un Kindle, el e-book de Amazon:
Aunque al principio me despisté un poco, enseguida me adapté a la pantalla y me hice con los mandos de navegación y paso de página. Pero se me cansaban los ojos y la vista se me iba de un lado a otro, como me pasa siempre que leo algo largo en el ordenador. Me distraía mucho. Busqué Dickens en la Wikipedia y me metí en el típico jardín de Internet al pinchar en un vínculo que llevaba a un cuento de Dickens: “El cruce de Mugby”. Veinte minutos más tarde aún no había vuelto a mi lectura de Nicholas Nickleby en el Kindle.
Nuestra forma de leer libros está cambiando a medida que leemos libros electrónicos. Y, por supuesto, eso también acabará afectando a los tipos de libros que publicarán las editoriales: si cada vez se huye más de las lecturas farragosas y se apuesta por la “lectura de autobús”, imaginaos lo que nos espera en la era digital, en la que todos llevaremos completos dispositivos tecnológicos en el bolsillo.
Japón ya presenta un llamativo ejemplo de este proceso: en 2001 varias jóvenes japonesas empezaron a componer relatos en sus teléfonos móviles, bajo la forma de mensajes textuales que cargaban en una página web, Maho no i-rando, donde otras personas los leían y comentaban. Estas historias se expandieron como seriales o “novelas telefónicas” de popularidad creciente. Algunas de estas novelas tuvieron millones de lectores “online”. Los editores tomaron nota y empezaron a sacarlas como libros impresos. A finales de la década estas novelas de teléfono móvil habían pasado a dominar las listas de los libros más vendidos del país.
Otros cambios se producirán de forma más sutil. Por ejemplo, a medida que los lectores accedan a las novedades bibliográficas a través de búsquedas en Internet, los autores se verán cada vez más presionados para emplear determinadas palabras con más probabilidades de ser escogidas en esas búsquedas. Es lo que ya hacen los blogueros.
Steven Johnson apunta algunas probables consecuencias:
Los escritores y editores empezarán a preocuparse por cómo determinadas páginas o capítulos vayan a aparecer en los resultados de Google, y diseñarán las secciones específicamente con la esperanza de que atraigan esa corriente constante de visitantes llegados mediante una búsqueda. Los párrafos iniciales llevarán marcadores descriptivos que orienten a los potenciales buscadores; y se probarán distintos títulos de capítulos para determinar su visibilidad para las búsquedas.
Es decir, que el lenguaje mismo se verá alterado, incluso degradado. Es algo parecido a lo que ya ocurrió cuando se pasó de una cultura oral a una cultura escrita: cuando el autor supo que existía un lector atento y comprometido tanto intelectual como emocionalmente con su texto, modificó su manera de expresarse por escrito hasta que se separó totalmente de la forma de expresarse oralmente: explorando la riqueza del lenguaje. Una riqueza que sólo podía asimilarse a través de la página impresa.: nadie habla por la calle con la ampulosidad con la que Góngora escribía, por ejemplo.
Con la lectura digital está pasando justo lo contrario: ya no se expandirá el vocabulario, ni se ensancharán los límites de la sintaxis, ni tampoco se aumentará la flexibilidad y la expresividad del lenguaje en general. Lo que ocurrirá es que la literatura tenderá a ser accesible a fin de que el lector no pierda el hilo. Puede que incluso la literatura se acabe volviendo más accesible y sencilla que la propia expresión oral.
Crucemos los dedos para que no pase.
Por de pronto, un grupo de catedráticos de la Universidad de Northwestern ya dejó escrito en 2005 para la Annual Review of Sociology, que “la era de la lectura masiva ha sido una breve anomalía de nuestra historia intelectual (...). Estamos viendo cómo ese tipo de lectura vuelve a su antigua base social: una minoría que se perpetúa a sí misma, lo que podríamos llamar la clase leyente.” La cuestión pendiente de resolver es si esta clase leyente tendrá “el poder y el prestigio asociados a una forma cada vez más rara de capital cultural” o se les verá como a gente rara adepta a “una afición cada vez más arcana”.
Tras estas consideraciones un tanto apocalípticas (aunque pertinentes a fin de gestionar mejor lo que se nos viene encima), sólo me queda agradecer la paciencia y la resistencia numantina a los cambios tecnológicos a todo aquél que haya conseguido llegar hasta estas alturas del artículo. Si es que ha llegado alguien.
