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A veces, cuando encadeno la lectura de un ensayo detrás de otro, tengo la tentación de pensar, oh sacrilegio, que la literatura, el consumo de ficción, es sólo un pasatiempo. Como resolver sudokus. Como contarte chismes con un amigo. Como imaginarse viviendo otras vidas. Como echarse una siesta y tener un sueño muy vívido, quizá impregnado de las tonalidades fosforescentes de una visión de psilobicina.

Entonces debo agarrar alguna de mis novelas de cabecera, leer unas cuántas páginas y revivir de nuevo la sensación olvidada. La que demuestra que la literatura no es un pasatiempo. O, al menos, que no sólo es un pasatiempo. Es algo más, o puede ser algo más, aunque no en todos los casos, claro.

Es evidente que un ensayo de 500 páginas sobre un tema específico será en general más fructífero para el lector que una novela, aunque sea por la cantidad de información recibida y la arquitectura ordenada en la que es recibida. Pero ello ocurrirá si antes no definimos qué significa fructífero. Obtendrá más información, cierto. Podrá alcanzar cotas más profundas de análisis, también cierto. Pero fructífero puede tener otros muchos significados.

Incluso existe cierto prejuicio machista que señala que la literatura es un pasatiempo mayormente femenino, y que por eso las mujeres leen más que los hombres (leen ficción, claro, no manuales de neurobiología). Pero la ficción también ha servido para preconfigurar e intuir aspectos que ahora estudian disciplinas rigurosas, incluida la neurobiología:

Proust reveló por primera vez la falibilidad de la memoria. George Eliot descubrió la maleabilidad del cerebro. Gertrude Stein expuso la estructura profunda del lenguaje medio siglo antes de que Noam Chomsky y otros lingüistas lo hicieran.

Con todo, en innegable que las mujeres sienten una mayor predilección por las historias, por las vivencias de los personajes, por la suerte de sus destinos. Y leyendo según qué avatares uno cobra conciencia de dónde reside su mayor cualidad, que tiene de fructífero: en que presentan ideas, conceptos o reflexiones de un modo que resulta más fácil asumirlas e integrarlas.

Es cierto que un manual te permitirá entender rápidamente cualquier proceso. Pero sólo una historia ayuda a integrar ese proceso en la mente de una forma mucho más armónica. De la misma forma que no es lo mismo leer sobre endorfinas que leer sobre personas que segregan endorfinas a la vez que nosotros las segregamos, todo ello encuadrado en un contexto inteligible y próximo.

Sólo mediante las historias el cerebro es capaz de captar determinados procesos no lineales. Sólo leyendo sobre las historias de otros, sobre sus pensamientos y dificultades más íntimas, podemos observar los procesos en los que nos hallamos inmersos nosotros mismos.

Esta clase de autoconocimiento es más difícil de conseguir con un ensayo. Porque los ensayos no estimulan la empatía, ni te hacen sentir que otros ya han pasado por lo que tú pasas (quitándole así mucho hierro a lo que te pasa), ni te hacen sentir menos raro. O sí lo hacen, pero de una manera mucho más distante, más orientada a comprender que sentir.

Como dice Dietrich Schwanitz:

Así, por ejemplo, si no se conoce a Don Quijote, resulta más fácil enredarse en luchas contra molinos de viento; si no se ha leído Las brujas de Salem de Arthur Miller, es más probable llegar a formar parte de una jauría inconsciente que va a la caza de una presa. Únicamente a través de las obras de la literatura podemos tomar distancia con respecto a nosotros mismos. Y más de una hija que acaba de mandar a su padre a una residencia de ancianos, podrá verse a sí misma de forma bien distinta después de asistir a una representación de El rey Lear de Shakespeare.

Una novela, por encima de cualquier otra herramienta, es capaz de adentrarnos en el interior de un personaje hasta niveles abisales, con una minuciosidad incluso superior a la que solemos bucear en nosotros mismos. Una novela te permite comprender de tal manera al otro que acabas comprendiéndote mejor a ti mismo. Y así, por un tiempo, podrás ser loco, violador, rey, embarazada, ladrón, enamorado o intelectual de una manera que excede a la comprensión que hayas adquirido en cualquier ensayo sobre esos temas.

O dicho de un modo más tech: una novela es un dispositivo de inmersión total en una Realidad Virtual, una manera de acceder a Matrix que fue inventado mucho antes que la primera computadora. Un ensayo, el manual de instrucciones del dispositivo.

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