
La crítica literaria, tal y como la entienden muchos, siempre me ha parecido una futilidad. Me refiero a la crítica que intenta sentar cátedra, como si la literatura fuera una religión llena de dogmas intocables y el señor crítico, un miembro de la Gestapo con el mismo jeto de cabrón de Goebbles. De este tipo de crítica, habando en plata, me rilo.
Para las opiniones, y ya no digamos para el arte, no hay vara de medir objetiva tal y como la hay en la Física (no cuántica) o en las Matemáticas (Gödel mediante), mal que le pese a muchos humanistas con complejo de inferioridad ante el rigor y exactitud de la ciencia.
Así pues, conviniendo que todo es discutible, que todo se puede matizar, que todo depende de la pata con la que te levantes, me tomo las críticas como opiniones organizadas y fundamentadas que acaso me servirán para meditar y ahondar en lo leído o para persuadirme de que debo abordar alguna lectura.
A la crítica, entonces, le concedo el mismo valor que a una sinopsis o a un spot como el de Bacardi, quizá sólo con un poco más de crédito. O con un poco menos, que luego hay mucho onanista dándole a la tecla para sentirse querido y acogido por los de su grey.
La dinámica por la cual se generan muchas críticas negativas o positivas concatenadas hacia un mismo libro es bien conocida por los teóricos de la mente, de los memes, de las modas y del azar acumulativo. De modo que tampoco me arredra (sólo un poquito) que muchos tilden de bazofia X título: me tiro a é con el mismo entusiasmo original. Como tampoco me entusiasmo sin más cuanto la mayoría se confabula en dictaminar que tal o cual novela insoportable es una obra maestra, idea intocable so pena de parecer un analfabeto.
Los que postulan cánones y normas no saben o no quieren desprenderse de su mirada rectilínea. El que teniendo todo esto en cuenta, con una visión multidisciplinar bien alimentada y abierta, me demuestre que tales teóricos y yo mismo andamos equivocados, pues oye, que yo sólo he dado treinta vueltas al sol: me la envaino sin problemas. Pero a estas alturas, después de quemarme las cejas con tanto mamotreto, cada vez contemplo más lejana esa posibilidad: parece que para hablar de literatura baste con saber de literatura y punto, y no, por ejemplo, de neurobiología. Vamos, lo de siempre, desde que dejamos atrás el Renacentismo.
Dejadas claras mis distancias y respetos por la crítica (la mía incluida, que a veces ni estoy de acuerdo conmigo), quería presentar una clasificación de la crítica de un tal Barry Jordan, del mundo académico angloamericano.
Para ofrecer una perspectiva accesible y esquemática de las distintas escuelas de la teoría literaria, usa como punto de partida la metáfora de una excursión dominical en coche, en la que el coche equivale al TEXTO, el conductor al AUTOR, y los pasajeros al LECTOR o CRÍTICO.
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Comentarios
La crítica ante todo de ser honesta y exenta de prejuicios. No hay que dejarse llevar, tampoco, por capillas ni grupos interesados que pretendan ensalzar o sepultar tal o cual autor o obra. Pero, con todos mis respetos, ni todo es discutible ni todo se puede matizar, no en el sentido que tu manifiestas. El argumento me recuerda la canción "Cambalache" deJoan Manuel Serrat , pues aunque la literatura no puede, ni debe, equipararse a la denominadas ciencias exactas, los valores estéticos son primordiales en el arte en general y en la literatura en particular. Sin embargo, como decíaHarold Bloom , el valor estético se puede reconocer o experimentar, mas no se puede transmitir a quien es incapaz de captar las sensaciones que provoca. Un fragmento de la canción:
¡Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor!… ¡Ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador!… ¡Y todo es igual! ¡Nada es mejor! ¡Lo mismo un burro que un gran profesor! No hay aplazaos ni escalafón, los inmorales nos han igualao.
Un abrazo
Gracias por tu comentario, Llorenç. Estoy de acuerdo contigo. La crítica ha de ser honesta y exenta de prejuicios. Pero el problema de base es que siempre existe un componente subjetivo e incluso prejuicioso. No lo digo yo, sino cualquier psicólogo: sólo los locos se pueden permitir no serlo, la gente sana mentalmente es prejuiciosa, mentirosa y se autoengaña muy fácilmente, si no fuera así tendrían graves conflictos mentales. Hay interesantes experimentos al respecto.
