Trabajo mucho, escribo mucho… pero no hace falta que me pagues con dinero (y II)

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Esta abundancia de escritores, críticos, opinadores, divulgadores, periodistas y demás, que ya analizábamos en la primera entrega de este artículo, no es nada nuevo. De hecho, siempre ha existido: Internet solo ha permitido catalizarlo de una forma más eficaz.

La gente siempre ha creado y contribuido gratis, o esperando recibir otra clase de compensaciones, desde la atención y la reputación al sexo, como ya desarrollé más extensamente en ¿Los escritores sólo escriben a cambio de sexo?

Tal y como lo explica el editor de la popular revista Wired, Chris Anderson, en su libro Gratis al referirse a la actividad de esta clase de gente:

No llamábamos “trabajo” a lo que hacían porque no estaba pagado, pero cada vez que usted da un consejo gratuito a alguien, o se presta voluntario para alguna cosa, está haciendo algo que en otro contexto sería el trabajo de alguien. Ahora los profesionales y los aficionados están de repente en el mismo mercado de atención, y esos mundos paralelos están en competencia. Y hay muchos más aficionados que profesionales.

Esta tendencia está creciendo año tras año, hasta límites que ni siquiera podemos imaginar todavía. La razón es que la gente cada vez dispone de más tiempo para crear cosas que antes estaban remuneradas. El motivo de este superávit de tiempo libre nada tiene que ver con el paro o con la reducción de la jornada laboral.

La razón es que cada vez empleamos más tiempo de nuestro ocio en herramientas que permiten consumir pero también producir contenidos. Por ejemplo, las nuevas generaciones se están apartando de la televisión (echad cuentas de las horas que gastamos viendo televisión al día) para dedicarse a ver contenidos por Youtube y otras plataformas. La diferencia es que el consumo de televisión era completamente pasivo, y Youtube también permite subir nuestros propios vídeos, permite comentar otros vídeos, puntuarlos, generar beneficios con anuncios publicitarios, etc. Es decir, permite crear contenidos gratuitos que, a su vez, incitan a más personas a crear más contenidos gratuitos, como el pez que se muerde la cola.

Es un mundo en el que el alojamiento, la comida y el resto de las necesidades de subsistencia de Maslow se satisfacen sin necesidad de trabajar en los campos de sol a sol, nos encontramos con “ciclos de sobra”, o lo que los sociólogos llaman “excedente cognitivo” (energía y conocimiento no totalmente aprovechados por nuestros trabajos). Al mismo tiempo, tenemos necesidades emocionales e intelectuales que tampoco quedan totalmente satisfechas por el trabajo. Lo que nos garantiza nuestro “trabajo gratuito” en un área en que respetamos es atención, expresión y un público.

Esto es una mala noticia para los profesionales que basan su sueldo en producir contenidos (periodistas, ilustradores, cineastas, guionistas, divulgadores, etc.) que, progresivamente, son producidos gratuitamente durante el tiempo de ocio de la gente (por tanta gente que, entre toda la morralla, incluso aparecen productos mejores que los anteriores). Pero es una buenísima noticia para el resto de las personas. De algún modo, los creadores de contenidos eran los que iban a buscar hielo a las montañas. Internet es el equivalente del invento de la nevera.

Así pues, se imponen nuevos modelos de negocio. Primero, los basados en la gratuidad directa de los contenidos (por ejemplo, lo que ahora leéis es gratuito para vosotros, pero yo gano dinero a partir de vuestra lectura de diferentes modos). Segundo, los negocios basados en micronichos: se acabaron los contenidos de grandes tiradas, de grandes ventas, aptos para toda clase de públicos: se impone la creación de contenidos para pequeños grupos, incidiendo en gustos particulares minoritarios.

Es lo que Chris Anderson llama economía Long Tail: si antes los contenidos se basaban en la regla 20/80 (por ejemplo, de cada 100 libros de una editorial, 80 no dan suficientes beneficios y los otros 20 sí lo hacen en la suficiente medida como para que resulte rentable probar con otros 100, en busca de los 20 beneficiosos), ahora los contenidos se basan en la regla de generar más contenidos en busca de más microbeneficios: una editorial digital ganará más dinero a medida que publique 1.000, 10.000 o 100.000 títulos diferentes cada semana, porque tales títulos tendrán un número de lectores muy pequeño que, sumados todos, resultarán rentables económicamente. Y cuanto más contenido se creara, más micronichos aún más diminutos irán naciendo. Hasta el punto de que, quién sabe, se escriban novelas para satisfacer el gusto de grupos de 10 o 20 personas.

Pero no nos vayamos tan lejos aún. Profetizar el futuro nunca ha sido una tarea muy fructífera.

En cualquier caso, podemos profundizar en el futuro del periodismo 2.0 en una entrega especial de esta serie de artículos. Allí podré desarrollar mejor qué futuro le aguarda al profesional del periodismo y cómo podría rentabilizar sus conocimientos.

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