Vía | Superficiales de Nicholas Carr

Comentarios
No estoy de acuerdo para nada.
El señor Steve Johnson dice que en un e-reader leeremos los libros como lo hacemos con las revistas... pocos e-books ha leído caballero. La señora Christine Rose dice que ha probado un Kindle y le cansa la vista como una pantalla de ordenador... de dónde saca esa conclusión no lo sabe ni ella porque es imposible ya que no están retroiluminados.
Tengo un Kindle desde hace meses y voy intercambiando lecturas tanto en el lector como en papel, y los leo exactamente con la misma atención, de la misma forma y disfrutándolos igual, incluso leo durante varias horas seguidas en el kindle sin cansarme la vista, posiblemente gracias a mi visión sobrehumana, la única diferencia es que paso de página de forma diferente.
reprochon: estoy de acuerdo con que el fragmento de la valoración que hace Rose sobre el Kindle es erróeo o muy personal, pero no el resto de su valoración, que es de lo que trata el artículo (ya más arriba indico que las ventajas del e-book es que no están retroiluminados.
Lo que se está planteando en este artículo no es que los libros electrónicos sean malos per se: no lo son, y uno puede leerlos tal y como lee un libro normal. De hecho, no dudo que pronto aparecerán libros electrónicos que imitarán perfectamente el papel. Lo que aquí se dice, sin embargo, es que los libros electrónicos tienden y tenderán a convertirse en mini ordenadores: conexión a Internet, correo, red social integrada para comentar párrafos del libro, buscador, hipervínculos, etc. Y que todo ello, entonces, provocará en la lectura efectos paralelos a la lectura en pantalla del ordenador (excluyendo la vista cansada): esto es: menor cuota de concentración y tendencia a la lectura fragmentada.
No sé si eso acabará cristalizando o si los estudios que se han hecho al respecto son correctos (incluso experimentos de laboratorio en los que se valoraba el grado de comprensión de un texto cuando se leía en papel (o en libro electrónico sin más) o en ordenadores o libros electrónicos con capacidades de ordenadores.))Pero tus objeciones creo que no apuntan correctamente a núcleo del artículo sino a una frase sacada de contexto.
Saludos.
interesante
Por principio soy un integrado. No creo que las nuevas tecnologías nos hagan retroceder intelectualmente, sencillamente porque hay un error de perspectiva histórica. Respecto de los efectos de las búsquedas sobre el lenguajes: ¿es esto producto de la naturaleza misma de los e-books, o del sistema capitalista? Me explico: no tenemos un sistema basado en la oferta, como a principios del siglo pasado, sino basado en la demanda. A fines de vender, los "expendedores" de cultura plantean una oferta basada en la demanda, tal como pasa en el caso de las editoriales tradicionales con los demoníacos best-sellers. ¿Pero qué pasaría si se negaran a ofrecer basura con tal de ganar dinero, si se aceptaran como garantes del intelecto humano? Mientras la cuestión editorial siga regida bajo imperativos económicos más que culturales, el problema va a empeorar. Cambiemos la oferta, transformemos la demanda.
A ver, es que eso de que los lectores electrónicos cuentes con una serie de añadidos que nos hagan perder la atención en la lectura ya lo desestimo cuando digo que el tal Johnson dice que los leeremos como las revistas, al menos para mí me parece inconcebible. Ya me parece más lógico lo que la forma de escribir cambiará, pero eso siempre ha pasado.
Me da exactamente igual que el medio en el que leo tenga otros usos si para lo que lo estoy usando es para leer. He leído unos cuantos libros en el pc y entre capítulo y capítulo no me paraba a ver videos en youtube ni jugaba al buscaminas, lo que quiero en ese momento es leer, fragmentar la lectura o disminuír mi atencón es lo último que haría. No se qué estudios son esos, pero o se lo hacen a gente con déficit de atención o yo no lo entiendo.
Me parece que esta gente ve los añadidos como lo de internet, música, minijuegos que hay en estas plataformas como distracciones a su lectura, cuando no son más que complementos, no distraen al lector, el lector deja que lo distraigan.
Un saludo.
interesante
Debo ser un bicho raro, pues tengo 19 años, me encanta la tecnología, leo los libros en papel, escribo con estilográfica y tomo mis notas en una libreta. Creo que me estoy quedando anticuado, pero creo que por muy buena que sea la tecnología (y lo es) no debería entrar a ciertos hábitos, los degrada y les quita todo el encanto.
