Una de las imágenes que más daño han hecho a la profesión de novelista es aquella en la que aparece un tipo bohemio dándole a una Underwood como quien pica piedra. Clas-clas-clas. Como si la literatura fluyera por sus dedos con nervio, empuje e inspiración divina. La idea que subyace a este estereotipo es: el arte surge del interior, lo tienes o no lo tienes; la transpiración es para los obreros.
Y sí, hay inspiración, y también momentos en los que los dedos bailan solos. Pero en la mayor parte del proceso subyace la transpiración, la corrección y la disciplina. Hay autores que pueden pasarse horas sólo para cambiar el punto de una frase. Generalmente, un autor honesto admitirá que invierte más tiempo en corregir su texto que en escribirlo a vuelapluma. Escribir, muchas veces, es como practicar neurocirugía, no como tocar las maracas.
Así pues, hay dos pilares básicos en los que se sustenta la buena literatura: el esfuerzo y la disciplina.
Vayamos primero al esfuerzo. Carol Dweck, psicóloga de Stanford, ha dedicado años a demostrar que uno de los elementos fundamentales de la educación satisfactoria es la capacidad de aprender de los errores. Sin embargo, acostumbramos a enseñar justo lo contrario. Si un niño comete errores, es que no es muy listo. El listo no comete errores, y además le elogiamos precisamente por ello, por ser listo. Pocas personas son las que elogian a los demás por su esfuerzo, y no por su capacidad innata.
La imagen estereotipada del escritor, pues, contribuye justamente a ese tipo de elogios. Se elogia al escritor inspirado, loco, borracho de palabras, pero raramente al artesano, al que lee diccionarios para adquirir vocabulario, al que corrige durante años un manuscrito, a lápiz, minuciosamente, como un ingeniero trajinando en un circuito impreso.
Esta clase de elogios, empero, son contraproducentes, tanto para un alumno como para un escritor. Dweck realizó un experimento con más de cuatrocientos niños de doce escuelas de Nueva York: les sometía a una prueba muy fácil consistente en un puzzle no verbal. Una vez terminado, el experimentador decía la nota al niño, seguida de una frase de elogio. La mitad de los niños eran elogiados por su inteligencia; la otra mitad, por su esfuerzo.
A continuación, se les permitía escoger entre dos pruebas diferentes. La primera opción se describía como una serie de puzzles más difíciles, pero se decía a los niños que si lo intentaban, aprenderían mucho. La otra opción era un test fácil, parecido al que ya habían hecho.
Al idear el experimento, Dweck había imaginado que las distintas formas de elogio tendrían un efecto más bien moderado. Al fin y al cabo, era sólo una frase. Sin embargo, pronto quedó claro que el tipo de cumplido que se hacía a los alumnos de quinto grado influía espectacularmente en su posterior elección de las pruebas. Del grupo de niños felicitados por su esfuerzo, el 99 % escogió el conjunto de puzles difíciles. Por su parte, la mayoría de los chicos elogiados por su inteligencia se decidieron por el test más fácil.
Cuando elogiamos la inteligencia de un niño, en realidad le estamos transmitiendo el mensaje: sé listo, no te arriesgues a cometer errores. Es lo peor que lo podemos decir a un escritor, so pena de estrangular su creatividad.
Ahora vayamos a por la disciplina y el autocontrol. La imagen estereotipada de un escritor es la de un vividor, un juerguista, un alcohólico, un drogadicto, un aventurero, un mujeriego, un hombre visceral y henchido de emociones purulentas. Pero raramente pensamos en un escritor como alguien disciplinado y lleno de autocontrol. La buena literatura, no obstante, acostumbra a surgir de la disciplina y el autocontrol (y, vale, un puntito de locura).
Por ejemplo, tu nivel de autocontrol también puede reflejar qué notas acabarás sacando en tu vida académica. Esto se vio reflejado en un curioso experimento con caramelos realizado en la década de 1970 por Walter Mischel, psicólogo de la Universidad de Stanford. Los participantes en el experimento eran niños de 4 años.
La primera pregunta que les realizó a los niños es si querían comer un caramelo. La respuesta unánime fue afirmativa. A continuación, se les realizó una propuesta: podían comerse ahora el caramelo o, si estaban dispuestos a esperar unos minutos mientras el experimentador iba a hacer un recado, entonces podrían comerse dos caramelos en cuando el experimentador regresara.
La mayoría de los niños decidieron esperar para obtener los dos caramelos. Pero no todos lo consiguieron. También había otro detalle en el experimento: los niños disponían de un timbre que, al hacerlo sonar, provocarían que el experimentador regresara antes de tiempo: entonces sólo comerían un caramelo, no dos.
El cerebro emocional de los niños, entonces, se puso en funcionamiento, tal y como explica Jonah Lehrer:
La mayoría de los niños de 4 años no pudieron resistir la tentación dulce más de unos minutos. Varios de ellos se taparon los ojos con las manos para no ver los malvaviscos. Uno se puso a dar puntapiés a la mesa. Otro empezó a tirarse del pelo. Unos cuantos fueron capaces de esperar unos quince minutos, pero muchos no aguantaron ni siquiera uno. Hubo algunos que se comieron el malvavisco en cuanto Mischel se fue de la sala, sin tomarse si quiera la molestia de tocar el timbre.
