Ante la proliferación de las primeras novelas por entregas que, previa suscripción, son remitidas a través de mensajes de texto, SMS, a un terminal de teléfono móvil, muchos puretas se están llevan las manos a la cabeza. Es natural, la misma conmoción recorrió a quienes asistieron al fin de la oralidad y el principio de la escritura, o el fin de la música en directo y el principio de la música enlatada.
Platón, por ejemplo, creyó que la memoria de los hombres se debilitaría si el arte de la escritura se extendía demasiado. Imaginad lo que hubiera pensado con el auge de la imprenta.
Los cambios son así, dan miedo. Y nos encanta comparar, sobre todo bajo el prisma de “el pasado siempre fue mejor”. Ahora, un poco, todos somos como Platón, ante los SMS y la tecnología digital en general.
Se sabe que uno no se expresa de la misma forma hablando que escribiendo. Como tampoco lo hace de la misma forma escribiendo a mano que escribiendo en una máquina de escribir o en un ordenador, que incluso permite la corrección automática de los errores ortográficos o la reordenación de las frases con un simple click. La forma de expresar nuestras ideas influye en nuestras propias ideas, en nuestra forma de pensar, en la arquitectura de nuestra mente.
Tal y como hacía el escritor Donald Lau, el responsable de los millones de mensajitos que los estadounidenses encontraban en las galletitas de la suerte de los restaurantes chinos y que debía limitarse siempre a frases ingeniosas y vagamente aforísticas de sólo 10 palabras, hoy en día los jóvenes y no tan jóvenes adictos al teléfono móvil se han habituado a comunicarse entre sí con mensajes de 140 caracteres como máximo. Sin contar las abreviaturas y fracturas gramaticales propias de un DJ aficionado al scratching.
De un SMS no podemos esperar enunciados complejos ni sesudas disertaciones, aunque vengan por capítulos. La cultura ADSL o las galletas de sabiduría comprimida no son más que spots que no pueden rivalizar con un extenso ensayo rebosante de bibliografía. Pero no debemos permitir que la alarma propia de quienes se han acostumbrado a un sistema de comunicación determinado nos ofusque, tal y como le ocurrió a Platón.
Los SMS forjaran otro tipo de cultura, que a su vez se irá enriqueciendo a su manera, quizá con hipervínculos, o con imágenes adjuntas, o sonidos y politonos. Apenas queda ya costumbre de enseñar caligrafía, y es posible que los libros demasiado largos acaben siendo herramientas sólo de especialistas. O no.
Lo que es seguro es que las mentes de las generaciones venideras se estructurarán de otra forma, y no tenemos ni idea de si esa nueva estructura será más óptima, más rudimentaria o idéntica a la actual. Como lo tampoco lo supo Platón. Porque la cultura escrita puede que desaparezca y sea sustituida por una construida a base de ceros y unos, como en su día los rollos de papiro fueron sustituidos por libros impresos por Gutenberg.
Los SMS, como todo nuevo sistema de escritura, está en pañales. Demos tiempo a que se desarrolle, antes de bajarnos de la rueda de la Historia. Y vosotros, ¿qué opináis?

Comentarios
El problema no es el sms en sí, sino el destrozo del lenguaje que lo acompaña cuando es usado por determinados colectivos.
Personalmente opino que la literatura es literatura independientemente del medio en el que se encuentre, pero eso es una cosa, y aceptar las aberraciones lingüísticas del "lenguaje sms" otra muy distinta.
Exactamente lo que dice KHal Yeleytr. Asi como no todo libro es literatura, no toda cosa que no sea un libro no es literatura. La literatura es el mensaje, no el medio.
Un SMS no limita la literatura o el hecho literario. En un mensaje de texto cabe perfectamente un poema y su valor literario no se verá afectado por ser un mensaje de texto. Incluso, podrían escribirse cuentos muy cortos con altísimo valor literario. Por ejemplo: "Al despertar, el dinosaurio todavía estaba ahí" es un hermoso y conocido cuento de Monterroso que cabe perfectamente en un SMS.
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