"La degradación es invisible a los ojos," al menos en este caso. Está allí para quien desea verla. Es decir, lo tuyo es una postura esencialmente metafísica, aunque estemos hablando de diferentes soportes físicos de la información, un tema que el desprevenido podría llegar a adscribir sólo al campo tecnológico.
Ocurre que lo material y sus tecnologías siempre producen ecos -y terremotos- en el pensamiento metafísico. Estás refiriéndote a la lectura como si se tratase en lo fundamental de un ritual que no tolera errores ni alteraciones, so pena de recibir anatema de herejía. Como toda ultraortodoxia en tiempo de rápidos cambios, la tuya está destinada a persistir. Aislada, sujeta a burlas y reproches, quizá hasta perseguida. Como todo ultraortodoxo, es probable que te sientas más fuerte en la soledad, el destierro y el martirio. Hay gente predestinada a vivir tiempos interesantes.
Por mi parte, en cuanto al acto de tomar notas y de la escritura informal, apenas si estoy probando algunas innovaciones con timidez (Echo Smartpen), pero sigo casi al nivel de trazar signos con un palito tiznado sobre un trozo de corteza de abedul. Aún contemplo con el estupor de los bárbaros a aquellos capaces de invocar las bendiciones del eterno cielo azul, trazando complejos signos sobre papiros, amate o tabletas de arcilla húmeda.
Interesante artículo, estos temas (centrar la atención en una actividad, dedicación de la lectura únicamente a ese fin, comprensión lectora, lectores electrónicos, etc.) siempre me han parecido muy interesantes.
Sin embargo, pienso como reprochon. Si me pongo a leer, únicamente tengo que ponerme a leer. Si de ahí salto a otras actividades, ¿el problema es mío o del formato? Cuando me he sumergido en un libro, cuando lo he disfrutado, cuando es un buen libro, en lo último que pienso es si leo sobre papel o sobre pantalla de tinta electrónica.
La atención y concentración está siendo sometida a un duro examen. Pero no sólo por las nuevas tecnologías. Siempre he creído que las herramientas son eso, herramientas. Son quiénes las usan los que determinan qué hacer con ellas. Los lectores electrónicos, y lo sabemos quiénes los hemos probado, no hacen, ni obligan, ni facilitan, que los lectores se dispersen o pierdan concentración. Si me pongo a leer, mi deber es concentrarme en esa tarea.
En el tema del lenguaje, sin embargo, puedo estar más o menos de acuerdo (aunque como vuelve a decir reprochon, y el mismo artículo, eso ya pasó y pasa siempre). "Si nadie habla o lee como yo, y quiero seguir hablando y leyendo...". Adaptación (aunque a veces sea a peor).
Pero de nuevo, estoy de acuerdo con willie7, y su apreciación sobre los best-sellers. ¿Es realmente sólo problema de la tecnología?
Hace 2 años y medio que uso diariamente lector electrónico. Al principio mi lector era de los básicos, para leer. Ahora tengo uno con Wifi, puedo hacer anotaciones, subrayar, etc. Y, oye, sigo haciendo lo mismo, es decir, leyendo. No puedo entender de dónde sacan estos estudios, la verdad. Entre los millones de lectores que pueden haber en el mundo, algunos habrán que se distraigan con estas nuevas opciones. Y otros muchos que vayan de un libro a otro simplemente porque pueden hacerlo con suma facilidad. Otros tantos que lean un libro y cuando lo terminen comiencen otro, o que lean dos, o tres o n a la vez. Exactamente lo mismo que cuando leemos en papel, aunque con los libros físicos resulte más engorroso. Y yo me pregunto ¿culpa del dispositivo por ser tan bueno? o ¿culpa del escritor por no captar suficientemente nuestra atención?