Por otro lado comentas que deben de existir valores estéticos en el arte. Puedo estar de acuerdo: si nos ponemos de acuerdo sobre qué es así o asá, entonces es más fácil discutir, vender un libro, etc. Lo que me inquieta no es eso, sino otra cosa: ¿quién le pone el cascabel al gato?
La gente, fuera del arte, suele llenársele la boca con los valores. Que si ya no hay valores. Que si necesitamos valores. Pero siempre me pregunto, ¿qué valores? Muchos de los valores que propugnan ciertos sectores, sencillamente me asquean. Con algunos puedo estar de acuerdo, con otros, no. Claro que, para convivir necesitamos establecer valores: así sabemos quién va a la cárcel, quién ha pecado, etc.
Pero ¿y el arte? En apariencia, una herramienta para producir emociones y pensamientos en los demás, para divertir, entretener y reflexionar, ¿no debería carecer de corsés? Y si debe de tener valores, ¿qué valores ponemos? En la convivencia democrática incluso es complejo establecerlos: ¿está mal copiar la cultura sin pagar o está bien? Imagínate establecer valores estéticos en el arte. Alguien debe hacerlo. ¿Quién? ¿Por qué hacerle caso?
Afortunadamente, aún creo que todo se puede discutir. Si no fuera así, aún no habría cambiado nada desde hace milenios.
Es difícil actualmente, no lo voy a negar, definir el arte. Pero también es cierto que sin valores estéticos no hay manifestación artística posible. Un escritor, un pintor, un director, parte de un supuesto artístico que después el público valorará en mayor o menor medida. Aunque esta valoración incipiente, a flor de piel, no es definitiva, porque supondría abandonarlo todo en manos del mercado. Equivaldría, en definitiva, a afirmar que Dan Brown, aquí y ahora, es mejor de Shakespeare. Bien, supongo que al menos en el caso de Brown estaremos de acuerdo, porque hay críticas marxistas y feministas, por ejemplo, que cargan contra Shakespeare con toda clase de prejuicios pero, obviamente, sin argumentos equiparables a los valores artísticos ya citados. Luego, a mi entender, el problema no estriba en saber quién pone el cascabel al gato sino cómo. Porque hay supuestos críticos, profesores universitarios, editores, miembros de jurados… que se desacreditan a si mismos con sus decisiones erróneas, al intentar, precisamente, igualar algo efímero y circunstancial a l a excelencia.
Llorenç
Hola Llorenç,
Permíteme recomendarte una lectura, Visto para sentencia, de Rafael Reig. En el prólogo del libro, que puedes leer aquí, habla justamente de la crítica literaria y de la pretendida objetividad en la que se escuda y que esgrime con intención de decir Verdad, con mayúsculas. R. Reig niega que se puede ejercer esa objetividad y pone sobre el tapete otra cuestión, la de la honestidad del crítico. La cuestión, pues, no es si la crítica es objetiva o subjetiva, sino si es honesta o deshonesta. Estoy de acuerdo contigo en que hay unos valores que pueden detectarse de forma más o menos objetiva, aunque yo no los llamaría estéticos, por parecerme demasiado vago el concepto. Hablaría de cuestiones técnicas, que están o no están. (Al igual que un coche no funciona sin motor, una novela no funciona si presenta determinadas carencias.) El problema es que esas cuestiones son mínimas, tienen que ver con la sintaxis y con la arquitectura técnica de la obra, y no dan de sí para nutrir todo un género como la crítica. Cierto que esos elementos son susceptibles de ser sometidos al juicio estético, pero insisto, estoy hablando de mínimos, de una sintaxis que permita la legibilidad y de una estructura que soporte el edificio, y si la crítica (objetiva) tuviera que reducirse a ellos, entonces la crítica literaria sería mucho más insípida y aburrida de lo que suele ser. Por tanto no queda otra que recurrir a la subjetividad, a tu educación del gusto o del juicio estético si lo prefieres, a tu trayectoria como lector, a tus filias y a tus fobias. Por poner un ejemplo, Javier Marías. Hay lectores que lo consideran Dios y lectores que lo detestan. ¿Tiene esto que ver con la objetividad? ¿Ac
Juan Negro, muchas gracias por tu añadido. Completamente de acuerdo. Un hilo de plata nos une.