Retrasar la gratificación instantánea por un bien mayor requiere de unas características mentales que no todo el mundo posee en igual grado. Así que vamos a fijarnos en el grupo de niños que al final se zampó los dos caramelos.
Los que hacían sonar el timbre antes de haber transcurrido un minuto tenían muchas más probabilidades de presentar problemas conductuales más adelante. Sacaban peores notas y era más fácil que tomaran drogas. Pasaban apuros en situaciones estresantes y tenían mal genio. Sus puntuaciones del SAT eran, por término medio, 210 puntos inferiores a las de los niños que habían aguardado varios minutos antes de tocar el timbre. De hecho, en niños de 4 años, el test del malvavisco resultó ser un mejor pronosticador de los resultados del SAT que los test de coeficiente de inteligencia (CI).
Resulta que las destrezas cognitivas que permitían a esos niños burlar la tentación después también les permitía pasar más tiempo haciendo sus deberes. En ambas situaciones, se obligaba a la corteza prefrontal a hacer uso de su autoridad cortical e inhibir los impulsos que pudieran entorpecer la consecución del objetivo. De igual modo, la transpiración será más común en autores que posean disciplina y autocontrol. Y sin transpiración, no hay obra. Y si la hay, bueno, ya habéis visto que no es buena idea elogiarla demasiado.
Malditos estereotipos… maldita Underwood.
Vía | Cómo decidimos de Jonah Leherer

Comentarios
No sabría decir si lo que ocurre exactamente es que se elogie a los escritores espontáneos y genios. Lo que sí pasa es que, cuando este tipo de personas (ya sean escritores u otro tipo de creadores o también médicos, científicos...) se transforman en personajes, para utilizarlos en la propia narrativa o en el cine o en cualquier otra expresión, resultan mucho más atrayentes si son así. Un personaje que se pase el tiempo en una biblioteca encerrado no tiene interés, sin embargo, alguien a quien se le enciende una bombilla mientras se da a la bebida y a los placeres carnales es mucho más atractivo como retrato. Pero, saliendo de eso y de la imagen que de la creación dan las películas y otras creaciones, no creo que nadie que tenga una mínima cercanía a la escritura y una mínima madurez se trague esa bola de la inspiración total. En los talleres y cursos de escritura no es lo que se elogia.
En lo que habla de los niños sí estoy de acuerdo, pues sí que es cierto que se hace sentir listo a quien menos esfuerzo emplea. Pero si alguien, en efecto, es tan inteligente como para requerir menor esfuerzo que sus compañeros, lo que habría que marcarle son metas más alejadas para que su inteligencia se combine con su esfuerzo por necesidad y no esperar que se esfuerce cuando no le hace falta. Entiendo la idea principal que es que lo que tú le elogies será lo que él/ella trate de cultivar más adelante y con eso esto totalmente de acuerdo.
Por último, la autocontención de la que se habla en ese experimento sí que pude tener una relación mayor con todo lo contado. Claro que el extremo de eso, como los extremos de todo, puede ser igual de peligroso, ya que llegaríamos a las personas reprimidas o llenas de ansiedad.
Muy de acuerdo. Esa visión del trabajo literario me recuerda a las típicas escenas de entrenamiento de "Rocky" o similares. No dejan de ser un recurso narrativo. La mayoría de boxeadores van al gimnasio, le pegan a un saco y reciben directrices de un entrenador. Sin embargo, en el cine es mucho más molón darse de leches contra un trozo de carne colgado de un gancho.
-- editado por última vez a las 19:09
El esfuerzo siempre es algo vital para construir una buena obra, yo creo que necesario (para mí no hay buena obra sin esfuerzo y me parece que hay grandes carencias narrativas en muchos de los que consideramos genios por su visión diferente o innovadora), pero no es algo que dé muy buena imagen. Si una buena obra literaria es el resultado de un esfuerzo, cualquiera podrá aprender a ser un buen escritor. Y eso le quitaría parte de encanto a esta profesión, ¿verdad? ;) Hasta cuando los propios escritores cuentan la historia de un escritor, le dan un aire medio-místico... je, je...
Cuanto más te leo, más creo que utilizas los blogs para hacer un retrato de ti mismo. Es obvio que el esfuerzo es básico para la consecución de un objetivo, pero las obras no se miden ni dejan de elogiarse por ello, no es el barómetro la transpiración del autor mientras las escribía.
Pero sí tienen en común el goce de crear haciendo de las palabras su puente, fuera de ahí no se puede generalizar y cada autor ha jugado su vida a su modo.
Para ellos, el caramelo era escribir.
http://nelygarcia.wordpress.com. El esfuerzo siempre es necesario, pero la creación necesita de la espontaneidad y la inspiración. Después sé puede corregir, pero me parece que eso es otra cosa y me pregunto, ¿si el escritor tiene que entregar su novela, con escritura impecable, cual es la función del editor? Soy ignorante en el tema, perdonen el atrevimiento.
Si que dan de sí los malvadiscos....
http://www.xatakaciencia.com/psicologia/si-no-puedes-evitar-comerte-el-caramelo-sacaras-peores-notas-en-colegio
Y lo que te rondaré, morena.
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