El agotamiento de los nombres en un mundo mejor interconectado: títulos de libro, de personas, de sitios y otras cosas repetidas (I)

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No sé a vosotros, pero a mí me cuesta un enorme esfuerzo recordar el nombre de escritores si éstos no tienen un apellido poco frecuente, o quizá un nombre extraño. De hecho, mi dificultad atañe a los nombres de todas las personas que conozco (sin ir más lejos, hablo a menudo con diversas personas que comparten nombre de pila, y no sólo suelo confundirlos, sino que debo matizar a quién me estoy refiriendo continuamente cuando hablo con terceros).

Estos problemas, gracias a Internet y particularmente a las redes sociales, se han multiplicado por mil. (En una de mis redes sociales, por ejemplo, tengo un conocido que se llama exactamente igual que yo, apellido incluido. Y más de una persona me ha confundido con un fotógrafo que también se llama Sergio Parra (incluso he recibido insultos de creyentes que se sintieron ofendidos por fotografías blasfemas tomadas por ese tipo).

A su vez, otro Sergio Parra me dijo que un Sergio Parra le había llamado por teléfono desde un concurso de televisión a fin de que le ayudara en una prueba, y me preguntó si yo era ese Sergio Parra).

De hecho, alguna vez he pensado en citarme endogámicamente con todos los Sergio Parra que hay en España (e incluso algún Sergio Parra Castillo). Gracias a Internet no es tan remota la posibilidad de que un individuo tenga dos o tres amigos que se llaman exactamente igual que él. Y quién sabe: quizá acabe existiendo una persona cuyos amigos, todos ellos, se llaman con él.

Estos fenómenos nos dicen algo muy importante sobre cómo funciona nuestro cerebro, y sobre cómo deberíamos empezar a gestionar nuestros bautismos en las próximas generaciones.

O esa chica de veinte años que se considera muy alocada y vividora, muy cool, y que al ingresar en un Chat o una red social lo hace bajo el nick de CrazyGirl, Morena20 o similares. En ningún momento será consciente de que en Internet deben de haber del orden de cien mil chicas que, como ella, han decidido ponerse el nick CrazyGirl para proyectar idénticos ideales: si lo fuera, si la chica fuera consciente de ello, el pudor no le permitiría llamarse como tantas otras que también se consideran únicas y especiales.

Pero la cuestión es que no lo somos por un particular detalle de diseño y circuitería de nuestro cerebro, como os explicaré más adelante.

Según un informe de la ONU, el nombre más frecuente en el mundo es Mohammed. Y el apellido, Li. Estamos hablando de miles de personas llamadas así. Cuando un nombre y un apellido no sirve para distinguirnos de los demás (porque los demás están interconectados con nosotros de formas que nadie había previsto hace ni medio siglo), entonces es que estamos haciendo algo mal.

Este agotamiento nominal, de hecho, se está produciendo en todos los ámbitos (en el de las personas es muy evidente porque somos, en fin, muchísimas personas en el mundo). Uno de esos ámbitos es la geografía o los nombres de las localidades que pueblan el mundo, como podéis leer más extensamente en A medida que viajamos más, los nombres de los lugares se agotan.

Pero este agotamiento de los nombres, casi de las palabras, se produce en muchos otros ámbitos, como os explicaré en la siguiente entrega de esta serie de artículos sobre los nombres y el tamaño de nuestro planeta.

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