Bueno, quería simplemente comentar, pero nada es simple. He perdido 15 minutos de mi vida cumplimentando los requisitos de afiliación y, para rematarla, aguardé 30 más hasta que llegó el bendito correo de confirmación. ESA es una forma en que mi vida cambió para peor con Internet; estoy asociado a tantos blogs, grupos, periódicos, revistas, foros, páginas y un largo etc. que he perdido la cuenta hace años. Pero todos y cada uno de esos sitios me tienen claramente presente en sus indelebles memorias electrónicas. También hace años, más de 15, desde mi primer arcaico 386 hasta mi Sony Reader adquirido las navidades pasadas, que vengo leyendo en pantalla muchísimos libros de ficción en castellano e inglés, cantidad de ensayos, papers, tratados, manuales, revistas especializadas o de novedades, comics, infinitos artículos on-line (el tuyo es el penúltimo). Y en todo ese tiempo JAMÁS cambié mi estilo de lectura -educado en libros de papel, por supuesto-, a menos que fuese algo impuesto por las características del documento leído (p. ej., una enciclopedia, un tratado técnico lleno de referencias cruzadas). Y millones de lectores leen de igual modo, sin dispersarse demasido hacia otras pasturas. Parafraseando un meme viral: "Readers gonna read", los lectores leerán. El problema no es mcluhaniano, no es el medio, que sirve más que perfectamente a los intereses de los lectores tradicionales, incluso los compulsivos: mi biblioteca saltó en estas últimas dos décadas de poco menos de mil volúmenes a más de cien mil, mis horas dedicadas a la lectura se expandieron consecuentemente, lo que no me viene mal ya que me voy haciendo viejo para otros trotes. Parte del problema tiene mucho más tiempo de existencia y se debe a la eclosión de otros medios que trasmiten información en modo completamente distintos de la palabra escrita. Sí, estoy hablando de los ya vetustos fotografía, cine, teléfono, radio, televisión, sobre todo estos tres últimos, por su capacidad de (ventajosos) sustitutos de la escritura en su capacidad de trasmitir información. En efecto, se retorna a lo oral, a lo mímico, a lo gestual, se recupera parte de lo perdido al atravesar, hace unos cinco mil años, la interfaz cultural oralidad-escritura. Lo que permiten los casi recién llegados ordenadores es la fusión de todos esos medios en uno, si así lo elegimos: podemos colocar el acceso al film 'Gone with the wind' entre las páginas de un ejemplar de la novela 'Gone with the wind', podemos plagar sus páginas de vínculos a imágenes, a páginas de historia de la Guerra de Secesión, a ensayos y críticas sobre el libro, a todas las secuelas que se escribieron, a series de TV relacionadas. Pero lo que podemos hacer también es ponernos nuestro sombrero de lector y arrellanarnos -una bella palabra que no existiría sin la lectura- en sillón o equivalente y simplemente leer la novela como una novela, sin perderla de vista como novela y no disfrutarla como una experiencia multimedia o encararla como el objeto de una investigación socio-histórica-literaria. Depende. Depende de nuestra formación: como buenos lectores o como televidentes mediocres (el buen televidente puede dar cuenta de cualquier libro también). Depende de nuestra predisposición en el momento; si yo leyese en todos mis ratos libres -me acerco asintóticamente a esa situación-, nunca escucharía música, una actividad que es, digan lo que digan, difícilmente miscible con la lectura profunda; nunca comentaría artículos o noticias en la red; no tendría la posibilidad de ver '36 Fillette', de Catherine Breillat. Pero cuando leo, leo. No divago más con un libro virtual que con uno de papel. Lo único que extrañaría de mi biblioteca física, si tuviese que dejarla atrás algún día, son los lepismas, esas raudas criaturitas plateadas. Pero en un departamento con aire acondiciondo, tolerancia cero para con cucarachas y otros bichos, aspiradoras y una mucama que me desempolva, lustra y reordena los estantes cada seis meses, los simpáticos lepismas han seguido hace años la ruta de los dinosaurios y los tilacinos. Al menos hace años que no aparece ninguno. Entonces, en un rato más, luego de recorrer la red, de darle de comer al gato y de picar algo yo mismo en la cocina, volveré al apasionante ensayo -primer volumen de tres- "The coming of the Third Reich" de Richard J. Evans, libro que estoy subrayando demasiado. ¡Por suerte la "goma de borrar" electrónica no deja marcas en las páginas!
