Quienes me conocen saben que soy un poco egocéntrico. Por eso me hice escritor. ¿Qué hay más egocéntrico que escribir para que otros te lean? ¿Qué hay más egocéntrico que creer que tú, tú y tú tienes algo que decir? ¿Qué hay más egocéntricos que estar convencido de que yo, yo y yo podría llenar un hueco vacío en la literatura?
Con todo, los ribetes egomaníacos de la literatura no me preocupan demasiado. Ni tampoco considero que desvirtúen la propia literatura. Al contrario: la engrandecen. Podéis leer un artículo mío, mío y mío donde incido más en esta cuestión titulado ¿Los escritores sólo escriben a cambio de sexo? (I) y (II).
Pero ahora voy a hablar un poco más de mí, de mí y de mí. La razón de este artículo viene un poco a rebufo del comentario de alguno de vosotros (no recuerdo quién, porque tengo la mente demasiado ocupada en mí mismo: onanista literario que es uno). El comentarista anónimo refería lo vanidoso que resultaba al comentar en un artículo que, de joven, me leía el diccionario por afición.
Le respondí que por supuesto, que era un vanidoso, y que toda la literatura, a mi entender, tiene un punto de vanidad. Parto de la base de que todo escritor desea que aparezca su nombre al principio o al final de su texto (sin embargo, el pintor de nuestra casa no firmó su obra: se limitó a hacer su trabajo… y encima sin derechos de autor). Y si hay escritores que prefieren publicar anónimamente, son una minoría (como también hay asesinos en serie y no por ello colegimos que la naturaleza intrínseca del ser humano es asesinar). Incluso sospecho que algunos escritores anónimos son anónimos por impostura, otra forma de vanidad.
No obstante, si todo lo anterior no fuera tal y como lo he referido, yo, yo y yo continuaría incorporando anécdotas personales en mis artículos y libros (algunas que me dejen bien con otras que me dejen un poco mal, para equilibrar la balanza). Y lo haría porque sé de buena tinta que el lector lo agradece. Al lector, no nos engañemos, le gusta penetrar un poco en la vida privada de esa criatura que no conoce de nada pero que, a fuerza de darle a la tecla, parece estar más cerca de su cabeza o su corazón de lo que nunca estarán las personas que con las que se cruza a diario en la oficina (por ejemplo).
Las anécdotas personales, que en el texto florezca un poco el yo, yo y yo del autor, ayudan a amenizar cualquier tema. Bien lo saben los periodistas de raza. En enero de 1994, por ejemplo, The Nation publicó un artículo que clasificaba a 22 opinadores y comentaristas políticos del New York Times y el Washington Post según la cantidad de veces que emplearan las palabras yo, me, mí, conmigo. Richard Cohen hacía 13,4 alusiones de media por artículo. Meg Greenfield, 8,4. Ellen Goodman, Anna Quindlen, David Broder y William Safire, respectivamente, 4,1, 3,7, 1,7 y 1,6. (Creo que con este artículo les gano a todos).
Y puestos a rizar el rizo (y como a mí, a mí y a mí me encanta hacerlo), estoy convencido de que no es necesario decir yo, yo y yo o hablar de uno mismo con vanidad para que un texto rezume vanidad. Hay muchas otras formas de parecer vanidoso, incluso tan sutiles que sólo ojos entrenados en estas lides son capaces de detectarlas. Por ejemplo: ser abstruso cuando el tema objeto de glosa no lo precisa. Por ejemplo: usar palabras que ni Góngora. Por ejemplo: crearse una cuenta en Papel en Blanco y soltarle al fulano que acaba de escribir un artículo que es un vanidoso por referir una anécdota personal tan vanidosa como ésa.
Así que mi consejo (admitáis o no que el agua moja o que el escritor escribe por vanidad) es que dejéis aflorar vuestra vanidad, que no la aparquéis en la aduana para granjearos el aplauso popular. Os lo digo yo, yo y yo, que aprovecho estos artículos para, en parte, desahogarme o ajustar cuentas personales; y encima trinco viruta por ello.

Comentarios
Si bien no sos santo de mi devoción, tengo que reconocer que estoy de acuerdo con vos en este artículo. Yo también creo que deberíamos ser más honestos con nuestra vanidad...
