¿Los escritores sólo escriben a cambio de sexo? (I)

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¿Por qué escribes? Inquirido por esta pregunta, el escritor desplegará una colección de razones con la rapidez con la que un croupier reparte cartas: para ordenar mi mente, para expresar mi rico mundo interior, para obtener la inmortalidad o, el vacuo y perogrullesco, porque me gusta o me hace sentir bien. Claro, sólo faltaría.

En suma, respuestas imprecisas que pueden instalarse en uno u otro punto de una infinita espiral conceptual. Pero si ese invento vienés, el subconsciente, parece regir en gran medida nuestras existencias, ¿qué valor tiene la respuesta del interpelado? Ya lo digo yo: ninguna. Aunque sirve para llenar huecos (del conocimiento o del silencio, tanto da), y eso ya le parece suficiente a la gente.

Con todo, el objetivo de este artículo es el de alcanzar una respuesta un poco más profunda, a la luz de los conocimientos que atesoramos en la actualidad sobre neurobiología, genética, psicología evolutiva y hasta memética. Y de paso, intentaremos degradar la pregunta “¿por qué escribes?” a la categoría de superflua. Vamos a por ello.

A una pregunta cualquiera uno puede contestar con su opinión personal, por supuesto. Pero una cosa es creer y otra muy distinta, saber. Hoy en día tenemos explicaciones sobre numerosos fenómenos cuyos entresijos conocemos a la perfección. Estas explicaciones no se sustentan en opiniones personales sino en pruebas hasta cierto punto verificables. Podríamos llamarlas explicaciones freáticas sobre las cosas.

Los motivos por los que tomamos una u otra decisión en nuestra vida también poseen un nivel freático de explicación. Uno puede verter múltiples opiniones personales acerca de por qué le atraen los pechos de una mujer, pero raramente dará una explicación freática: porque constituyen el alimento de su futuro hijo; las mamas atraen porque son expendedores de calorías, como biberones naturales. La explicación freática de por qué nos atrae determinado perímetro de caderas en una mujer, es que calculamos inconscientemente qué perímetro es el más apropiado para alojar al feto, como el que se dispone a comprar un inmueble y se siente seducido por las medidas de la sala de estar. La explicación freática de que una mujer se sienta atraída por las nalgas duras y los muslos poderosos de un hombre es que calcula inconscientemente la salud de ese hombre, y también su poderío a la hora de embestirla y alojar en ella su simiente.

Las explicaciones a nivel freático suelen ser raras, contraintuitivas, desconcertantes, porque no suelen basarse en opiniones personales basadas en mitos o herencias culturales precientíficas sino en cómo funciona realmente la naturaleza.

Así pues ¿cuál es la explicación freática de la necesidad de escribir? ¿Por qué, yo mismo, estoy ahora dándole a la tecla?

Existen teorías científicas que sostienen que el impulso de creación artística no es más que una estrategia de apareamiento: una forma de impresionar a posibles compañeros sexuales o de matrimonio con la demostración de la calidad del propio cerebro y, con ello, indirectamente, de los propios genes. En pocas palabras, los artistas poseen un atractivo sexual extra, como el que ostenta un coche caro o unas espaldas anchas. El artista escribe, pinta, canta…. para intercambiar segmentos de ADN, que diría un Freud genetista, para perpetuarse en el tiempo y huir así de la muerte (pese a la célebre observación de Woody Allen de que él no deseaba la inmortalidad por el arte, sino por no morir). La teoría, quizá, peca de reduccionista, pero no lo es tanto como aparenta.

De todas formas, me seduce mucho más otra teoría que postula que el arte es un subproducto de otras tres adaptaciones biológicas: el ansia de estatus, el placer estético de experimentar objetos y entornos adaptativos y la capacidad de diseñar artefactos para conseguir los fines deseados (de ahí el éxito del programa Bricomanía. Según esta teoría, el arte sería una tecnología de placer, como las drogas, el erotismo o la alta cocina.

Sin embargo, si nos centramos específicamente no tanto en la razón de que exista el arte como en la razón de que, además de disfrutar con él en privado, también tengamos la necesidad en muchas ocasiones de exponerlo, de mostrarlo a los demás y de recibir una reacción positiva del otro, entonces esta necesidad, la de escribir, está íntimamente conectada con la reproducción.

Para ilustrarlo me gusta recurrir al ejemplo del que he bautizado como “pájaro Pollock”. El nombre viene dado a raíz de la noticia que leí hace un par de años sobre un inversor mexicano que batió el récord mundial de una subasta de pintura al pagar más de 109 millones de euros por Número 9, de Jackson Pollock. El “pájaro Pollock” en realidad es el tilonorrinco de Australia y Nueva Guinea. Los machos de esta ave construyen complicados nidos y los decoran primorosamente con objetos de color, como orquídeas, conchas de caracoles, bayas y cortezas de árbol. Algunos de ellos pintan literalmente esas enramadas con residuos de frutas que regurgitan, empleando hojas o cortezas como pincel. Las hembras valoran los nidos y se emparejan con los creadores de los nidos más simétricos y más profusamente adornados.

Si entrevistásemos al pájaro de marras, probablemente admitiría sin reparo que él no se toma tantas molestias con su nido para echar un casquete ni para reproducirse con la hembra más adecuada, sino que siente la necesidad irreprimible de expresarse de ese modo, de jugar con el color y la forma. Que es algo que está más allá de lo cerebral, que es algo espiritual, mágico. Y sí, que es casual que las hembras asistan a la exposición y que la aprecien con grandes elogios, pero que ni mucho necesita de sus halagos. Lo que desea realmente el pájaro es realizarse como artista. Y seguro que también diría que si algún día muere, tampoco le importará que otras personas vendan su nido por cien millones de euros.

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