'Déjame entrar': un nuevo giro al género de terror
“¿Puedo entrar? Dime que puedo entrar”. Con estas palabras, el terror pide permiso para acceder a tu habitación, a tu vida, a tus recuerdos. Si no lo pide, las consecuencias pueden ser terribles para él. ¿Dejarás que entre?
Etiquetar ‘Déjame entrar’ como una novela de vampiros sin más sería quedarse un poco cortos. Su autor, el sueco John Ajvide Lindqvist, decidió ambientar la historia en una pequeña localidad de su país natal. Acaban de empezar los años 80 en Blackeberg, población levantada unos pocos años atrás, sin apenas historia ni tradición a sus espaldas. Un lugar tranquilo rodeado por profundos bosques que está a punto de cobijar a unos personajes que alterarán por completo su tranquilo modo de vida.
Al margen de unos asesinatos que empiezan a inquietar a la comunidad, acompañamos a Oskar en su solitaria vida en casa y en el colegio. Acaba de entrar en la adolescencia y su carácter y un ligero sobrepeso lo convierten en el blanco de todas las burlas. Al principio, sus inquietudes giran en torno a su inseguridad y a ocultar cosas como esa “bola de pis” suya, una esponja agujereada con la que trata de contener sus preocupantes pérdidas de orina. Entonces entra en su vida Eli, una niña de unos doce años que vive en la casa de al lado, encerrada a cal y canto con un individuo mayor, posiblemente su padre, que parece incapaz de controlar sus escarceos con el alcohol y los niños.
Poco a poco, ambos empiezan a conocerse en un parque cercano a sus casas, siempre al caer la noche. Pronto, la amistad parece tornarse en algo más. Oskar no puede evitar sorprenderse ante esa niña que piensa y actúa como si fuera mucho más mayor de lo que aparenta. También le llama la atención su mal olor corporal (que poco después corrige para agradar a Oskar) y el hecho de que unos días tenga el aspecto de una persona enferma y al día siguiente reaparezca lozana y llena de energía.
La novela está dividida en cinco partes, y dentro de cada una en una serie de días de finales de 1981. El narrador salta de unos personajes a otros, abriendo muchos flancos que confluyen a medida que avanza la narración. Lo que hace diferente a Lindqvist de otros escritores de terror es su lenguaje, que puede ser hermoso y terriblemente sórdido, y sus descripciones. En este caso, no se centra en crear una atmósfera opresiva y fantasmagórica, sino en describir a los personajes con destreza. Por ejemplo, describe la mirada de Eli como “los ojos de Samuel Beckett en la cara de Audrey Hepburn“. Sabiduría e inocencia, pasión e indiferencia a un mismo tiempo.
También es destacable cómo consigue jugar con el lector al hacer pasar como reales acciones que imaginan los personajes. Se sirve a menudo de técnicas que ya hemos visto en narraciones terror como el de utilizar las cursivas para reflejar lo que piensan los personajes. De hecho, todas estas cualidades podrían propiciar una adaptación al cine muy interesante.
La historia es entretenida y reaviva continuamente el interés por la suerte de los personajes. También se nos presentan ciertas realidades ocultas y sórdidas que realmente existen en las ciudades occidentales y unas relaciones entre los personajes que muchas veces giran en torno al egoísmo, el interés propio y el rencor. Esta cualidad es muy importante, personajes profundamente humanos en una historia fantástica.
En cuanto al tema del vampirismo, es de agradecer que lo aborde desde una óptica fresca y original, pues es un género explotado hasta la saciedad. Al fin y al cabo, esta cuestión puede llegar a ser incluso anecdótica tras el trasfondo de la historia. Uno de los puntos fuertes es la escena en que uno de los personajes, después de haber sido mordido, empieza a ser consciente del contagio: los mordiscos de la luz en la piel, la repulsa ante cualquier clase de alimento y un hambre que empieza a convertirse en inquietud.
Por otra parte, parece que la novela tiene una importante carga autobiográfica. De hecho, el propio autor, que efectivamente nació y pasó su adolescencia en Blackeberg, escribe junto a los agradecimientos:
Si a alguien se le ocurre comprobar el tiempo que hizo durante el mes de noviembre de 1981, descubrirá que aquél fue un invierno inusualmente suave. Yo me he tomado la libertad de bajar la temperatura unos grados. Por lo demás, todo lo que cuenta el libro es cierto, aunque ocurriera de otra manera.
Una lectura recomendable, que engancha y entretiene. Muy indicado para aquellos que no comulguen con la literatura fantástica y quieran encontrar una agradable excepción.
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