Decía el lingüista Geoff Pullum sobre la lengua inglesa:
La lengua inglesa es, en muchos sentidos, una obra maestra fallida de la evolución, llena de asperezas, descuidos absurdos de diseño, contornos sin desbastar, lagunas tontas e irregularidades malévolas y perversas.
El psicolingüista Fernanda Ferreira creía que el lenguaje “cumple el expediente”, pero no es perfecto.
Nuestros cerebros, además, son muy torpes a la hora de componer frases y también a la hora de leerlas. Intentad, por ejemplo, responder a esta pregunta: ¿A cuántos animales llevó Moisés al arca? El lector lee las palabras “animales” y “arca” y no advierte que la pregunta hace referencia a Moisés y no a Noé.
No hay nada más exasperante que leer una transcripción literal de una conversación, algo que quedó en evidencia en los juicios sobre el caso Watergate: las transcripciones parecían pertenecer a retrasados mentales que eran incapaces de comunicarse entre sí. En una conversación no somos conscientes de ello, pero no dejamos de interrumpirnos, de tartamudear, de usar la expresión “y tal” como signo de puntuación (y otras coletillas inútiles), damos por sentado cosas, dejamos frases incompletas.
Por si fuera poco, intercambiamos consonantes con facilidad, como al decir “fagotizar” en vez de “fagocitar”, o como dice mi abuela: “cocreta” por “croqueta”. Al decir todos los miembros del grupo nacieron en España podemos entender fácilmente que todos los miembros del grupo “yacieron” en España, y así ocurre con mil palabras que, según la dicción del hablante, las bondades de nuestro oído y las condiciones ambientales, se confunden entre sí, liándolo todo. Un caso macabro ocurrió en 1977, cuando la respuesta ambigua de uno piloto a una pregunta sobre su posición (“en despegue”) causó un accidente de aviación en el que murieron 583 personas: el piloto en cuestión quería decir “listo para despegar”, pero el controlador aéreo interpretó que quería decir “ya despegando”.
Vicki Fromkin, pionera de la lingüística, fue la primera en reunir y estudiar sistemáticamente errores en el lenguaje humano. Y os garantizo que la lista de errores es abrumadora.
Por ejemplo, la cama se llama cama y la cómoda se llama cómoda, pero es más cómoda la cama que la cómoda. Hacemos nuestras necesidades en las “letrinas” a pesar de que no tiene nada que ver con las “letras”. O en los “excusados”, a pesar de que no hace falta “excusa” para ir al baño. La evolución del lenguaje también resulta una completa locura, como os demostré en la rueda del eufemismo. Por ejemplo, antaño, ser un as en algo era ser lo peor, pues as procedía de asnejón, de burro, de torpe. Ahora, ser un as del deporte es ser lo mejor.
Estas evoluciones arbitrarias dicen más sobre nosotros mismos como seres humanos con cerebros falibles y cuerpos llenos de parches evolutivos que sobre accidentes históricos o políticos concretos, como os demostraré en la siguiente entrega de esta serie de artículos..
Vía | Kluge de Gary Marcus

Comentarios
interesante
Claro, como cuando uno escribe "uno piloto"
Interesántisimo artículo como todos los que se publican en esta página. Enhorabuena. Sólo una precisión. En el accidente de los Rodeos de 1977 el copiloto dijo “en despegue” lo que el controlador interpretó como que estaba “listo para despegar”, cuando en realidad el copiloto lo que quería decir era “ya despegando”. Esto provocó la colisión con otro avión que ya estaba iniciando la maniobra de despegue. El artículista lo dice al revés. Ojalá hubiera sido así, no habrían muerto quinientas y pico personas.
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