'El día de hoy' de Alejandro Gándara

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alejandro-gandara.jpgEs cada vez más rara de encontrar, pero todavía se da en ocasiones un brote de literatura introspectiva, tras los pasos del Ulises de Joyce. Dudo que nadie siga leyendo la reseña tras esta frase inicial, pero prefiero seguir a solas a que me acusen luego de jugarreta. El día de hoy es un retorno a la novela existencial pura: un personaje a la deriva en un territorio emocional acotado; una escasez palmaria de peripecias; y mucho monólogo interior, mucho rumiar a partes iguales en la memoria y la conciencia.

Ángel Santiesteban es un jardinero en paro que despierta para enfrentarse al día más difícil de su vida. De ordinario libra sus pequeñas batallas cotidianas: buscar trabajo, cuidar de su hijo adolescente e hiperactivo Goro con el que vive a solas tras su divorcio, llegar a fin de mes. Pero hoy es especial. Hoy va a tener que decirle a Goro que tiene que irse a vivir con su madre porque él ya no puede mantenerle, a pesar de que intuye que la presencia del chico es lo único que lo mantiene todavía en pie.

Sí, por un lado es existencialismo hardcore, como podría hacerlo Sartre o Gide. Pero Alejandro Gándara mantiene los pies en la tierra y construye una experiencia de palpable cercanía. No hace falta ser vecino del céntrico barrio madrileño de Ángel para reconocer la autenticidad de su existencia. Se trata de elegir entre la compra en el Lidl o el Champion, de reunirse con el tutor del crío, de sacar a pasear al perro. Y que la alusión a Joyce no asuste: el libre flujo de conciencia se expresa aquí con perfecta y prístina sintaxis.

Pero la cercanía tiene su reverso, y es que cuesta justificar la cotidianeidad como recurso literario. Esto equivale a decir que si vamos a contar la vida de un tipo corriente durante un día, toda su vida va a tener que confluir en ese mismo día para demostrarnos lo que internamente tiene de valioso y ejemplar. Por lo tanto más que la jornada inerte del parado lo que vamos a tener es una acumulación de encuentros y movimientos, pequeñas pruebas que Ángel se pone a sí mismo y de las que sale unánimemente derrotado, sin haber encontrado la fórmula para oponer resistencia.

Gándara buscaba dos cosas en esta novela, nos explicaba en su presentación. La primera era detener el tiempo y darle una medida equivalente y fija a cada uno de esos instantes. Para ello ideó la aritmética insólita de dar a cada hora 24 páginas contadas, a sabiendas de que no todos los segmentos tendrían el mismo interés. La segunda era de índole poética, y trataba de describir la música del día, el ruido armónico del mundo a nuestro alrededor.

La dificultad del primer proyecto es inherente a su propia naturaleza: a pesar de que la trama sigua un esquema de límite 24 horas, la tensión narrativa se diluye rápidamente en el marasmo de horas perdidas que es la vida del protagonista. Comenzamos la mañana expectantes, igual que él, sinceramente interesados en la historia de su vida y los devenires de la correosa relación con su hijo. Pero a medida que avanza el día nos contagiamos de la morosidad de Ángel, a partir del momento en el que nos damos cuenta de que no va a hacer realmente nada por resolver sus problemas.

Ángel adopta una actitud contemplativa ante la vida. Se limita a padecer, a zozobrar, a buscar un sentido al cúmulo de circunstancias y decisiones que le han llevado a ese preciso momento. Un jardinero que sueña con un orden orgánico ideal, un hortus dorado, pero que avanza sin embargo a impulsos arbitrarios y se ve impelido a volver siempre al punto de partida. Sólo a medida que termina el día y se acerca la hora final recuperamos en cierta medida una tensión narrativa, en espera de un desenlace que resulta sorprendentemente satisfactorio en comparación a la retahila de expectativas frustradas.

¿Y sobre la música del día? Pues está ahí, palpable y sensible. Sin ella El día de hoy sería un experimento más, bueno para diseccionar en clase de Teoría de la Literatura pero no para leer. Pero el lenguaje salva la novela, o mejor dicho, la justifica. Es el lenguaje de Ángel y su mundo, a veces próximo y castizo, otras figurado y poético, lo que transforma el día de todos los días en materia literaria. Alejandro Gándara es realmente una potencia lingüistica: le vale todo, desde la jerga adolescente hasta términos ignotos rescatados del DRAE, y le caben todos los registros, de la ironía socarrona a la poesía en prosa.

Esto no quiere decir que la lectura de El día de hoy sea fácil. Exige buena disposición a dejarse languidecer y renunciar a la gratificación lectora inmediata. Hemos discutido a menudo sobre la idea de ‘leer difícil’ y concluido que el hecho de que un texto sea difícil no es un valor de por sí: la dificultad debe ser trampolín de la belleza y el sentido profundo. Ambas cosas se encuentran en esta novela, pero eso no le quita el rasgo ingrato de experimentalidad. Por muy interesante que resulte, no te quitas de encima la sensación de haber hecho el papel de la cobaya.

En Papel en Blanco | Alejandro Gándara

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