Un saludo.
No era mi intención que nos ensartáramos en un debate que sobrepasa el espacio de un blog, aunque no cabe duda del interés que el tema suscita. Cabe objetar que muy probablemente no lleguemos a un entendimiento total, si bien en algunos aspectos quizás no andamos tan lejos como pudiera parecer. Al fin y al cabo buscamos calidad y claridad, o eso espero, y no una disputa estéril. Estoy de acuerdo: los críticos no deben de estar por encima del bien y el mal; tienen que rendir cuentas de sus juicios al público que los lee, aunque mucho me temo que estamos confundiendo la crítica literaria con la (efímera) reseña periodística. Sam Abrams, en Criticar el crític, distingue precisamente entre crítica i reseñismo. Un crítico debe poseer "una vasta cultura literaria clásica y moderna, y un amplio bagaje teórico". El reseñista, en cambio, "es un comentarista de la actualidad literaria". Su actividad es "más epidérmica y más efímera, porque su labor principal consiste en promover día a día la lectura". El crítico trabaja a largo plazo, mientras que el reseñista se mueve en las distancias cortas. Se trata, pues, de dos actividades con puntos en común, pero también con divergencias que no siempre, desgraciadamente, son tenidas en cuenta. Ocurre, al menos en el ámbito catalán, que el crítico literario no dispone de tribuna para darse a conocer, lo que produce un "sobredimensionamiento de la importancia del reseñista", que se ve revestido de una autoridad que no le corresponde. Esta posición central del reseñista, concluye Abrams, se mantiene y fomenta por tres aspectos: la inadmisible distancia entre la universidad y la sociedad civil, el silencio crítico de la mayoría de escritores y la del público lector". Soluciones, según Abrams: romper el monopolio de los suplementos de prensa, crear plataformas para los críticos de verdad, democratizar y acercar la universidad a la sociedad, fomentar la participación de los escritores en el mundo
No era mi intención que nos ensartáramos en un debate que sobrepasa el espacio de un blog, aunque no cabe duda del interés que el tema suscita. Cabe objetar que muy probablemente no lleguemos a un entendimiento total, si bien en algunos aspectos quizás no andamos tan lejos como pudiera parecer. Al fin y al cabo buscamos calidad y claridad, o eso espero, y no una disputa estéril. Estoy de acuerdo: los críticos no deben de estar por encima del bien y el mal; tienen que rendir cuentas de sus juicios al público que los lee, aunque mucho me temo que estamos confundiendo la crítica literaria con la (efímera) reseña periodística. Sam Abrams, en Criticar el crític (http://www.uoc.edu/in3/hermeneia/exemples/ROQUERweb/criticar.pdf), distingue precisamente entre crítica i reseñismo. Un crítico debe poseer "una vasta cultura literaria clásica y moderna, y un amplio bagaje teórico". El reseñista, en cambio, "es un comentarista de la actualidad literaria". Su actividad es "más epidérmica y más efímera, porque su labor principal consiste en promover día a día la lectura". El crítico trabaja a largo plazo, mientras que el reseñista se mueve en las distancias cortas. Se trata, pues, de dos actividades con puntos en común, pero también con divergencias que no siempre, desgraciadamente, son tenidas en cuenta. Ocurre, al menos en el ámbito catalán, que el crítico literario no dispone de tribuna para darse a conocer, lo que produce un "sobredimensionamiento de la importancia del reseñista", que se ve revestido de una autoridad que no le corresponde. Esta posición central del reseñista, concluye Abrams, se mantiene y fomenta por tres aspectos: la inadmisible distancia entre la universidad y la sociedad civil, el silencio crítico de la mayoría de escritores y la del público lector". Soluciones, según Abrams: romper el monopolio de los suplementos de prensa, crear pla
Volviendo al principio: compara usted a los críticos con Goebbels. Supongo, por tanto, que usted ha visto "Ratatouille", donde dan una imagen bastante tópica (pero no plana) del tipo. Pero en realidad juraría que la mayor parte de críticos no tienen ningún poder; usted se ríe de ellos, y es lo que hace la mayor parte de la población. Pero en cambio observe atentamente las estanterías de las tiendas de libros, sus escaparates, la noticias culturales de periódicos e informativos. ¿Quién está llevándole a usted a leer unos determinados libros sin que usted se de cuenta, haciendo que usted crea que está ejerciendo su libertad? ¿Quién hace eso sonriente, de manera atractiva, de manera que usted no reconozca en él la cara de un Goebbels? Aparte de eso, encuentro la comparación excesiva. Supongo que usted lo que quiere decir es que no está de acuerdo con esos críticos. O que ellos no le dan la razón a sus gustos personales. ¿Sólo por eso les llama nazis? ¿Qué haría si les conociera personalmente y viera la clase de tipos que son?
