¿Realmente estamos viviendo una americanización de la cultura? (I)

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Que si “okey”. Que si “cool”. Que si WTF (popular acrónimo que significa ¡qué diablos!, What The Fuck). Que si LOL, docudrama, spoiler, slapstick, screwball, HD, ON… términos y más términos que se cuelan en nuestra sacrosanta lengua española y que amenazan con emponzoñar nuestra pureza cultural. Estoy convencido de que muchos de vosotros ignoráis el significado de algunos de estos términos anglosajones, y que incluso les tenéis manía.

Pero ¿hasta qué punto esos términos son una amenaza o una forma nueva de enriquecimiento? ¿Realmente sufrimos una invasiones yanqui o es sólo un tópico? ¿Una novela se devalúa cuando emplea esta clase de términos aunque no exista equivalente en nuestro idioma (como spoiler o cliffhanger)?

Resumiendo mi postura, podría decirse que cometemos el error de considerar que los americanos nos colonizan culturalmente de igual forma que consideramos que, por su culpa, ahora hemos empezamos a celebrar Halloween: en realidad Halloween es una tradición europea que colonizó a los estadounidenses (los inmigrantes irlandeses transmitieron versiones de la tradición a América del Norte durante la Gran hambruna irlandesa de 1840), y que, ahora, se nos devuelve. En decir, la cultura va y viene, se mezcla y entremezcla, y buscar purezas en un mundo cada vez mejor comunicado no sólo en una entelequia sino un grave error.

Por ejemplo, estamos obsesionados por la invasión americana pero ignoramos que gran parte de la cultura americana, a su vez, es de influencia asiática: hoy en día casi todas películas de acción, por ejemplo, se ruedan al estilo Honk Kong. Toda la estética “rave” norteamericana es una imitación del estilo japonés. Ya no digamos los actuales videojuegos y cómics. Si vais a una discoteca estadounidense y observáis que muchas chicas visten falda plisada… sí, es por la pornografía japonesa.

Evitar la convergencia cultural, como he señalado, es una entelequia, y además es tremendamente nocivo para la población. La razón es sencilla: para evitar las demás culturas hay que aislarse del mundo hasta niveles que rozan la desinformación y la incultura. Por ejemplo, la pobreza, desnutrición y la corta esperanza de vida de Bután, en gran parte, se debe a su tenaz campaña de aislamiento que, entre otras cosas, restringe la entrada de extranjeros.

Pero centrémonos en el lenguaje, que es lo que nos atañe. Puede que cada año desaparezcan para siempre unos 30 idiomas. Pero ¿es sensato tratar esta extinción como si fueran especies animales que debemos conservar a toda costa? La única forma de mantener vivo un idioma es concentrando a un número elevado de hablantes monolingües en una zona geográfica. Pero el valor de un idioma también se mide por el número de personas con las que uno puede comunicarse usándolo. Tal y como señala Joseph Heath:

En otras palabras, hablarlo genera una economía de red para los demás usuarios de dicho idioma (del mismo modo que comprar un aparato de fax genera una economía de red beneficiosa para todos los demás propietarios). Determinados idiomas, como el inglés, llegan a un “punto álgido” en que los hablan tantas personas que merece la pena pagar por aprenderlos. En este caso, se convierten en hiperlenguas. Los demás idiomas se quedan atrás, y tendrá que producirse un fenómeno insólito para que sigan usándose. Por tanto, aunque puede entristecernos la inminente desaparición del kristang, el itik o el lehalurup, debemos reconocer que para conservarlos sería necesaria una comunidad de hablantes monolingües (o al menos nativos). No basta con imponer cualquier de ellos como segundo idioma, porque siempre tendrán que enfrentarse a la hiperlengua. Sin embargo, renunciar a un dominio fluido de una hiperlengua a cambio de hablar uno de estos idiomas minoritarios puede reducir seriamente las posibilidades de un individuo. Quizá no suponga un problema mientras haya suficientes personas dispuestas a hacerlo, pero no podemos culpar a los que no muestren el menor interés.

La diversidad cultural es imprescindible, pero la diversidad surge precisamente de la mezcla de culturas, aunque esa mezcla tienda a una suerte de masa homogénea latente. Recibimos inputs americanos, pero también japoneses o indios. Y, a su vez, ellos reciben inputs nuestros. Esto produce puntos de convergencia y similitud, pero también una trasfondo continuamente cambiante, nada endogámico, nada pureta, nada xenófobo.

Tal vez algunos prejuicios se derribarían si tratáramos la cultura como lo que realmente es: no un estandarte político o nacional (provinciano), sino un conjunto de ideas retroalimentadas por otros que, colectivamente, produce ideas mejores, más ricas y más evolucionadas. Por eso, hagamos lo que hagamos, seamos quienes seamos, todos compartimos rasgos culturales, sociales y políticos con sociedades distribuidas por todo el planeta, tal y como os explicaré en la siguiente entrega de este artículo (sí, esto es un cliffhanger).

Vía | Rebelarse vende de Joseph Heath | El optimista racional de Matt Ridley

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