El mayor problema de que los libros se vendan en las librerías (II)

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Como os adelantaba en la anterior entrega de este artículo, las librerías (e incluso las grandes superficies comerciales como Fnac o Casa del Libro) llevan aparejados unos problemas de logística que, habida cuenta de la época digital en la que estamos viviendo, resultan ya escandalosos.

Con el auge del comercio online ha llegado a ser evidente el poder de recategorizar y ordenar los productos instantáneamente revela su verdadero valor, tal y como explica Chris Anderson en su libro La economía Long Tail:

Para empezar, las tiendas online pueden hacer listas de productos y categorizarlos en cuantas secciones elijan. Eso atrae la atención de los compradores potenciales que no habrían encontrado el producto en la categoría de partida, y también estimula la demanda en las personas que ni siquiera estaban buscando el producto, pero fueron inducidas a comprar mediante una ingeniosa colocación. La eficiencia y éxito del comercio minorista online ha puesto en evidencia el coste de la inflexibilidad y la excesiva simplificación de las clasificaciones de las tiendas minoristas tradicionales.

Las librerías pueden tener problemas de espacio físico, e incluso de precios elevados a fin de pagar los costes del mantenimiento del espacio físico, pero uno de los problemas más acuciantes incluso a nivel filosófico es que los libros deben organizarse de un modo inflexible y tosco, y generalmente un mismo libro no puede estar físicamente en diversas categorías (a causa de las limitaciones del espacio físico).

La era Google ha puesto de manifiesto, pues, que el sistema de clasificación decimal de Dewey para organizar los libros, por ejemplo, es limitada. Quizá a la hora de buscar una novela romántica no importará mucho si en dicha clasificación se incluya o no una obra de Tom Clancy en la que exista un pasaje profundamente romántico. Pero si somos personas que queremos adquirir conocimientos sobre alguna disciplina, entonces las clasificaciones entorpecen esa búsqueda.

El propio sistema de Dewey es cuestionado así por Chris Anderson cuando entra en la categoría 200, Religión, y encuentra 210 (Filosofía y teoría de la religión), 220 (Biblia), 230 (Teología cristiana), 240 (Moral cristiana y teología de la devoción), 250 (Órdenes cristianas e iglesias locales), 260 (Teología social y eclesiástica), 270 (Historia del cristianismo y de las sectas cristianas), 280 Denominaciones cristianas), 290 (Religión comparada y otras religiones):

¿Se ve el problema? El islamismo, el judaísmo, el hinduismo, el taoísmo y todas las religiones el mundo, que representan la mayor parte de la población global, se han agrupado en un subconjunto de “otras religiones”. Esta taxonomía dice más acerca de la cultura del siglo XIX en Estados Unidos, donde se desarrolló el sistema (y quizás acerca del propio autor, Melvil Dewey), que sobre el mundo de la fe.

Y es que el sistema de clasificación decimal de Dewey, así como cualquier otra clasificación que imaginemos para el mundo físico, no tiene apenas nada que ver con el mundo de la cultura o el conocimiento. Tiene que ver con el mundo de los libros, entendidos éstos como entidades físicas e individuales. Tiene que ver con el comercio y la optimización del espacio, con la logística, con el modo de vender las cosas. (A este respecto, tal vez os interese leer mi artículo ¿Cómo puedo organizar mi enorme biblioteca sin morir en el intento? Trocéala y (II)).

Clay Shirky, un destacado pensador que ha estudiado los efectos económicos y sociales de las tecnologías de Internet, explica:

Todo el esfuerzo se ha concentrado en optimizar el número de libros en el estante. La estructura de este esquema aparentemente se basa en los conceptos. Se ha organizado en categorías no superpuestas que llegan a ser más detalladas a medida que bajan los niveles; se supone que determinado concepto encaja en una categoría y en ninguna otra. Pero de cuando en cuando el esqueleto asoma, y ese esqueleto, la estructura de soporto en torno a la cual se ha construido el sistema, está pensado para reducir al mínimo el tiempo de búsqueda en los estantes.

Las bibliotecas usan sistemas de búsqueda cada vez más eficientes, la mayoría digitales, pero los problemas de las estanterías persisten. Los libros están en unas estanterías y no otras, los libros comparten estanterías con otros libros. Y ya no digamos cuando los libros acaban por error en una estantería: hasta que no sea encontrado por el bibliotecario, el libro habrá desaparecido de facto.

Preocupado por ello, el arquitecto Rem Koolhaas diseñó la biblioteca pública de Seattle de un modo radicalmente distinto: dispuso las estanterías en una espiral que se expandiría o se contraería en función de lo que buscaran los usuarios en los ordenadores. El sistema, pues, era flexible, un poco como ocurre con Wikipedia o con el propio Google, pero las limitaciones de la física exigían igualmente que los libros se organizaran con cierto orden fijo.

En la tercera y última entrega de esta serie de artículos os explicaré otra desventaja de las estanterías.

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