¿Cómo vive un traductor en diferentes partes del mundo? Unamuno ganaba 225 pesetas por 100 horas de trabajo; y 150 por un artículo de media hora

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En el país que yo resido, España, ser traductor no es ninguna bicoca (al menos ser traductor de literatura): hay que echar muchas horas, y la remuneración es más bien escuálida. Un traductor que quiere vivir exclusivamente de su trabajo probablemente deberá sacrificarse durante jornadas maratonianas que incluso comprometan los fines de semana.

Sin embargo, los traductores tienen mejor o peor suerte en otros lugares del mundo.

En Estados Unidos, por ejemplo, el panorama todavía es más crepuscular: en el mundo anglófono no se ofrecen puestos de trabajo como traductor literario, y los que empiezan en esta dura profesión tienen escasas oportunidades de incorporarse. La remuneración, además, sería equivalente a la que recibe por hora una canguro (y muchas veces ni siquiera hay remuneración).

Esta disparidad de salarios en el ámbito de la traducción literaria quizá también tenga que ver, entre otras cosas, con que una buena o una mala traducción literaria (o dicho de otro modo, una traducción profesional o una amateur) solo compromete la calidad de la obra, pero nada más. Imaginaos lo que sucedería si un profesional cometiera errores de traducción en un texto médico o uno legal: podrían causar daños inmediatos a otros. Pero con una traducción literaria no existe tal riesgo.

Siguiendo en el ámbito de la traducción literaria, pues, apenas existen ejecutivos editoriales en Gran Bretaña y Estados Unidos que lean lenguas extranjeras, aparte del francés, lo que acarrea una curiosa situación señalada por David Bellos El pez en la higuera:

Una consecuencia de esta situación casi vergonzosa es que la traducción al francés es, si no un prerrequisito, sí una carta de presentación muy útil para una obra en cualquier otra lengua que pretenda entrar en el mercado de la literatura mundial. Las carreras internacionales de escritores como Ismael Kadare y Javier Marías, por ejemplo, dependieron al principio de que sus obras fueran leídas en traducciones francesas por editores de Estados Unidos y Gran Bretaña. Pero también abundan los editores que adquieren derechos de traducción de obras extranjeras basándose exclusivamente en informes de lectura y en “rumores”, y el traductor inglés es a menudo la única persona en la cadena que conoce de verdad a fondo la obra o a su autor.

La situación es muy distinta para los traductores japoneses. Para comprender cuán relevante es el papel de un traductor en Japón, vale la pena conocer a Shibata Motoyuki, el traductor más famoso de inglés en el país: su editor ha publicado la “Colección de Traducciones de Shibata Motoyuki” y las librerías reservan secciones enteras para su obra. Su nombre no sólo aparece en la sobrecubierta sino que se imrime en el mismo cuerpo de letra que el del autor.

Así de importantes son los traductores en Japón, cuyo estatus alcanza incluso al de escritores ingleses o americanos.

David Bellos habla de la situación de los traductores en otros países:

En Alemania, los traductores literarios suelen recibir unos derechos significativos sobre los libros que traducen; los traductores literarios franceses también están mejor pagados que sus colegas estadounidenses. Pero no así los españoles: a principios del siglo XX, la remuneración de la traducción de La historia de la Revolución francesa, de Carlyle, llevada a cabo nada menos que por un “gran nombre” como Unamuno, lo hubiera matado de hambre (“Mientras tarda 100 horas traduciendo para conseguir 225 pesetas, gana 150 escribiendo un artículo en el que no emplea más de media hora”).

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