'Camino tortuoso' de Warren Ellis

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camino-tortuoso.jpgWarren Ellis forma parte de la hornada de autores británicos que desembarcaron en las editoriales de cómics americanas a mediados de los noventa para renovar el género. Trajeron a los héroes en crisis, con sus defectos humanos más vergonzantes en carne viva, que intentaban de una vez acabar con “los cabrones de verdad” de este mundo: dictadores genocidas, burócratas corruptos y criminales corporativos. Destacamos rápidamente el trabajo de Ellis en Planetary y The Authority, y sobre todo la magnífica saga ciberpunk Transmetropolitan.

Puede verse una doble vertiente en la obra de Ellis. Por un lado trata con insistencia de las relaciones entre la libertad y el poder, cuestionando constantemente dónde debe trazarse la línea entre autoridad y rebelión. Pero hay una segunda vía que es su rasgo más personal, la fascinación por las rarezas y las desviaciones de la conducta humana, especialmente en el terreno sexual. Ellis ni justifica ni condena, se limita a inventariar lo aberrante con un enfermizo y festivo entusiasmo. Es lo que vamos a encontrar, a paletadas, en su primera novela Camino tortuoso.

Mike McGill es un zarrapastroso detective neoyorquino con una predisposición natural a recibir los casos más extraños, esos que comienzan por la investigación de una infidelidad y terminan destapado una red de violadores de avestruces. Su suerte cambia cuando un anciano heroinómano, que también es el jefe de gabinete del Presidente de los Estados Unidos, le encarga recuperar un manuscrito de enmiendas a la Constitución que lleva cincuenta años pasando de círculo en círculo de pervertidos, y que tiene en su poder regenerar la conducta moral del país.

Comienza así un demencial viaje en el que Mike y su compañera de fortuna Trix recorren el lado oscuro de los grandes iconos de América: Nueva York, Texas, Las Vegas, Los Ángeles… Un remedo dantesco (más por el mito de bajada a los infiernos que por otra relación) en el que conocerán a culturistas que se inyectan agua salina en los testículos para hacerlos crecer, macroherpetófilos (es decir, gente que se excita sexualmente con Godzilla) y transexuales que se hacen apaños con silicona industrial. Todos con una misma réplica: si lo que hacemos sale en internet, y lo que sale en internet es la norma, entonces no somos diferentes.

Huelga decir que es una lectura a la que hay echarle estómago pero insistimos, la especialidad de Ellis es divertirse mucho con estas situaciones y es difícil no contagiarse de su humor cafre. Así que en algunos momentos le odiaremos por convertir una tranquila cena en un asador tejano en un horripilante festín gore, pero también podríamos llegar a odiarnos a nosotros mismos por reirnos en un capítulo dedicado por entero a los problemas de maniobrar un saco escrotal del tamaño de un balón de baloncesto.

En general, la zona frontal de mis pantalones parecía una sandía metida en una bolsa de canguro. Podía olvidarme de cerrar la cremallera. Pero descubrí que si dejaba mi camisa sin meter, tapaba bastante bien mis testículos. Excelente. Chaqueta puesta, papeleo en mis bolsillos, y estaba listo para irme. Me levanté y gemí. Parecían más pesados que nunca. Dirigiéndome hasta la puerta, me tambaleaba más que caminar, y empezó a preocuparme que esto no fuera a funcionar.

No todo son risas a costa del tremendismo. Cuando Ellis habla de cosas graves, como la pederastia, se pone serio. Ese es básicamente el único límite al que se advienen los habitantes de este extraño mundo paralelo: ahora que las desviaciones están a la vista de todos nada queda fuera de la norma, y entre el prohibir y el no prohibir tiene que haber una tercera vía, que es la de hacer lo correcto aunque sea estilo John Wayne.

El estilo de Warren Ellis es excelente, una parodia del lenguaje de la novela negra con diálogos que retumban en el oído y puntadas de humor negro a cada paso. La estructura es de lo más simple, Mike y Trix saltan de una ciudad a otra enfrentándose a pruebas retorcidas sin realmente mucha continudad entre una cosa y otra. Sin duda lo que más decepciona es la conclusión, de la que no revelo nada más que la moraleja de Ellis es que el amor termina salvando el día. ¿Tanto revolvernos el estómago para servirnos un postre de almíbar?

Camino tortuoso tiene el feeling de una serie de comics, segmentos de capítulos autoconclusivos que funcionan de forma independiente. Esa es una de las dificultades de su conclusión, que podría acabar donde termina como continuar perfectamente en una nueva sucesión de american bizarro . Tampoco se termina tomando partido por la integración total o por continuar rechazando lo percibido como aberrante. Probablemente, porque Warren Ellis se encuentra perfectamente a gusto con el incómodo dilema.

Camino Tortuoso – Warren Ellis
Norma Editorial, 2008
186 pgs.

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