La castración del copyright (y II)

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Como os señalaba en la anterior entrega de este artículo, dadas las circunstancias, tal y como está el percal con el tema de los derechos de autor, voy a someterme a la Operación. La Operación consiste en ser ciego por conciencia.

Para quien desconozca las interioridades de un centro de Tiflofilosofía, le pondré en atecedentes. Suelen ser edificios blancos como el alabastro, adscritos a las últimas tendencias en arquitectura y urbanismo. Pero lo verdaderamente relevante de los centros de Tiflofilosofía son los acólitos a quienes acoge. En concreto, las ideas que estos acólitos esgrimen. Las ideas que giran en torno al siguiente axioma: no vale la pena ver las cosas si no existe libertad para ver las cosas que queramos.

Los martes y los jueves ofrecen conferencias y charlas en sus salas de actos, en las que tiflofilósofos, abogados especializados en derechos de autor, copyfighters y abanderados del copyfree abren los ojos a más y más personas, paradójicamente cerrándoles los ojos, inutilizándoles la visión mediante una operación quirúrgica gratuita. Porque las ideas no tienen precio. Porque la curiosidad y el ansia de conocimiento no debe tener repercusiones legales. Porque los lobbys económicos no deberían estar legitimados para limitar y encauzar la creatividad y el enriquecimiento cultural a fin de que cuadren sus cuentas a final de mes.

Por eso prefiero ser un ciego voluntario. Un tiflo. Arremetiendo contra lo impuesto mutilando lo propio. Una forma de vencer lo invencible es vencerse a uno mismo, seguramente dijo algún filósofo, si el derecho de cita me permite escribirlo aquí (pronto también tendré que pedir permiso al autor para escribir su frase, y abonarle los royalties que el considere oportunos).

Los tiflos, para reconocerse entre sí, se parapetan en gafas oscuras, como los ciegos; también como los héroes de muchas de las producciones de las majors hollywoodienses. (Pronto, también, deberemos abonar un canon por adscribirnos a este modelo estético que seguramente no tardarán confinar en el baúl de la propiedad intelectual). Somos como los antiguos piratas (o los más contemporáneos piratas informáticos) pero con dos parches en vez de uno. A las entidades de gestión se les va a acabar el chollo, esos leviatanes cegados por la avaricia y el control.

Ser ciego, practicarme la esta ceguera cortical, es mi forma de resistir al control y privatización de la cultura, y al obsceno afán recaudatorio de miles de hombres de las cavernas. Dejaré de ser un consumidor potencial al que le pueden meter cualquier cosa en la cabeza (por los ojos) y encima debe de estar agradecido aflojando la mosca.

Quede este artículo como muestra última de mi anhelo de ser escritor. Un sueño ingenuo, a tenor de cómo está el patio. No podré escribir más porque tampoco podré ver más. Ser ciego, ser tiflo, es una victoria pírrica. Pero al menos es algún tipo de victoria. Sin ojos no podré escribir, pero tampoco necesitaré tomar fotografías y, en consecuencia, pedir permisos o remunerar al pintor de la fachada de aquel edificio, al constructor del mismo, al arquitecto, al diseñador del adoquinado del suelo, a los persianistas de los comercios colindantes, a los mismos comercios, incluso a la productora de Hollywood que ha colgado el afiche o el anuncio mural de su próximo estreno cinematográfico justo por allí, por donde me apetecía tomar una fotografía.

Prefiero ser ciego ahora, antes de que ya no exista recurso legal alguno para combatir este control desproporcionado sobre la publicación de contenidos. Sobre la libertad.

Si algún día se descubre una forma prácticamente gratuita de producir alimentos, ¿entonces nos sentiremos obligados a dejar de comer como forma de protesta ante la segura respuesta castradora por parte de la industria de la alimentación? Seguramente.

Y siendo ciego, quién sabe, quizá acabe apreciando otro tipo de arte, otro tipo de cultura. Ese arte ajeno a las corrientes comerciales, al copyright, a la impostura, al artificio, a la grandilocuencia, a los ensalzamientos propagandísticos.

No me refiero al arte underground sino a uno que nos rodea pero que los rutilantes escaparates del arte mercable no nos permite distinguir. Me refiero al arte que requiere un esfuerzo de búsqueda para encontrarse. Una búsqueda tan ardua como la de hallar una metáfora en un prospecto médico o un pentagrama en un código de barras.

Estas obras de arte son extremadamente esquivas. Las hallarás en una librería de viejo, tal vez, o en una trapería entremetida en la alineación de las fachadas como una ilusión óptica. En bibliotecas quiméricas, que ni la gente frecuenta ni la Administración subvenciona. Los libros, en ocasiones, ni siquiera estarán plasmados en cuartillas en blanco. Las pinturas, tampoco en lienzos. Y la música de ningún modo estará registrada en vinilos, y menos aún en compactos. Nadie lo edita, nadie lo promociona, nadie lo expone, nadie lo distribuye. Es cultura tan secreta como la de los duendes.

Para ver estas obras de arte se requiere tesón. O, a lo mejor, por casualidad, algún día puedes tropezarte con un verso huérfano en la servilleta de papel de una cafetería, o un bosquejo en alguna pared tapiada, o con un eco de una tonada melancólica en un zaguán, o con una bella forma de barro en un alcorque, o con las joyas en forma de lentejuelas de rocío derramadas sobre el césped, o con el ritmo sincopado de las pisadas sobre un parquecillo alfombrado de hojarasca crujiente.

Yo ya me he decidido. ¿A qué esperas tú?

(Obviamente, todo lo dicho aquí es mentira. No existen los centros de Tiflofilosofía. Pero deberían existir.)

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