De cómo el litio acabó con la inspiración artística

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Muchos son los ejemplos de autores que supervitaminan su cerebro con toda clase de sustancias a fin de llamar a las enloquecidas musas, tal y como os expliqué en Las obras más influyentes inspiradas por las drogas. Otros, sin embargo, poseen un cerebro supervitaminado de serie, como si dijéramos. Es decir, padecen algún desarreglo neuroquímico que cataliza un tipo de arte que, de otra forma, probablemente, nunca se hubiese alumbrado.

Algunas sustancias químicas del cerebro, en proporciones anormales, generan estados de ánimo complejos, ciclotímicos o que sencillamente se apartan del canon establecido. Dichas anomalías ahora son tratadas por la farmacología disponible, pero antes no sucedía tal cosa. Así pues, de algún modo podríamos afirmar la siguiente boutade: que determinados fármacos están menguando la biodiversidad mental. Una biodiversidad muy pertinente en el caso de la creación artística.

No es un planteamiento tan estrafalario. Algunos libros, como El poder de la neurodiversidad, de Thomas Armstrong, exploran esta idea hasta sus últimas consecuencias. Así pues, si aceptamos que en cierto grado pudieran perderse determinadas facetas de la creatividad más loca a causa de algunos fármacos, entonces deberíamos asumir, también, que el descubrimiento del litio acabó con una parte de la inspiración artística del mundo.

Un buen ejemplo de cómo afectó el litio a un artista en particular es el caso del poeta Robert Lowell, para el cual el litio tuvo connotaciones casi fáusticas. Lowell era el paradigma de artista lunático, en la línea de Van Gogh o Poe. Lowell, sin ir más lejos, se presentó en una ocasión en casa de un amigo convencido de que era la Virgen María. Su desorden mental, que en la vida diaria era un problema, resultaba sin embargo muy interesante en su poesía de las décadas de 1950 y 1960.

Entonces, en 1967, llegó el primer auténtico estabilizador del estado de ánimo, el litio, una sal capaz de controlar el reloj interno del cuerpo. El litio ha sido un fármaco eficaz contra la depresión. Cuando Lowell fue internado en un psiquiátrico y se le administró litio, pues, enseguida sintió una estabilidad inaudita en su mente.

Tal y como lo explica Sam Kean en su libro La cuchara menguante:

Desde su perspectiva nueva y estable, podía ver cómo su antigua vida, llena de peleas, alcohol y divorcios, había dañado a tanta gente. Pese a todos los versos francos y emotivos de sus poemas, nada de lo que escribió Lowell es tan conmovedor, nada sobre la frágil química de los seres humanos tan emotivo, como el simple lamento que le transmitió a su editor, Robert Giroux, después de empezar a medicarse con litio. “Es terrible, Bob”, le dijo, “pensar que todo lo que he sufrido, y todo el sufrimiento que he causado, pueda ser el resultado de una falta de un poco de sal en el cerebro”.

Lowell, antes de medicarse con litio, sufría ciclos de manías y depresiones, una especie de interruptor anímico que le permitía trabajar mejor sin distracciones gracias a la manía o sedado por la depresión. Con el litio, entonces, su arte se vio profundamente resentido. Lowell pasó de ser un genio demente a un simple ser humano con buena salud mental.

Muchos artistas dicen sentirse aplacados o tranquilizados con el litio. (…) No cabe duda de que su poesía cambió después de 1967, que se tornó más áspera e intencionadamente menos trabajada. Además, en lugar de inventar líneas con su mente libre y viva, comenzó a sustraer líneas de cartas privadas, lo que enojó a las personas que se vieron citadas. Esas obras ganaron un premio Pulizer en 1974, pero no han resistido el paso del tiempo. Comparadas sobre todo con sus vivaces obras de juventud, apenas se leen en la actualidad.

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