Si se descubriera que existen más autores brillantes de los que creemos, ¿seguiríamos adorando a los autores brillantes? Margaret Atwood dice: “Interesarse por un escritor porque nos gusta su libro es como interesarse por los patos porque nos gusta el foie.”
Que no se engañe nadie: existen miles de Shakespeare, miles de Cervantes, miles de Stephen King. Y quizás afirmando algo así estoy entrando en terreno peligroso. Porque seguramente nadie pueda estar de acuerdo con tal afirmación: que la genialidad no es algo tan único y escaso como percibimos.
Estoy hablando de que no existen autores magníficos. Más aún: que las obras ni siquiera tienen autor (con todo lo que eso supone para el espinoso asunto de los derechos de autor, tan en vigor hoy en día con el nuevo canon que grava determinados soportes electrónicos).
Pero al menos intentaré demostrar que mi teoría no es baladí, que al menos puede discutirse hasta cierto nivel. Tal vez no tenga razón (suelo no tenerla), pero muchas veces cuestionar lo incuestionable permite descubrir argumentos e ideas que de otra forma difícilmente hubieran salido a la luz. (Los refractarios a cualquier influencia que no esté en sintonía con sus ideas deberían abandonar esta lectura de inmediato).
Vayamos a ello. Parto de la base de que los avances tecnológicos e incluso ideológicos no provienen de mentes escogidas y raras, tocadas por la genialidad o la locura, sino de contextos socioculturales en los que todos, como una mente colmena, participamos de manera inconsciente hasta que uno de nosotros, por casualidad, respaldo social y mediático o por receptividad general, cristaliza dicha innovación tecnológica o ideológica.
Así pues, ningún libro estaría escrito de forma individual sino de manera colectiva. En las sociedades recelosas del cambio o de las ideas nuevas, por ejemplo, sería más difícil que naciera en la mente de alguien una noción filosófica revolucionaria, por decir algo. Esta también es la razón de que históricamente la tecnología haya evolucionado a ritmos diferentes en continentes distintos. No porque haya más genios per se en unos continentes que en otros sino porque determinadas condiciones permiten que existan más genios.
El fonógrafo inventado por Thomas Edison es un ejemplo paradigmático de esta idea. Tal y como refiere el libro Armas, gérmenes y acero de Jared Diamond:
Cuando Edison construyó su primer fonógrafo en 1877, publicó un artículo en el que proponía diez usos a los que podía aplicarse su invento. Entre estos figuraban la conservación de las últimas palabras de personas en trance de morir, la grabación de lecturas de libros para que las oyeran personas ciegas, el dar las horas y el enseñar ortografía. La reproducción de música no figuraba entre las aplicaciones de la lista de Edison. Algunos años más tarde Edison dijo a su ayudante que su invento carecía de valor comercial. Unos años después cambió de opinión y se dedicó al negocio de la venta de fonógrafos, pero solo para utilizarlos como dictáfonos en oficinas. Cuando otros hombres de negocios adaptaron el fonógrafo a la fabricación de gramolas tragaperras que interpretaban música popular introduciendo una moneda, Edison protestó contra esta degradación que en apariencia restaba seriedad al uso de su invento en oficinas. Hubieron de transcurrir unos veinte años para que Edison por fin admitiera que la principal aplicación de su fonógrafo era la grabación y reproducción de música.
Más información | Armas, gérmenes y acero de Jared Diamond

Comentarios
Sergio, siento tener que estar muy en desacuerdo contigo y con Margaret Atwood. Te digo yo que solo han existido un Cervantes y un Shakespeare. Decir lo contrario, me parece una barbaridad. Y la comparación del foie y el pato con el escritor y su libro es realmente desacertada. ¿O sea que el libro que ha escrito el autor es una maravilla, pero, en cuanto lo termina, se convierte en un zoquete que no nos interesa para nada? Jajajá. Es decir que en realidad no existen los genios, escriben por inspiración divina y luego no saben ni coger un bolígrafo (o teclear en un ordenador, en los tiempos que corren). Estoy de acuerdo en que hay más de un Stephen King. De hecho, no entiendo como puedes meterlo en el mismo saco que a dos de los más grandes escritores de todos los tiempos.
