'El niño con el pijama de rayas', ingenuidad narrativa no apta para todos

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El niño con el pijama de rayas

Comencé la lectura de El niño con el pijama de rayas animada para incluirlo en nuestra sección de lecturas para el verano, tras haber escuchado varias opiniones muy favorables. Pero, ¿tan especial es esta novela? ¿Tanta emoción suscita? ¿De verdad es inolvidable?

La novela, del joven autor irlandés John Boyne, viene precedida por un gran éxito en Irlanda y por su inminente traducción a dos decenas de idiomas, incluso se está preparando una versión cinematográfica.

No sé si será por estos calores que en vez de ablandarme el corazón, lo endurecen, pero lo cierto es que la lectura de la novelita me dejó bastante fría. No creo que pase a la historia de las letras más allá del éxito efímero que le auguro. No voy a seguir la línea del editor y de muchas personas que, al hablar de la novela, omiten cualquier referencia a su argumento porque hay que leerla sin saber de qué trata, porque no hay que desvelar la sorpresa.

Como ya al leer la contraportada me imaginaba de qué iba a tratar, y como al cabo del primer capítulo ya estaba más o menos claro, no creo que lo de guardar el secreto sea tan importante. Creo que he esperado bastante si hasta el quinto párrafo no le he chafado el argumento a nadie. A partir de ahora, el lector decide si seguir adelante.

El niño con el pijama de rayas trata un tema tan trascendente y doloroso en nuestra historia reciente como el holocausto. No desde un punto de vista histórico, ni desde un punto de vista adulto. La narración de los hechos se ofrece a través de la perspectiva de un niño de 9 años, Bruno. Sin embargo, el enfoque de la novela me resulta en ocasiones algo desesperante y bastante inverosímil.

Bruno es hijo de un comandante nazi que es destinado a dirigir el campo de concentración de Auschwitz. El niño pasará de una vida tranquila en Berlín, en una casa estupenda, con unos amigos para toda la vida (que no tarda demasiado en olvidar), a vivir junto a la alambrada del campo de concentración. A lo lejos consigue ver a muchos hombres y niños con pijama de rayas.

El tedio que le proporciona su nueva vida y su afán explorador lo llevan a escaparse buscando alguna aventura, algún amigo, hasta que lo consigue. Conoce al niño con pijama de rayas en un punto de la alambrada que ha conseguido mantenerse a salvo de las miradas y los fusiles de los soldados. Entre ellos, que nacieron el mismo día, surge una relación de necesidad, más que de amistad, que les lleva a acabar juntos al final de la novela, al mismo lado de la alambrada, no diré en cuál.

Parece que la ingenuidad del protagonista, Bruno, la haya querido ver el autor en cada lector. Quizá por ello me parezca que la novela está más bien orientada a un lector muy juvenil, casi infantil. He echado de menos una perspectiva adulta que no intente ocultar disfrazando algunos hechos, que no necesite explicarnos acontecimientos que ya habíamos supuesto (aunque ni el propio protagonista lo haya hecho). Creo que lo que más me ha alejado de la novela era no creerme que el niño no se diera cuenta de todo lo que pasa a su alrededor, por pocos años que tenga. Por ello, creo que, más que hablar de una mirada ingenua, podríamos decir cándida y sumamente ignorante.

En varias ocasiones me he acordado de la magistral ternura con que Roberto Benigni nos hace pasearnos por La vida es bella. La perspectiva del adulto deformando la realidad para salvaguardar al niño de las atrocidades que se cometen junto a él me resulta muy efectiva, me hizo identificarme absolutamente con la historia en la que se derraman carcajadas y lágrimas por igual.

En cambio, seguir las andanzas del niño que no se entera ni por un momento de la tragedia que se mueve a su alrededor me han alejado de la historia. Y que conste que soy de retorcimiento de estómago y de corazón fácil cuando se trata de la tragedia del holocausto.

Dos elementos a favor de El niño con el pijama de rayas. Me han parecido interesantes los primeros momentos de la novela, en los que se va sugiriendo lo que encontraremos después: quién nos habla, desde dónde y cuál es su familia. Y también el final de la historia, que, aquí sí, no he querido desvelar.

Finalmente, diré que la novela aborda un tema tan trascendente que de cualquier manera no puede caer en el olvido. Los tentáculos de la tragedia más atroz que ha vivido la humanidad hace menos de un siglo, en ocasiones ya se desdibujan, por lo que me parece una lectura apropiada para las nuevas generaciones. Eso sí, sin olvidar el Diario de Ana Frank.

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