¿Tienes que corregir un texto o leer algo con mucha atención? Toma café

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¿Tienes que corregir un texto o leer algo con mucha atención? Toma café. Porque tomar una taza de café mejora la capacidad de procesar información de nuestro cerebro, según sugiere un estudio realizado por Holly Taylor y sus colegas de la Universidad de Tufts.

Quienes solemos tomar café para ponernos a escribir o evaluar y corregir originales, ya conocíamos sus efectos en nuestro rendimiento intelectual. Desde siempre, la cafeína, a pesar de ser legal, a mí me ha funcionado como inductora de ideas y espoleadora de la creatividad. Es meterme en vena una dosis de cafeína, y zas, en unos minutos ya me salen las palabras solas, tanto las escritas como las habladas.

Tal y como reflejan los experimentos de Taylor, además de ser el psicoestimulante más usado del mundo, la cafeína tiene la propiedad de mejorar la capacidad del cerebro de identificar errores gramaticales durante la lectura rápida de una página con información en nuestro propio idioma.

Concretamente, los experimentos revelaron que las personas que habitualmente consumen cafeína necesitan 400 miligramos para mejorar sus resultados, mientras que los poco cafeteros solo precisan 200 miligramos de esta bebida para notar el efecto.

Así incluso tiene más sentido que las cafeterías hayan sido, a lo largo de la historia, algo así como centros de autoeducación, de innovación literaria (en el club Cabaret Voltaire nació el dadaísmo) e incluso de agitación política (la Revolución francesa de 1789 se fraguó literalmente en el Café de Foy). No en vano, Tom Standage, en La historia del mundo en seis tragos, afirma que, colectivamente, los cafés de Europa vinieron a ser el Internet de la Edad de la Razón.

Lo que no es tan positivo es el abuso del café (a no ser que lo queráis usar como puerta para nuevas ideas locas). Según una investigación de la Universidad de Durham, Reino Unido, las personas que ingieren mucha cafeína (el equivalente a 7 tazas de café) son más propensas a tener alucinaciones, tales como escuchar voces o ver cosas que no existen. La explicación se encuentra en el hecho de que la sustancia incrementa los efectos psicológicos del estrés. El cuerpo, entonces, libera cortisol para combatir la tensión, la hormona responsable de las alucinaciones.

Ya se sabe que las alucinaciones y los estados alterados de la conciencia siempre han sido llaves que los artistas han empleado sin pudor para alcanzar finisterres artísticos que de otro modo quedarían muy lejanos y brumosos. Baudelaire tomaba hachís para escribir Paraísos artificiales (1860). William S. Burroughs escribió Junkie (1953) con heroína; al igual que Jim Carroll The Basketball Diaries (1978). Jack Kerouac escribió En el camino con benzedrinas. Jean Paul Sartre experimentó en 1935 con la mescalina, ejerciendo una gran influencia en su novela La Náusea.

Lo bueno es que la cafeína es legal. Pero a vuestra discreción dejo la conveniencia de absusar de ella.

Pero recordad: toda esta experimentación neuroquímica está muy bien para escribir ficción, para soltar las riendas de la conciencia o para lucubrar sin ton ni son, pero no es recomendable a la hora de concebir un ensayo que pretenda aportar conocimiento fidedigno al mundo. Entonces, coincido con George Orwell cuando dijo que la principal ventaja de hablar y escribir con claridad es que “cuando hagas una observación estúpida, su estupidez resultará obvia incluso para ti.”

Vía | Muy Interesante

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