interesante
hectorvelasco:
Quizá no se ha acabado de entender lo que trato de expresar (o quedará más definido en las próximas entregas que estoy preparando sobre este artículo). Lo que sustento, y también hace Jared Diamond, es que la meritocracia es un sistema inexacto: un escritor alcanza la fama universal porque escribe bien, por ejemplo, pero escribir igual de bien o incluso mejor no garantiza, ni mucho menos, alcazar la fama universal debido a infinidad de imponderables. Por esa razón, por simple lógica y estadística, hemos de deducir que hubo más de un escritor coetáneo de Shakespeare que fue tan o más excelente que el propio Shakespeare (obviamente, estoy hablando conceptualmente, no literalmente).
Por otro lado, los genios no son genios porque nazcan biológicamente como tal, sino que también (y esto tiende a olvidarse) porque han nacido en un entorno sociocultural que ha favorecido esa genialidad. En otras palabras, un entorno donde fluyen con más facilidad las ideas. Y las ideas, como trataré de desarrollar más adelante en los sucesivos artículos, no tienen un poseedor claro como lo pueda tener, por ejemplo, un inmueble.
Saludos.
A un genial escritor lo forma una predisposición genética y las condiciones en que se formó como persona y escritor. Es decir que el intelecto de Cervantes, en la edad de piedra, pocos frutos hubiera dado; pero que no hubo doscientos, ni dos Cervantes por ahí, eso te lo digo yo porque sus textos nos hubieran llegado sí o sí. El mismo Cervantes no consiguió cierta fama hasta que escribió el Quijote, y tenía ya 58 años, y seguro que su fama no hubiera llegado muy lejos solo con sus Novelas Ejemplares, los Entremeses y demás. Solo hay un Quijote y solo hay un Cervantes en toda la historia de la literatura.
Ok. Dejemos cuajar las ideas, que Sergio termine de desarrollarlas en sus próximas entregas… Por ahora me parece una perspectiva interesante. Aprobarla o desecharla de inmediato es actuar impulsivamente.
interesante
Talvez luego se defina con amplitud el tema pero a primera vista tengos MIS (nótese el posesivo) ideas:
a) no veo al genio siendo el "reflejo" de la sociedad. El genio se desenvuelve en ella pero finalmente la supersede. La genialidad radica en poner las cosas en un plano paradójico aun y en contra de la sociedad.
Si el caso fuera de que la sociedad predispone al genio Sócrates no hubiese sido llevado a juicio y condenado a muerte.
b) ahora que si la cosa va por la miserable 'meritocracia', pues bien de acuerdo estoy en hacer una apología de los olvidados del sistema.
Bueno, yo no había querido entrar en la cuestión de las condiciones personales y sociales que forman al artista. Yo he querido decir que no se puede quitar mérito a los grandes artistas diciendo que hubo otros igual de grandes que ellos, solo que no tuvieron suerte. Eso puede pasar con artistas mediocres, léase Stieg Larsson. Seguro que hay otros que escriben mejor y nadie los leerá nunca. Pero un Proust no puede pasar inadvertido, aunque pueda llegarle el éxito muy tarde, incluso después de muerto. Hay casos muy particulares, como el de Kennedy Toole, cuyo trabajo nos ha llegado de milagro, pero no hay cientos de Kennedy Toole perdidos por ahí. En cuanto a las condiciones en que se forma un genio, la sociedad las favorece, normalmente complicándole la vida, claro: estoy de acuerdo en que el artista surge por contraposición a su sociedad; pero también influye el contexto más personal, léase la familia, por ejemplo. A Kafka le influyó tanto el contexto social de la Checoslovaquia de su tiempo como su padre para convertirse en un genio. Seguro que sin todo eso no hubiera sido Kafka, aunque quizás hubiera sido igualmente escritor, mejor o peor, por predisposición genética.
