La frase más larga de Marcel Proust

Sigue a

En busca del tiempo perdido de Marcel Proust crea adhesiones incondicionales o profundos bostezos, lo que todos estamos más o menos de acuerdo es que su extensión, al menos a priori, resulta intimidante. Recordamos que son 7 volúmenes con un buen número de páginas, y como ya decía el director de la editorial que a comienzos de 1913 recibió la petición de publicar su obra, encontramos, por ejemplo, que Proust necesita 30 páginas para describir cómo da vueltas en la cama antes de quedarse dormido.

Pero quizá lo más mareante entre este texto oceánico sea la extensión de muchas de sus frases, llenas de subordinadas sin ningún punto en el que podamos recuperar el aliento. La más larga de todas ellas se encuentra concretamente en el quinto volumen. Tiene una longitud de casi cuatro metros.

Y es que para leer a Proust hay que tomárselo con calma. Como decía el hermano del digresivo autor, “lo triste es que las personas tengan que estar muy enfermas o tengan que haberse roto una pierna para disfrutar de la ocasión de leer En busca del tiempo perdido”.

Pues coged aire, que ahí va la frase de marras:

Sofá surgido del sueño entre los sillones nuevos y muy reales, unas sillas pequeñas tapizadas de seda rosa, tapete brochado a juego elevado a la dignidad de persona desde el momento en que, como una persona, tenía un pasado, una memoria, conservando en la sombra fría del salón del Quai Conti el halo de los rayos de sol que entraban por las ventanas de la Rue Motalivet (a la hora que él conocía tan bien como la propia madame Verdurin) y por las encristaldas puertas de La Raspèhere, adonde la habían llevado y desde donde miraba todo el día, más allá del florido jardín, el profundo valle de la mientras llegaba la hora de que Cottard y el violinista jugaran su partida; ramo de violetas y de pensamientos al pastel, regalo de un gran amigo va muerto, único fragmento superviviente de una vida desaparecida sin dejar huella, resumen de un gran talento y de una larga amistad, recuerdo de su mirada atenta y dulce, de su bella mano llena y triste cuando pintaba; un arsenal bonito, desorden de los regalos de los fieles que siguió por doquier a la dueña de la casa y que acabó por adquirir la marca y la fijeza de un rasgo de carácter, de una línea del destino; profusión de ramos de flores, de cajas de bombones que, aquí como allí, sistematizada su expansión con arreglo a un modo de floración idéntico: curiosa interpolación de los objetos singulares y superfluos que aún parece salir de la caja en la que fueron ofrecidos y que siguen siendo toda la vida lo que en su origen fueron, regalos de Año Nuevo, en fin, todos esos objetos que no sabríamos diferenciar de los demás, pero que para Brichot, veterano de las fiestas de los Verdurin, tenían esa pátina, ese aterciopelado de las cosas a las que añade su doble espiritual, dándoles así una especie de profundidad; todo esto, disperso, hacía cantar para él, como teclas sonoras que despertaran en su corazón semejanzas amadas, reminiscencias confusas y que en el salón mismo, muy actual, donde ponían su toque acá y allá, defininían, delimitaban muebles y tapices, como lo hace en un día claro un cuadrado de sol seccionando la atmósfera, los tapices y de un cojín a un jarrón, de un taburete al rastro de un perfume, perseguían con un modo de iluminación en el que predominaban los colores, esculpían, evocaban, espiritualizaban, daban vida a una forma que era como la figura ideal, inmanente en sus viviendas sucesivas, del salón de los Verdurin.

Uf.

Vía | Cómo cambiar tu vida con Proust, de Alain de Botton

Los comentarios se han cerrado

Ordenar por:

10 comentarios