Para finalizar. Conozco excelentes lectores, incluso los que comparten mis gustos literarios, que no tocarían ni con un palo de diez metros un libro electrónico ("Te rompe los ojos", "no huele a papel", "¡el tacto, papi, el tacto!", "dejame de joder con esas cosas raras", "antes me mato"). Y conozco montones de lectores, buenos y malos lectores, dispuestos a leer en una pantalla -incluso en un viejo monitor con letras ambar sobre fondo negro- hasta que se les vacíen las cuencas requemadas y humeantes. He llegado a concluir que los nay-sayers a la e-lectura mantienen una postura filosófica, una especie de chauvinismo de las letras, una vocación a combatir por las causas perdidas, manteniendo en alto el estandarte (de papel, en este caso) hasta que una traidora lanza zulú les atraviese los riñones. Por mi parte, dejo a los dioses esas antiguas disputas acerca de la trasculturación (ver papiro egipcio correspondiente) y me dejo llevar por las corrientes del futuro, esas que intuyo desde los cinco años, cuando leí mis primeros relatos de ciencia ficción dura.
P.S.: Lo mejor -lo olvidaba- es haber dejado atrás la letra pequeña, esa que convierte la lectura de un pocket en una tortura satánica.
Genial tu contribución jbarbikane, me ha encantado.
lectores ebook o libro? Yo quiero comprar un ebook desde hace unos meses pero no me decido por que soy muy tradicional y me gusta leer en libros, el tacto el olor, eso no se puede sustituir. Evidentemente la economia no es muy alta para nadie en estos tiempos y pienso que si al comprarme un libro digital no podre comprarme mas libros, no me gusta la idea. El caso es que me estraña que a nadie se le ocurra la idea(se que la economia esta ante todo y ganar dinero es lo primero)de facilitar con la compra de un libro en formato papel un link para poder descargartelo en formato ebook, asi a las personas que como yo seguimos comprando libros tambien nos brindarian la oportunidad de tenerlo en formato digital para asi poder elegir donde y cuando leer en cada sitio, y asi tambien comprar un ebook sin remordimientos, y tener las ventajas de un formato digital y el romanticismo de un libro, y adecuarlo a cada momento, bueno gracias y espero que esta idea llegue a la vista de alguien que puede llevarla acabo.
He leído unos que otros e-books, sobretodo aquellos que me han resultado díficiles y hasta imposible adquirir impresos, aún así prefiero mil veces mis adorados libros impresos, su olor, su tacto, pasar las páginas, es un sueño materializado, y si le tienes mucho afecto, tomarlo entre tus brazos y llevarlo a tu pecho mientras inhalas la historia,los sentimientos y las emociones que guarda entre sus páginas... por eso y más LIBROS IMPRESOS! *-*
Y las emociones y sentimientos de una peli que has visto -y me imagino que habrás visto films que te emocionaron profundamente-, ¿dónde quedan guardados? El papel es el soporte físico [uno de los soportes físicos] de la palabra escrita. Pero, ¿y esa película que nos cambió la vida, esa que vimos hace 20, 30, 40 años, quizá en el viejo Lorraine de la Avenida Corrientes? (¿O era en el Súper de Boulogne?) ¿Dónde, en qué depósito olvidado e inaccesible están esos rollos de celuloide? Peor, ya no están esos cines, esas salas con sus olores característicos, a cuero, tabaco y humedad, el peso tangible de los cortinados, el rumor de los proyectores, la voz gastada del chocolatinero. ["¡Aero chocolate!¡Caramelos!¡Bombón helado!"]
¿Desapareció el recuerdo de esas emociones junto con el medio, el soporte físico original? Todo es efímero, todo lo dejamos atrás, "todo lo sólido se desvanece en el aire" (¡Y esto no lo dijo ningún poeta! Lo dijo Kalito). Los libros también quedan atrás, se pierden, se prestan, los roban, los olvidamos sobre la mesa de un bar, los quemamos -como quemaríamos nuestra propia carne- en épocas oscuras. Yo empecé a leer 'Siddharta' de Hesse tres veces y las tres perdí el libro (el primero me lo regaló un hippie australiano). Cuando lo leí completo, varias décadas después, ya era demasiado tarde para que ese libro pudiese cambiarme, torcer mi destino como lo han hecho tantos otros.
Mis libros se van sin irse también, se extinguen y se apagan con las etapas de mi vida. Ya no leo a Aldous Huxley como lo leía a los veintipico. Podría releer 'Un mundo feliz', pero amarillearán en algún estante oscuro 'Los demonios de Loudun' y 'El fin y los medios'. Alguna novela de SciFi aguantó más de diez relecturas ("Cuando un día que sabemos que es miércoles nos parece domingo, algo anda decididamente mal..."), hasta que en la relectura once o doce mi metabolismo cerebral viró a sepia y dejó de interesarme. No del todo, pero se había perdido la repetida sensación de maravilla.
