¿Por qué leer es tan importante si el libro más vendido de ficción es tonto y el más vendido de no ficción es falso?

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Quede por delante que no he venido aquí cuestionar los beneficios de la lectura. Porque la lectura es buena en sí misma, incluso a nivel psicológico, como sugieren diversos estudios. Leer incluso cambia tu cerebro, lo reprograma, leas lo que leas, lo cual origina cambios visibles entre un cerebro que lee y un cerebro analfabeto. Cambios a nivel anatómico. Como si el cerebro del lector tuviera alas, y el cerebro no lector careciera de ellas.

Sin embargo, lo que podemos defender cuando hablamos de lectura es la lectura en su sentido más estricto. Es decir, reseguir con la mirada una serie de manchas como de insectos aplastados que, descodificados, nos permiten obtener un mensaje. Leer es como que alguien te explique algo, o como ver un vídeo a través de Youtube: sencillamente el medio es distinto, y es el medio el que afecta a nuestra mente (por supuesto, luego estarán la cantidad de metáforas que leamos y su complejidad, que afectarán de uno u otro modo al cerebro, etc.).

No podemos defender más. Es decir, que si defendemos la lectura, entendida ésta por leer palabras, entonces no hay motivos para aplaudir si aparecen estadísticas del tipo “cuántos libros hay leído en el último año”. ¿Por qué? Porque es imposible ofrecer una definición de libro unívoca que no incluya, por ejemplo, el dorso del champú del baño o el diario Marca.

Sí, un libro es un conjunto de páginas cosidas o pegadas entre sí, y por eso es un libro y no otra cosa, pero en lo relativo a la lectura, el soporte no importa: ¿acaso no hay libros que ofrecen un nivel de lectura (sea lo que signifique eso) inferior cualitativamente al diario Marca o incluso a las instrucciones de nuestro jabón del baño?

Esto viene a cuento de las cifras de los libros más vendidos durante el mes de mayo de 2013. La novela más vendida es Inferno, de Dan Brown. El ensayo más vendido es La enzima prodigiosa, de Hiromi Shinya. Es decir, un libro de una lisura estilística y narrativa objetivas, y un libro de divulgación manifiestamente falso (en el sentido de que cuenta mentiras, y resulta tan perjudicial para la salud como un libro de la dieta Dukan, la Cohen o la madre que la parió).

InfernoEs decir, ¿hemos de alegrarnos de que en España haya un repunte de lectores si ese repunte corresponde, mayormente, a un mayor consumo de esta clase de libros? Si nos alegramos porque se lee más, entonces no hay motivo de regocijo: la gente lee más que nunca: blogs, twitter, Facebook, etc. Si, por el contrario, nos alegramos porque se venden más libros, habida cuenta de que muchos de los libros que se venden solo son libros en el sentido de que son páginas cosidas o pegadas (como si twitter, Facebook y demás se comercializaran de repente de ese modo y no a través de ceros y unos), entonces ¿cuál es el motivo de la alegría?

Y no vale repetir el mantra de que, si bien esos libros son malos, incentivarán a que el lector acabé probando libros mejores. No, me temo que no: la mayor parte de lectores de esos libros ya son adultos, algunos peinan canas, y no sólo han leído siempre esa clase de libros, sino que es la única clase de libros que leerá el resto de su vida. Es decir, los libros que leen los demás, los que se publicitan, los que prometen cambios radicales en la vida, los que lleva consigo a todas partes Mercedes Milà como si fuera una experta en nutrición (me refiero a La enzima prodigiosa, claro).

Los lectores por posturismo, vaya. Los que se introducen una rodajita de limón en el gollete de su Coronita porque creen estar repitiendo algún ritual de antiguos habitantes de Mesoamérica cuyo propósito era combatir los gérmenes, aunque en realidad, lo sepan o no, ese ritual sólo es una moda introducida 1981 por un camarero que simplemente quería comprobar hasta dónde llegaba el gregarismo de los parroquianos. Los lectores a quienes les preguntan si leen y, sin ninguna sombra de vergüenza, admiten con soltura que sí, que leen 4 o 5 libros al año, y que su libro favorito ha sido 50 sombras de Gray. Esa clase de lector no importa que lea libros, o las instrucciones del champú (permitidme la hipérbole, ya me entendéis).

Un libro que se vende en forma de libro no es necesariamente mejor por ser un libro. De hecho, incluso, puede ser mucho peor. Hasta el punto de que es mejor que mucha gente no lea libros, porque leerá tal cantidad de tópicos y naderías (en el mejor de los casos) o de falsedades y tergiversaciones (en el peor), que el libro, entonces, se convierte en un virus mental peligroso. “Lo leí en un libro, por tanto es verdadero”, es la lógica del que apenas lee ni sabe lo que lee. Y entonces, el lector posturista cree que sus argumentos están avalados por la contundencia del libro; se cree más listo, más culto, más autorizado. Como un idiot savant.

Un ejemplo al vuelo: los científicos mejor cualificados que quieren estar convenientemente informados no leen tanto libros de su disciplina como artículos publicados en revistas académicas que deben superar rigurosos controles antes de ser publicados (con todo, una gran parte de los artículos publicados se descubren finalmente como incompletos y con defectos de forma, imaginaos si el científico, en vez de leer artículos que ni siquiera se venden en las librerías mejor surtidas, leyera libros del tema que le interesa).

Y entonces leer (no en libros) que la gente lee más y lee lo que lee, te hace replantearte que lo mejor es que la gente no lea tanto (libros), y que los demás dejemos de considerarles menos capaces, menos intelectuales o menos cool por no leer (libros), y adjudiquemos todos esos epítetos, y algunos más que no reproduzco en aras del buen gusto, simplemente a los imbéciles con birrete (lean o no) que cogen la coronita con el gollete lleno de limón y sonríen suficientes, sí, éste soy yo, un tío guay y culto.

[Me permito añadir aquí al final, por si no ha quedado suficientemente claro, que no censuro la lectura de libros como los anteriormente descritos: yo me regocijo leyendo cosas que la crítica autorizada considera incluso peores. Lo que aquí se cuestiona es que un repunte en las ventas de libros deba ser celebrado per se, a no ser que uno tenga acciones en alguna editorial o considere, ingenuamente, que la venta de más basura permitirá a las editoriales invertir el más perlas, a modo de descargo de conciencia]

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