Sergio:
Me parece correcta tu apreciación; de hecho me hiciste recordar a Borges en algunos de sus textos, algunos de ellos sobre "El Quijote", donde señala que los clásicos son clásicos precisamente porque ya no necesitamos leerlos, pues viven perenes en nuestro inconsciente colectivo. Saludos
Zuurfer, o sea que no debemos leer el Quijote porque, en fin, todos sabemos quién el Quijote. ¡Esa sí que es buena! No creo que Borges, ávido lector del Quijote, quisiera decir que no hacía falta leerlo. Me quedo con Martín de Riquer, que lo lee todos los años.
interesante
Borges se rockstareo con eso del Quijote pero bueno que se le hace.
Un poco aberrante eso de meter a S.King en el mismo saco que Shakespeare y Cervantes, ¿no? D:
interesante
#10 corintio:
Como definir la excelencia literaria puede ser muy discutible y no es objeto de este artículo tropezar en ese obstáculo, he prefiero ampliar el espectro: meter en el mismo saoo autores considerados excelentes por gran parte de la población y también autores muy leídos en general. No importa si el autor es genial o simplemente mucho, o si es rematadamente malo. En sustrato del argumento es el mismo.
Entonces, Sergio ¿se podría decir que, de alguna forma, "el hombres es todos (o por lo menos "algunos") hombres? "Que no se engañe nadie: existen miles de Shakespeare, miles de Cervantes, miles de Stephen King"... A mi parecer -y si lo que digo es incorrecto me lo explicas, Sergio- creo que la frase más que aseverar de manera literal, lo hace de una forma romantica. Es un decir y punto. hectorvelasco: #1 El escritor, a decir verdad, no debría de interesarnos en absoluto, como lectores de su obra. Thomas Pynchon escribe, a mi parecer -para mí, mejor dicho- muy bien, lo que no significa que me interese como persona. Pero supongo que el hombre también lo entiende así, pues de su ostracismo no sale.
#3 Entorno, estoy absolutamente de acuerdo. Predisposición genética, no creo. Vamos, si por fusión de ambos elemnentos tuviesemos la formula para crear escritores, te aseguro que las hijas de Hemingway habrían hecho de sus vidas (y obras) un icono de la literatura y no así (y como fue el caso), unas carreras horrendas en la industria del cine o posando topless...
Me voy a dar a leer un poco más de dicha "meritocracia". Aunque por ahora me inclino a creer en ella. Saludos. P.D. Corintio: Sacar a tema una linea tan banal como la de Stephen King y el saco de papas es leer a lo estupido y no prestar atención.
Bueno, pensaba que mis comentarios rozaban la mala educación, llevado por lo apasionado de mi posición en defensa del autor, pero aquí Corintio casi le falta al respeto a Sergio, lo que me parece mal. Hay que saber guardar un poco las formas. Por lo demás, Nobilitate, yo no hablo de que nos tengamos que interesar en el día a día del autor (léase qué tal va al lavabo o si le gusta el conejo al ajillo). Yo digo que no puede dejar de interesarnos el autor desde un punto de vista intelectual, cuando termina su obra, al contrario de lo que sugería Margaret Atwood con su comparación con el pato y el foie.
interesante
#12 nobilitate:
Tu apreciación es acertada.
Sobre lo de la predisposición genética, sin embargo, no puedo estar de acuerdo. Hay que recordar que la herencia genética no se transmite exclusivamente de un progenitor (en este caso, papá Hemingway) sino de ambos: no sabemos qué genes heredaron las hijas de cada uno de sus padres. Por otro lado, existen también los genes recesivos: genes que no se manifiestan en una generación pero sí en las siguientes. Con lo cual, puede haber herencia genética destacable o no haberla, y todo ello, además, debe mantener una continua interacción con el entorno cultural (o memético). (Por eso un clon de Hitler que naciera hoy tendría remotas posibilidades de acabar siendo el mismo personaje que fue).
Saludos.
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