Libros que se vendieron como traducciones pero que en realidad no lo eran (y viceversa)

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Suele decirse que la traducción de una obra nunca es capaz de sustituir al original, y que, siempre que nos sea posible, debemos leer la obra en el idioma en que fue concebido. Acerbas polémicas aparte, lo cierto es que, a no ser que se nos explicite, somos incapaces de saber si un libro es un original o una traducción.

De hecho, son muchos los escritores que han presentado originales como si fueran traducciones y traducciones como si fueran originales, y el engaño ha persistido durante meses o hasta siglos.

Quizá el ejemplo más popular sea el de El castillo de Otranto (1764) de Horace Walpole. En su primera edición, se afirmaba que la novela era la traducción de una obra italiana publicada en 1529. La obra se convirtió en todo en superventas de la época e inició el género de la novela gótica. El problema llegó cuando se le solicitó al autor el original italiano para hacer una segunda edición, pues no había tal.

En las obras clásicas españolas, particularmente en los libros de caballerías o las novelas caballerescas, también encontramos muchos ejemplos de obras presentadas como traducciones o incluso retraducciones de otras lenguas más exóticas o de mayor prestigio, como El Libro del caballero Zifar (supuestamente traducido del latín) o Tirante el blanco (retraducido al valenciano, dice su autor, Joanot Martorell, desde una traducción portuguesa de un original inglés.)

David Bellos abunda en ello en su libro Un pez en la higuera:

Cervantes parodiaría esta costumbre en el Quijote, en un delicioso pasaje del capítulo IX de la primera parte, donde atribuye la autoría de la novela a un “historiador arábigo, Cide Hamete Benengeli” (y hace que se la traduzca un morisco por la módica tarifa de “dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo”).

Uno de los casos más recientes de traducción falsa es el de Andreï Makine, cuyas tres primeras novelas, publicadas entre 1990 y 1995, se presentaron como obras traducidas del ruso de un ficticio Françoise Bour.

Esta costumbre también la podemos detectar en sentido inverso: hacer pasar traducciones como obras originales. Por ejemplo, Romain Gary publicó novelas en francés que previamente ya había publicado en inglés, sin avisar a nadie de la redundancia. Al parecer, fue un editor de Gary el que había traducido secretamente tres de sus obras: Lady L (1963), Les Mangeurs d´etoiles (1966) y Adeiu Gary Cooper (1969).

Los autores tienen muchas razones para querer que una obra original pase por una traducción y una traducción por una obra original. A veces, ayuda a superar la censura, a veces sirve para probar una nueva identidad. Puede servir a las fantasías individuales o colectivas sobre la autenticidad lingüística o nacional, o puede hacerse sólo para complacer el gusto del público por lo exótico.

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