De cómo las novelas han salvado el mundo: abolición de la esclavitud, malos tratos, sufrimiento ajeno y otras tragedias (II)

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Si echamos un vistazo a cualquier museo donde se exhiban piezas para torturar al prójimo, descubriremos horrorizados cuán crueles podían ser las personas en el pasado. Actualmente también existen individuos sumamente crueles, pero antes no constituían una minoría: la gente común disfrutaba contemplando cómo se ajusticiaban a los reos, aunque la tortura superara en mucho los límites de cualquier película gore actual.

Sin embargo, a finales del siglo XVIII hubo un apogeo de humanismo que, según Lynn Hunt, coincidió con el apogeo de la novela epistolar, un género en el que el relato se desarrolla a través de las propias palabras de un personaje. Lejos del distanciamiento del narrador omnisciente.

Un buen ejemplo de cómo estas historias llegaron a partes del alma de la gente corriente como nadie lo había hecho antes fue el éxito cosechado por tres novelas melodramáticas: Pamela, o la virtud recompensada (1740), Clarissa (1748), ambas de Samuel Richardson, y Julia, o la nueva Eloísa (1761), de Rousseau.

A pesar de que el clero denunció esas novelas y las incluyó en el Índice de Libros Prohibidos, la gente empezó a sentirse identificada con mujeres mediocres (criadas incluidas) o las intolerables bodas concertadas. Un oficial militar retirado, por ejemplo, escribía estas palabras a Rousseau tras haber leído Julia, o la nueva Eloísa:

Habéis conseguido que esté loco por ella. Imaginaos las lágrimas que su muerte me ha arrancado (…). Nunca he derramado lágrimas más deliciosas. Esta lectura produjo en mí un efecto tan poderoso que a mi juicio, en ese momento supremo, habría muerto de buen grado.

Tal vez la cadena causal “leer una novela epistolar” – “ser más comprensivo con los demás” parezca un poco débil. Quizás, pensaréis, hubo otros motivos que empujaron a la gente a respetar más los derechos humanos, lo que finalmente condujo a que fueran más receptivos a las novelas epistolares.

Pero la correlación anterior es tan poderosa que no puede desdeñarse tan fácilmente, tal y como explica Steven Pinker en su libro Los ángeles que llevamos dentro:

Los hechos están ordenados en la dirección correcta: los avances tecnológicos en la edición, la producción masiva de libros, la expansión de la alfabetización y la popularidad de la novela precedieron a las principales reformas humanitarias del siglo XVIII.

De hecho, la correlación es tan fuerte que podríamos enumerar novelas concretas y relacionarlas con cambios sociales concretos, tales como la abolición de la esclavitud o la lucha contra los malos tratos de los niños.

En la próxima y última entrega de esta serie de artículos, profundizaremos en algunos de esos títulos particulares y el efecto que provocaron.

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