'El héroe discreto', de Mario Vargas Llosa

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El héroe discreto Vargas Llosa

Dos ideas acompañan al lector durante y después de la lectura de El héroe discreto. Por una parte, la necesidad que existe en estos tiempos tan grises de encontrar gente corriente que consiga brillar gracias a pequeños actos de heroicidad; por otra, la riqueza de nuestro idioma, con una base común que une a cientos de millones de personas a ambos lados del Atlántico, y términos, expresiones o modismos que se imponen en algunos países y se desconocen en el resto.

Pese a la singularidad del título, El héroe discreto cuenta la historia paralela de dos personajes: Felícito Yanaqué, un pequeño empresario dueño de Transportes Narihualá, en Piura, que es extorsionado por la mafia; e Ismael Carrera, un exitoso hombre de negocios, propietario de una aseguradora en Lima, que urde una venganza contra sus dos hijos holgazanes deseosos de verle muerto para heredar. Ambos son, a su modo, discretos rebeldes que intentan vivir según sus ideales y deseos. Pero no son los únicos.

Mario Vargas Llosa ha pasado del “¿En qué momento se había jodido el Perú?”, de Conversación en la Catedral, a reflejar en su último texto un país más moderno y próspero, en el que se vislumbran, frente a hienas y chantajistas, algunos héroes cotidianos, comunes y corrientes, que no se dejan pisotear por nadie. No faltará quien aprecie el cariño que el escritor muestra por sus personajes. Los dota de la sabiduría que da la edad, pero también de una libertad que les cuesta caro y una integridad que mueve todas sus acciones. “Nunca dejó que nadie lo pisoteara. Era, según él, lo que hacía que un hombre valiera algo o fuera un trapo. Ése había sido el consejo que le dio antes de morir en una cama sin colchón del Hospital Obrero: Nunca te dejes pisotear, hijito”. Un consejo que Felícito Yanaqué y muchos de los personajes parecen seguir.

Otra peculiaridad en cuanto a los personajes es que aparecen viejos conocidos del mundo literario del escritor, como el sargento Lituma o don Rigoberto, doña Lucrecia y Fonchito. Preguntado sobre las razones de volver a incorporarlos en su obra, Vargas Llosa ha contado, con el buen humor que le caracteriza, que hay personajes que no desaparecen. “Desaparecen las historias, pero ellos se quedan allí, un poco en la memoria y al empezar otra comparecen como ofreciéndose, como diciendo: Yo no fui suficientemente aprovechado en esa historia. Aquí estoy. Corrige tu error. Aprovéchame de nuevo. Saca todas las posibilidades que hay en mí (…)”.

De hecho, al principio iba a ser una sola historia, la del empresario extorsionado, pero, al empezar a trabajar en ella, le surgió la idea de enriquecerla, complementarla con una especie de contraste anecdótico entre dos personajes, dos familias, dos mundos, dos ciudades, dos sectores sociales… Y así es como aparecen don Rigoberto, doña Lucrecia y el hijo de él, Fonchito, una familia que ya ha protagonizado otras de sus historias. No es de extrañar, pues, el epígrafe que Vargas Llosa ha escogido de El hilo de la fábula, de Jorge Luis Borges: “Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo”. Y, aunque la puntada final llega, uno tiene la sensación de que el autor podría seguir relatando y cosiendo durante infinidad de páginas.

Aunque no es la obra por la que pasará a la posteridad, ni la que más recomendarán sus incondicionales, sí es una buena muestra del gran poder narrativa de Vargas Llosa. En este sentido, hay que volver a subrayar la riqueza de un vocabulario que nos traslada hasta Perú (guayabera, colerón, cremolada, cachaco, yanacón, tamalito, chicherías…); el juego que plantea al lector con esas dos historias paralelas (la de Yanaqué y la de Carrera/don Rigoberto), que no parece que no converjan nunca; y esas dificultosas yuxtaposiciones que nos trasladan de una conversación a otra, con saltos de tiempo incluido, y que tanto y tan bien ensayó en Conversación en La Catedral.

Mario Vargas Llosa
El héroe discreto
Editorial Alfaguara
383 páginas
19,50 en rústica y 9,99 en ebook

Mas información / Alfaguara
Primeras páginas / El héroe discreto

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