El mayor problema de que los libros se vendan en las librerías (I)

Sigue a

Librería Lello

En general, huyo de las frases hechas que presuntamente encierran sabiduría popular (aunque en realidad solo son bonitas bengalas aforísticas). Sin embargo, hay una en particular que no puedo evitar repetir, sobre todo a propósito de lo que voy a contaros: que los árboles no te impidan ver el bosque.

Y la frase de marras viene a cuento porque muchas personas, cuando se enfrentan a un problema intelectual, acostumbran a confundir la anécdota con el todo, lo particular con lo general, lo provinciano con lo global y, sobre todo, las querencias sentimentales y románticas individuales con el quid de la cuestión.

En ese sentido, la defensa a ultranza de las librerías tradicionales, de las de toda la vida, de las que desprenden tufo a moho, de las que el librero es sugeridor y confidente a un tiempo, incurre a menudo en ese sesgo cognitivo: nos ciega tanto el amor que sentimos hacia nuestra particular forma de acceder a los libros que somos incapaces de contemplar el acceso a la cultura desde un punto de vista cenital en el que se incluya historia, ciencia y economía.

Sencillamente pataleamos: la desaparición de las librerías a causa de las grandes superficies comerciales y, particularmente, de Internet es un horror. Con todo, el transcurrir del tiempo, el tictaqueo del reloj, acaba por deslucir todos esos sentimientos: ¿dónde están los que se llevaban las manos a la cabeza tras la aparición de los libros y, en consecuencia, la retirada de la oralidad y la memoria; agoreros que creyeron que jamás dejaríamos de ir en coche de caballos; los que se resistieron a abandonar la pluma por la máquina de escribir y, más tarde, la máquina de escribir por el ordenador? ¿Dónde están los juraron que nunca buscarían una respuesta en Wikipedia porque las enciclopedias polvorientas eran mucho más fiables?

Yo os diré dónde están: plegados a las nuevas convenciones (y defendiéndolas con idéntico romanticismo). Así es la rueda de la historia: si no nos caemos de ella, acabamos tan mareados de tanto giro que ya ni recordamos las veces que nos equivocamos en nuestras apologías (ni cuán sospechosamente similares son las de antaño comparadas con las de hogaño).

Toda esta introducción me sirve para amortiguar vuestra reacción a lo que ahora mismo, sin ánimo de epatar, voy a escribir: que vender libros en librerías, por muy entrañable y romántico que sea, choca frontalmente contra la lógica del acceso a la cultura, el acceso a la variedad, el amor por las letras y, en suma, la mera existencia de conocimiento.

Dicho de otro modo: defender las librerías es tan carpetovetónico y contradictorio en alguien que ame de verdad los libros que sería comparable a un defensor de los copistas o amanuenses medievales en contra de las actuales máquinas de reproducción e impresión. Y las actuales máquinas de reproducción e impresión en contra de Internet.

Que nadie se lleve a engaño: el que más se refocila recorriendo las inestables estanterías de libros de un local pequeño y cuco soy yo. Me siento como un buscador. Acabo oliendo al polvo valetudinario de la cultura. Estoy rodeado de gente como yo, de la Logia del Libro. Sé que al librero no se le descolgará la mandíbula si le pregunto sobre un libro de Husserl.

Pero una cosa es disfrutar de algo y otra cosa es darse cuenta de que el disfrute tiene mucho de hedonista pero poco de lógico e inteligente.

Podríamos empezar a desgranar los problemas endémicos de las librerías mencionando sus reducidas dimensiones: cuando una cultura sólo aspira a acceder a un número muy limitado de volúmenes, las librerías constituyen una buena solución. Pero si cada uno de los usuarios de una librería aspira a tener gustos distintos, inquietudes disímiles, las librerías parecen lugares en los que se pretende apagar el fuego de la diversidad: aquí se lee lo que hay (y eventualmente te podremos pedir algún libro raro que no esté a la vista).

Pero los problemas con las librerías pueden llegar a ser incluso más sutiles, casi hermenéuticos y ontológicos. Pero eso os lo desvelaré en la próxima entrega de este artículo acerca del amor/odio hacia las librerías.

Los comentarios se han cerrado

Ordenar por:

4 comentarios