La castración del copyright (I)

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Después de la puesta en vigor de la Ley Sinde, deseo usar este púlpito público para declarar oficialmente que voy a practicarme la Operación que ofrecen los centros de Tiflofilosofía. ¿Por qué?

Porque estoy agotado de escuchar los mismos argumentos de las personas que no se preocupan de leer un puñado de libros sobre el asunto (para empezar, son imprescindibles los libros de David Bravo y Lawrence Lessig). Son personas que siguen repitiendo incansablemente que descargar (o compartir) contenidos por Internet es sinónimo de robar, sin molestarse en estudiar a fondo los argumentos jurídicos por los cuáles eso no tiene sentido.

Son personas que siguen repitiendo que la cultura debe costar algo (confundiendo valor con coste). Son personas que, a la hora de proponer sus argumentos, dicen que los críticos con la SGAE y la Ley Sinde son una panda de friquis que no quieren que les cierren SeriesYonkis y demás (como si no fuera obvio que en toda ideología hay siempre un sector poco o mal informado que sigue la corriente por moda o conveniencia).

O peor: cometen falacias del tipo “mira cómo se movilizan por esto y no por otras cosas más importantes” (cuando SIEMPRE podemos usar ese argumento para absolutamente todas las movilizaciones… y además, con toda honestidad, considero que movilizarse por esto es una movilización prioritaria).

Toda aquella persona que se ha tomado la molestia de leer los argumentos de los abogados expertos en derechos de autor o se ha sentado unas horas para escuchar las razones profundas de los expertos en nuevas tecnologías, no ha tardado en admitir que se equivocaba. Lo hizo el periodista Joan Barril, públicamente, en una de sus columnas periodísticas. Lo hizo el ex director de la Academia Álex de la Iglesia. Lo ha ido haciendo todas las personas que me rodean, los más inteligentes e incluso los más necios. Incluso creo entender que Juan Gómez-Jurado, con el que mantuve bizantinas discusiones hará un par de años a propósito de estos temas, también está tomando posturas mucho más próximas a las mías.

Es posible que los autores, próximamente, puedan vivir mejor de su trabajo que nunca antes, pero ello no es compatible con el actual modelo de negocio. Hay tantos modelos alternativos mejores que se han escrito libros enteros con ellos. Incluso modelos en los que el producto cultural sigue siendo completamente gratis para el consumidor (hay algunos teóricos que sospechan que nada que pueda digitalizarse podrá venderse por dinero de manera directa, sino indirectamente, sin que el consumidor sea consciente de que está abonando una cantidad de dinero).

Pero leer e informarse es laborioso, y muchos periodistas prefieren echarse las manos a la cabeza y repetir tópicos que, ya hace diez años, eran obsoletos, tanto jurídica como tecnológicamente. Tópicos que todos aquéllos que viven del actual modelo de negocio (intermediarios, editoriales demasiado grandes y demasiado carpetovetónicas, distribuidores, autores que ganan mucho dinero tal y como están las cosas) intentan por todos los medios que no desaparezcan.

En España, el tinglado es mucho más escandaloso que en el resto del mundo civilizado, y por eso algunos prefieren estudiar inglés y dejar de leer libros en español. Es una opción. Pero yo, de natural más bilioso y taxativo, me voy a practicar la Operación que os mencionaba al inicio de este artículo un poco catártico.

En la segunda entrega os explicaré en qué consiste mi decisión.

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