El mayor problema de que los libros se vendan en las librerías (y III)

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En la anterior entrega de esta serie de artículos os señalaba la inflexibilidad y la tosquedad de los sistema de clasificación de libros en las estanterías. Pero las estanterías acarrean más problemas que los románticos de las librerías parecen no observar: la geografía.

La principal limitación de cualquier comercio minorista en general, y de las librerías en particular, reside en la búsqueda de encontrar consumidores locales. La mayor parte de la gente que acude a una librería lo hace porque queda cerca de su domicilio, así pues no es económicamente ventajoso ofrecer libros que solo puedan interesar, por ejemplo, a personas que viven a mil kilómetros de distancia.

Puede que existan librerías suicidas que ofrezcan solo productos alternativos: pero como suicidas que son, acabarán cerrando (a no ser que tengan un medio de ingresos alternativo). Lo explica así Chris Anderson en su libro La economía Long Tail:

Ya sean películas, CD o cualquier otro producto, estos minoristas tendrán solamente los contenidos que les permitan ganarse el sustento: productos que atraen poderosamente la atención (y el dinero) de la limitada población local. En Estados Unidos, el 20 por ciento de la población vive a más de 13 kilómetros de la librería más cercana, y el 8 por ciento reside a más de 30 kilómetros. (…) Aun cuando todos quieran comprar sus productos de este modo, muchos no podrán hacerlo. Hay que tener en cuenta que, en la tiranía del espacio físico, una clientela demasiado dispersa es lo mismo que ninguna clientela. Por lo tanto, la demanda local debe tener suficiente concentración para compensar los altos costes de distribución física.

En las estanterías digitales, sin embargo, no existe tal problema aunque los libros que se compren sean físicos: una estantería digital dispondrán, potencialmente, de TODOS los libros existentes, de modo que los compradores potenciales son todo del país, todo el continente e, incluso, tal y como ha conseguido Amazon, todo el planeta (y a precios hasta un 90 % más bajos que los comercios minoristas físicos).

Todo lo expuesto hasta aquí, en consecuencia, no es un alegato en contra de la existencia de las librerías. Ni mucho menos. Espero que sigan existiendo las librerías como aún existen tiendas de discos de vinilo. Lo que posiblemente deberíamos asumir todos es que las librerías, cada vez más, adquirirán una aureola de lugar pintoresco, perdiendo su estatus de lugar sacrosanto en el que necesariamente deberemos adquirir libros si somos amantes de la cultura. Los argumentos expuestos son irrefutables en lo tecnológico, pero a éstos se pueden añadir otros, como el coste de los propios libros (que deben pagar el espacio físico donde se venden, los sueldos de quienes los venden, etc.).

Las librerías, pues, son encantadoras. En Oporto pude visitar hace poco la que fue inspirada por J. K. Rowling para su saga de Harry Potter. Pero en ella no compré ningún libro. Ni uno solo. ¿La razón? Bastante evidente: todos los libros estaban en portugués.

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Como conclusión, y como sé que en muchos de vosotros se alumbrará la idea “yo nunca leeré libros digitales, donde se ponga el papel, etc.”, os advertiré de algo que quizá os haga reconsiderar vuestra reacción: tecnológicamente es posible, insisto, es posible crear libros que serán exactamente, insisto, exactamente idénticos a los libros que compráis en una librería (incluso podrán tener polvo y oler a polvo) pero que estarán completamente en blanco: una tinta electroforética introducida en el papel permitirá que se escriba instantáneamente cualquier libro que carguemos vía USB.

Es decir, que en un solo libro llevaremos todos los libros (o en varios, como más os guste). Cuando eso ocurra, comprar libros físicos será tan marginal como comprar alfalfa para los caballos. Cuando eso ocurra, acudir a una librería os parecerá divertido y hasta romántico… pero ciertamente poco útil si amáis de verdad a los libros.

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