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A grandes rasgos, los beneficios de la lectura se pueden dividir en dos categorías: en la información suministrada por el propio libro y en el trabajo mental que se debe realizar para procesar y almacenar esta información.

Sin embargo, cuando obligamos a un niño a leer por placer, generalmente lo hacemos por el ejercicio mental que implica. Según Andrew Solomon: “Leer requiere esfuerzo, concentración, atención. A cambio, ofrece el estímulo y los frutos del saber y de la emoción”.

La mayoría de elogios a los beneficios de la lectura también invocan el poder de la imaginación: leer libros te obliga a inventar mundos enteros dentro de tu cabeza en vez de ingerir pasivamente un puñado de imágenes prefabricadas.

Y por último, cabe mencionar un argumento circular, que no por obvio es menos cierto: comporta beneficios a largo plazo para tu carrera profesional, pues ser un lector voraz es bueno para ti porque el sistema educativo y el mercado de trabajo valoran mucho la habilidad lectora.

Por otro lado, para quienes defienden los beneficios de los documentales de la televisión, las series educativas y demás, hay que decirles que sí, que es cierto que todo ello complementa la adquisición de conocimiento, y también desarrolla áreas del cerebro para las que el libro tiene vedado el paso. Sin embargo, a la hora de transmitir información compleja, llena de matices y claroscuros, el libro es el mejor vehículo, la única forma de profundizar en cualquier asunto (aunque el formato digital cada vez esté ganando más terreno al libro impreso).

También arraiga cada vez más la idea (que yo mismo he defendido por estos lares) de que, a pesar de todo, la gente escribe y lee más que nunca gracias al correo electrónico y a Internet. No obstante, cada vez se está perdiendo más la costumbre de sentarse ante un libro de 300 páginas para leerlo sin distracciones. Ahora dedicamos picos de atención a los textos, picos cada vez más cortos: vamos de un hipervínculo de Internet a otro y examinamos superficialmente una montaña de correo electrónico.

Aunque vivimos inmersos en un mundo lleno de información y cada vez participamos más de ella, hay determinado tipo de experiencias que no se pueden transmitir con la misma facilidad en este formato más resumido e interconectado. Como dice Steven Johnson:

Los ensayos complicados y que tienen un desarrollo secuencial (en que cada premisa está basada en la anterior y en que una idea puede necesitar todo un capítulo para ser convenientemente desarrollada), no están hechos para ser expresados en un intenso programa de debate. (…) El texto en la red también tiene virtudes intelectuales, naturalmente: riffs, anotaciones, conversaciones… Todas florecen en este ecosistema y todas nos pueden iluminar intelectualmente. Pero todas son propias de un tipo de inteligencia que difiere de la inteligencia que se deriva de la lectura de una tesis sostenida a lo largo de 200 páginas.

Más información | ‘Si és dolent t´ho recomano’ de Steven Johnson

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