Palumbuscolumbus:
Si lees con atención, yo no comparo a la crítica con Goebbles, sino "a la crítica que intenta sentar cátedra". Ésos son como el personaje de "Ratatouille". O peores.
No hay espacio suficiente para indicar el poder que tiene un crítico. No estoy diciendo que tenga más o menos que el poder que tiene la mercadotecnica. Ni tampoco que la mercadotecnica sea menos dictatorial que el crítico. Pero me cisco tan alegremente en la mercadotecnica, como en los críticos sentando cátreda, como en los clásicos porque son clásicos, como en los "más leídos" de la lista chupi-guay de la librería de turno, así como en los premios literarios y demás parentela.
En general intento, en la medida de lo posible, no caer en la falacia de autoridad con ninguno de ellos. En la medida de lo posible, claro, porque si vamos a hablar de libre albedrío, entonces ya nos meteríamos en terrenos pantanosos que te emplazo a discutir en un blog sobre ciencia (física y neurobiología, mayormente).
Sobre qué haría si conociera personalmente a un crítico, pues vuelves a malinterpretar mis palabras. Yo no estoy valorando nunca a una persona, sino una actividad de una persona. Como sea luego la persona en realidad no me incumbe, lo que valoro y cuestiono es su forma de proceder únicamente en el ámbito de la crítica literaria. Si el tipo en cuestión resulta ser luego un tipo estupendo y maravilloso, pues entonces me caerán genial e iremos a tomar un café juntos… pero seguiré sosteniéndole que su crítica me parece deudora de Goeebles.
Saludos
Completamente de acuerdo con Llorenc, muy acertadas sus palabras. Esta es una discusión viejísima: crítica sí o crítica no. Creo que hoy en día hasta resulta inútil cargar contra la Crítica, pues... quiénes son? qué influencia ejercen? Yo, de hecho, intento leer crítica "prestigiosa" y no la encuentro (si alguien pudiera decirme dónde, por favor que me recomiende un espacio). Lo único que puedo agregar es que para mí leer un libro y hacer una reseña crìtica del mismo es un gran placer, un pasatiempo que completa y enriquece mis lecturas (las subo a un blog que leo prácticamente yo sola, pero no interesa porque lo hago por placer absoluto). Yo analizo las obras y doy mi opinión, trato de ser objetiva en ese análisis pero no deja de ser una lectura (algo personal), por eso tengo categorías como "Yo no la recomiendo", de esta manera, si alguien comparte mis criterios y gustos sabrá qué esperarse de esa novela, y si no, bueno, que lea lo que le guste. Yo no digo simplemente "Es mala", sino que fundamento, y repito: si alguien está de acuerdo puede tener una llave de acceso. Bueno, me despido, esperando que valoren algo tan analítico y enriquecedor como lo es la crítica cuando uno la hace honestamente y con elementos (yo estudié profesorado en Letras, por ej), y que nos permite ampliar nuestros horizontes artísticos. Si desean visitar mi desolado blog, están invitados: http://unacriticadenovela.blogspot.com/, siempre con respeto, que es la única manera de construir. Saludos! Lilián
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