Y yo también leía el diccionario cuando era chico
Creo que ha llegado la hora de que honre este blog con mi calificada opinión, (mi humildad me impedía hacerlo pero hay que compensar tanta vanidad) "¿Qué hay más egocéntrico que escribir para que otros te lean?" Pretender que te paguen por leerte
Un post muy honesto y cabal. Un saludo de un periodista de profesión y escritor de vocación ;-)
Pues fíjate que estoy de acuerdo contigo. Los diccionarios -uno, concretamente, de Espasa, pues estaba muy bien ilustrado- eran uno de mis géneros literarios de chico. Intentaba encontrar una relación entre morfología y significado. Y la obscena variedad de términos era ya de por sí interesante. Creo que también me hacía gracia la terminología que solía emplear con su 'dícese de...' lo cual reflexionando ahora es una de las formas más prudentes de definir algo: yo no te digo si es tal cosa u otra, sino lo que dice la gente o quiere decir cuando emplea esta palabra. Genial
Con respecto a la vanitas vanitatis et omnia vanitas, claro que es conveniente cultivar un poco -poco, ¿eh?- de narcisismo: es una forma de disfrutar de uno mismo, de expresar el deseo de expandirse, de explorarse... Y a todos -o a la mayoría- nos gusta tanto tener nuestro público como ejercer de ello. Una de las maneras -si se hace con buen gusto, claro- de disfrutar y desarrollar la empatía -e identidad- con el intercambio de roles
Abrazos
Sergio, y los que escribimos de forma anónima o con pseudónimo, habiendo perdido cientos de horas en escribir por el mero placer de dar un poco de luz a ciertos caminos oscuros y porque nos apetece decir lo que nos sale de los cojones, ¿cómo se llama? Porque yo de vanidoso más bien poco. Si no, en primer lugar, iría con mi nombre a todos lados diciendo que escribo. Cosa que no ocurre ni en mis peores pesadillas.
Saludos!
interesante
Pues para mí es mejor ser vanidoso -dentro de un límite- que pedante, que no deja de ser un tonto instruido aunque los límites de uno y otro estén muy cercanos. Para ser una vanidad has hecho una cura de humildad al reconocerlo.
-- editado por última vez a las 17:05
Cierto es lo que dices, balay2. Lo que pasa es que, en este país, a poco que emplees un léxico que se aparte un poco de la media o que des un dato que te parece relevante con el único fin de animar la conversación, ya te tachan de pedante. En España ya decir que no te gusta el fútbol es una pedantería. Así nos va
Muy de acuerdo, no hay nada mas vanidoso que escribir algo y esperar que otros lo lean y ademas les guste, todos lo somos, en mayor o menor grado y es algo bueno que lo aceptemos, despues de todo no es como si fueramos a cambiar. Por cierto, yo tambien leia el diccionario. Bye.
brillante
"En donde esté una piedra solitaria sin inscripción alguna, donde habite el olvido, allí estará mi tumba" (Gustavo Adolfo Béquer). "...y el que ayer fue hombre hoy es polvo y mañana nada". (Baltasar Gracián)
PS. Estar en la edad del pavo a partir de los treinta es ridículo.
-- editado por última vez a las 19:58
"La arrogancia detesta la arrogancia en los demás".
- Benjamin Franklin
No creo que vaya por ahí la cosa.
Supongo que toda creación personal tiene un ingrediente de vanidad,sin embargo desdoblar el razonamiento, a la premisa de que todo creador es vanidoso, es erróneo. La maestría, el progresar en el arte,aprender, tiene un componente importante de humildad.
A los 9 años me regalaron un diccionario ilustrado de Plaza y Janés que se llamaba "Mi primera enciclopedia". Constaba de varios tomos(creo que siete)y se convirtió en mi libro de cabecera y lo leì y releí varias veces.Yo también leí el diccionario. ¿De que voy a hablar sino de mi misma y mis propias emociones y experiencias? ¿Qué soy yo si no me veo en el espejo del otro? Prefiero a la gente que va de cara, que admite su propio egocentrismo y no aquella que se esconde detrás de una modestia que está teñida de una falsa humildad. El escritor es generoso porque comparte con los demás lo escrito. Tenemos la obligación de conocernos a nosotros mismos y saber cuales son nuestras fortalezas y debilidades. Lo primero es quererse y valorarse a uno mismo ¿Qué daremos sino a los demás? Comunicarse y compartir es consustancial al ser humano en cuanto ser social y expresar nuestros pensamientos e ideas a los demás es una necesidad vital. Somos también vanidosos y envidiosos, es verdad, pero si en nuestra coctelera mezclamos todos los ingredientes en su justo término: un poquito de Yo, algo de Nosotros...el resultado final es un intercambio entre escritor y lector bastante provechoso para ambos. Sergio: sigue en tu línea!
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