Las obras más influyentes inspiradas por las drogas

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Los escritores tienen propensión a estimular su cerebro con distintas sustancias a fin de favorecer su prosa y sobrealimentar su creatividad. Es lógico. El cerebro no siempre funciona en óptimas condiciones, y el autor vive de su inspiración, es decir, de su cerebro funcionando a todo trapo.

Hay escritores que se ponen determinada música para despertar las neuronas. Los hay que fuman. Otros, como un servidor, no podemos darle a la tecla con cierta gracia si previamente no nos hemos llenado las venas de cafeína (como Balzac con La comedia humana).

Bukowski empinaba el codo que daba gusto, Faulker le daba al whisky, Raymond Chandler al Gimlet y Truman Capote a los Martinis. Tal vez así lograron huir de lo banal y lo fungible.

En ocasiones, sin embargo, no basta con estimular la verborrea. Hay autores que quieren ir más lejos, alterando su conciencia de tal modo que su obra se convierta en un objeto casi sinestésico. Samuel Taylor Coleridge escribió Kubla Khan (1797) bajo los efectos opio. Sobre este poema onírico, el poeta inglés escribió a un amigo:

Me gustaría mucho, como Vishnu, flotar sobre un océano infinito mecido en la flor de Loto y despertar una vez en millones de años sólo por unos minutos (sólo para saber que dormiré otro millón de años más…  Puedo, en ocasiones, sentir con fuerza estas bellezas que describes, en sí mismas (pero es más frecuente que todas las cosas aparezcan pequeñas) todo el conocimiento que puede ser adquirido un juego de niños (el universo musmo) qué sino un fardo inmenso de cosas pequeñas… Mi mente se siente como si estuviera deseando tener y conocer algo grande (algo uno e indivisible) y es sólo en la fe que las piedras o cascadas, montañas o cavernas, me dan el sentido de lo sublime y majestuoso.

Baudelaire tomaba hachís para escribir Paraísos artificiales (1860). William S. Burroughs escribió Junkie (1953) con heroína; al igual que Jim Carroll The Basketball Diaries (1978). Jack Kerouac escribió En el camino con benzedrinas.

Hay autores que todavía quieren pisar terrenos más psicodélicos, como si se hubieran colado en un mundo alternativo en technicolor. Psiconautas de las letras que, como Alicia, viajaron a otras dimensiones a fin de contar al mundo todo lo que vieron:

-Mescalina: Aldous Huxley con Las puertas de la percepción (1954). Jean Paul Sartre experimentó en 1935 con la mescalina, ejerciendo una gran influencia en su novela La Náusea. Teatro de la Crueldad de Antonin Artaud y la poesía de Henry Micheaux.

-Peyote y LSD: Ken Kesey con Alguien voló sobre el nido del cuco (1962). Timothy Leary con Hight Priest (1968). El periodista gonzo Hunter S. Thompson con Miedo y asco en las vegas (1971). Carlos Castaneda con Journey to Ixtlan (1972). Ginsberg, quien alabó al LSD como alimentador creativo, no tomó esta sustancia hasta después de componer su épica.

-Cocaína: Robert Louis Stevenson con El extraño caso del doctor Jeckyll y Mr. Hyde (1886); Según su hijo adpotivo, Lloyd Osborne, Stevenson escribió esta novela, que nació de una pesadilla, en seis días.

Pero recordad: toda esta experimentación neuroquímica está muy bien para escribir ficción, para soltar las riendas de la conciencia o para lucubrar sin ton ni son, pero no es recomendable a la hora de concebir un ensayo que pretenda aportar conocimiento fidedigno al mundo. Entonces, coincido con George Orwell cuando dijo que la principal ventaja de hablar y escribir con claridad es que “cuando hagas una observación estúpida, su estupidez resultará obvia incluso para ti.”

Vía | Pijamasurf

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