Lo que quiero decir es que un libro es lo que leemos, cada vez que lo leemos, nada más que eso. El soporte, el papel, evoca otras cosas, como las evoca un viejo programa de cine, un mechón de cabellos, una foto (la foto de Panamá donde el toldo se agita), un viejo almanaque con la propaganda de una panadería (la de la polaquita rubia?). Lo importante es lo que queda dentro del cráneo, que es menos y más de lo que nos imaginamos. Y hasta eso se pierde. El olvido es un viento molecular constante e implacable.
Y ¡Oh, sorpresa, sorpresa! Nadie, nada, nunca, leerá el mismo libro que nosotros leímos. Para todos será distinto el velamen del 'Rachel' en el horizonte, buscando al hijo perdido ; para todos distinta la forma de la Cabeza del Etíope, que marca el camino hacia el reino de Ella, hacia los pantanos de la fiebre, hacia el pueblo de las catacumbas y las vasijas al rojo. (¿La puerta verde, Carl?)
Sin duda más de uno habrá leído los tres libros; agarrará las referencias al vuelo, mientras un cálido sentimiento de hermandad se propaga por su cuerpo. Sí, a mí me pasaría lo mismo, pero son boludeces, locas ilusiones. Son "otros libros" los que has leído, el espejo de cada mente distorsiona distinto.
Hasta la lectura del más bochornoso best-seller -en papel, en i-Pad, en tabletas de arcilla cocida- es un acto terriblemente solitario.
Quizá aquel dios (Toth? Horus?) tenía razón. Pero es demasiado tarde. Ya hemos olvidado.
Hola. Me encanta tu espacio, que he descubierto hace poco.
No estoy de acuerdo con tu postura, y ya de paso, con la de los estudios. Decir que un hipervínculo me va a distraer, es como pretender que leer las notas a pie de página me impedirían leer la historia principal. Está en mi, como lector, y en mi búsqueda (o lo que pretendor de ese texto), si sigo las notas o sigo el texto haciendo caso omiso de ellas.
No está mal, tampoco, por ejemplo, la inclusión de un block de notas y un diccionario. Lo primero es equivalente a las notas manuscritas al margen, lo segundo... qué decías de no expandir el lenguaje? :)
Incluso, para los lectores ávidos, es más económico conseguir libros en formato electrónico que en papel. El e-reader se amortiza solo. Claro, es difícil competir con un edición de lujo en tapa dura cuando tu libro es una corriente de unos y ceros desplegados en una carcasa de plástico, pero en cuanto al material en sí, es más accesible.
Y ni entremos al (inconmensurable) universo de las descargas de libros en PDF, o similares, por fuera de las tiendas establecidas. Creo que si se dejaran de molestar tanto con el DRM y la manía de "venderte el permiso para leer el libro", en lugar de dejarte disponer del e-book como quieras, para prestarlo, regalarlo o donarlo, las ventas serían muchísimo mayores. Yo sé que compraría casi todos mis nuevos libros en formato electrónico si supiera que la disponibilidad del libro en mi lector no dependiera de que Amazon o Barnes se peleen o no con la editorial o autor que lo escribe.
En cuanto a lo de la Universidad de Northwestern, creo que poco tiene que ver la disminución o declive de la clase leyente (que apelativo tan desagradable) con la tecnología en que se presenten los libros. Lo clave está en la educación (o falta de ella) de las nuevas generaciones. Mis padres fomentaron en mí el hábito de la lectura desde que tenía 8 años. Ahora tengo 36. Hay una generación que ha crecido educada por la televisión, porque tanto papá como mamá han tenido que salir a trabajar, o porque están muy cansados como para ponerse a leer con los pibes, o porque no les importa. Eso será tema para un sociólogo, pero no es culpa de los libros.
Finalmente, simpre habrá más gente dispuesta a irse al bar a pasar el rato con los vagos, que a la biblioteca. Ahora sólo cambiá la palabra "bar", por tu red social preferida, o tu juego favorito de PS3. Siempre hemos sido menos los lectores. No sé de qué se asombran estos catedráticos.
Saludos cordiales y disculpas por lo extenso.
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