¿Puede una novela de GarcÃa Márquez contener la fuerza y verdad de un blues de carretera?
Amores Perros tiene una versión literaria. Anterior. Y muchÃsimo mejor, qué duda cabe, aunque la pelÃcula es viendo la obra posterior de sus autores, una obra notable. Pero los mejores instantes de la cinta escrita por Guillermo Arriaga están en una novela ambientada en Lima y protagonizada por unos muchachos cuyas vidas se mezclan hasta lo impercetible: La ciudad y los perros. Como pasa con GGM, la obra de Mario Vargas Llosa tiende a ser malinterpretada aunque si algo es el escritor es elegante. Hasta en sus peores momentos.
-¡Qué tiempos! – dijo Tico.
Cuentos dijo Alberto. Completamente falso.
No es la obra de Vargas Llosa uno de mis puntos de atracción como lector. Su estilo es sofisticado y culto pero sus obras pecan de plúmbeas a pesar de las ampollas y rasgaduras de vestidos de los fans de su obra. En una obra como Pantaleón y las visitadoras hay algo de esa sabidurÃa de las comedias de Shakespeare, pero sin que la cosa pase a mayores. En esta obra convergen una serie de pasiones clave y un retrato generacional sin vocación de serlo, con la simpleza de que lo es. Capaz de convertir el torbellino de pasiones en un paseo por las calles de una ciudad perdida, la novela se construye con una vida que sólo ha sabido transmitir después, lo confirmo a cada página, Rodrigo Fresán y su estupenda perversión subcultural de México: Mantra.
- Mi coronel – dijo el capitán – . PermÃtame hacerle la observar que esta tesis me parece mucho más verosÃmil que la de un tiro de la retaguardia.

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