Síguenos

Seguimos explorando las fascinantes implicaciones de un mundo mejor interconectado donde las distancias físicas desaparecen, a la vez que tenemos que cargar con un cerebro que no está diseñado para asimilar la existencia real de más de 150 individuos (en un mundo que tiene miles de millones), tal y como iniciamos en la anterior entrega de esta serie de artículos.

Por ejemplo, a la hora de registrar dominios de Internet: un canadiense con domicilio en High Prairie, Alberta, registró JRRTOLKIEN.COM y lo retuvo durante una década, hasta que un tribunal de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual de Ginebra se lo quitó. Al parecer, Prairie estaba también haciendo negocio con la posesión de otros nombres famosos, como Céline Dion, Albert Einstein, Michael Crichton o Pierce Brosnan.

Si los nombres son muy famosos (como Nike o Coca-Cola, que los economistas calculan que su valor es de siete millones de dólares y setenta millones, respectivamente), la cosa está clara. Pero a medida que aumentan los productos culturales, y esos productos ya no tienen fronteras físicas que cubrir, entonces la capacidad de inventiva de nuevos nombres es finita. Proteger determinados nombres del uso común, finalmente, derivará en que el usuario corriente no tendrá libertad para bautizar como estime oportuno su producto digital.

En 1980, en Estados Unidos, se registraban casi 10.000 marcas comerciales al año. En 2010, 300.000. Y sigue aumentando. Así pues, no parece muy inteligente la medida de proteger con derechos de autor el nombre o título de un producto para evitar que proliferen nombres o títulos idénticos: a largo plazo, se agotarán o se restringirán artificialmente las posibilidades.

James Gleick abunda en ello en su libro La información:

En el estudio de la onomástica hay un axioma que afirma que el incremento de las unidades sociales da lugar al incremento de los sistemas de nombres. Para vivir en una tribu o en una aldea, un solo nombre, Albin o Ava, bastaba; pero las tribus dieron lugar a clanes, las ciudades a naciones, y la gente tuvo que perfeccionar el sistema: se crearon apodos y patronímicos, nombres basados en la geografía o en la ocupación del individuo. Unas sociedades más complejas exigen unos nombres más complejos. Internet representa no solo una nueva oportunidad de luchar por los nombres, sino un salto de escala que da pie a una fase de transición.

El cerebro del ser humano está programado en base a grupos de congéneres de unos cuarenta o cincuenta miembros (150, como máximo, según el número estipulado por el antopólogo Robin Dunbar): las tribus prehistóricas solían moverse en estos baremos. En las sociedades actuales, en las que el hombre debe convivir en macrocomunidades de miles o hasta millones de individuos, el cerebro se niega a aceptar la realidad, a asumir racional y emocionalmente el número gigantesco de personas que pueblan en planeta.

Una prueba de ello es, por ejemplo, la idea de sentirse especial cuando uno afirma “siempre me pasa lo peor a mí” o ideas agoreras del mismo estilo, que en una superpoblación como la actual no tienen sentido, tropiezan en una falacia provinciana, una realidad túnel: nadie en el Primer Mundo puede afirmar tales cosas parangonándose, por ejemplo, con los millones de habitantes del Tercer Mundo. Nuestro egocentrismo, pues, nace por instinto de supervivencia, pero también de un caldo de cultivo social en el que los grupos humanos eran muy reducidos en comparación a los actuales.

Ello lleva aparejado, pues, que los nombres se estén agotando, tanto para nombres de personas como marcas de productos, incluso para títulos de libros. Todavía tengo que aclarar a mucha gente que me encanta la novela El nombre del viento de Patrick Rothfuss, que nada tiene que ver con La sombra del viento de Carlos Ruiz Zafón.

En la ciencia ficción española, incluso, se ha estudiado la extraña tendencia, sobre todo en las últimas dos décadas, de incluir el nombre “Dios” en el título de muchas novelas. Hasta el punto de que, personalmente, empiezo a confundirlas todas. (Yo mismo tropecé en este abuso en una novela corta de ciencia ficción que publiqué en la revista Pc-Actual titulada La granja de Dios.

Abandonando el género de la ciencia ficción, tengo otra anécdota al respecto: hace años publiqué una novela titulada Frío, y poco después apareció otra novela de Laurie Halse Anderson exactamente con el mismo título. También tengo una novela aún inédita titulada Escucha mi voz, que coincide con otra que fue publicada posteriormente por Susana Tamaro (y que me ha obligado a buscarle otro título).

Aquí podéis leer que este solapamiento de nombres también ocurre con los lugares geográficos, sobre todo si coinciden con el nombre de marcas comerciales cada vez más globales, como MacDonald´s.

En la tercera y última entrega de esta serie de artículos, exploraremos más ámbitos en el que el agotamiento de los nombres cada vez es más evidente.

Los comentarios se han cerrado

Ordenar por:

2 comentarios