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Desde el XIX (habrá quién diga antes y no faltará quién afirme que después) la novela se ha ido imponiendo como género más utilizado y, sobre todo, como el más leído. El género narrativo ha engendrado un sinfín de hijos más o menos bastardos a los que llamamos subgéneros. En tal sentido, podemos hablar de novela de aventuras, caballeresca, cortesana, erótica, negra, pastoril, picaresca, policiaca, psicológica, realista, de terror… y así hasta aburrir.

En los últimos años vivimos un boom de la novela histórica. Sólo hay que entrar en una librería cualquiera (ya sea ese pequeño establecimiento que aún sobrevive en tu barrio o en un hipermercado de libros tipo Carrefour o Fnac) para ver que dicho subgénero ocupa muchos de los lugares destacados en escaparates y estanterías. Es lo que pide el vulgo y ante eso poco se puede hacer. El único tipo de libros que le tosen e incluso superan en fama y ventas es aquel dirigido a un público eminentemente juvenil, como las series de Harry Potter o Narnia; ésto es: novelillas fantásticas con personajes casi siempre maniqueos, que ni tienen sexo, ni fuman ni dicen tacos (¡ni siquiera los malos!).

La historia siempre ha sido una fuente inagotable para la literatura
. Acordémonos de las tragedias y epopeyas clásicas, los cantares de gesta o los dramas del Siglo de Oro. Sin embargo, con el Romanticismo el tema histórico cobra un mayor interés, particularmente dentro del género narrativo y, especialmente, en el tipo de novelas que surgieron a partir de principios del XIX y que actualmente conocemos como ‘novela histórica’.

La novela histórica nace como una expresión artística del nacionalismo de los románticos y de su nostalgia del pasado ante los cambios brutales en las costumbres y los valores que impone el nuevo orden social que trajo consigo la transformación industrial. La aparición de esta clase de novelas responde a la necesidad de los autores (y lectores) de buscar refugio o evasión ante su aciago día a día, y acuden a la historia y a sus grandes héroes y tragedias, ofreciéndoseles no sólo un tiempo de ocio sino también un pasado donde encontrar una crítica al presente.

Fue el escocés Walter Scott quien configuró el subgénero con sus obras sobre la Edad Media. La primera de ellas fue ‘Waverley’ (1814) y la más conocida ‘Rob Roy’ (1818). El éxito de su fórmula literaria fue grandioso y se expandió en todas direcciones. Ya en 1826 aparece en EEUU ‘El último mohicano’, de J.F.Cooper y en Francia Víctor Hugo publica en 1831 ‘Nuestra Señora de París’ y Alexandre Dumas (padre) hace lo propio en el 44 con ‘Los tres mosqueteros’. En Italia, Alessandro Manzoni publica en 1823 una de las mayores obras maestras del género: ‘Los novios’, donde narra la vida en Milán bajo el terrorífico gobierno de los españoles durante el siglo XVII, pero cuyo fin es criticar la dominación austriaca en su época. En Rusia aparece la monumental ‘Guerra y paz’, de Tolstói y no debemos olvidar al polaco a Sienkiewicz, por su trilogía sobre el XVII y, como no, su ‘Quo vadis?’

En España, a pesar de que ya había habido algunos intentos (algunos tan antiguos como el ‘Bernardo del Carpio’ de Cervantes que su muerte frustró) pero puede decirse que la obra pionera fue ‘Ramiro, conde de Lucena’, de Rafael Húmara, publicada en París en 1823; en Latinoamérica, la primera novela histórica escrita en castellano fue ‘Jicotencal’, anónima y publicada en Filadelfia en 1826, que cuenta la conquista de Tlaxcala por Hernán Cortés.

episodios_nacionales-trafalgar-hernando1935.jpgHan merecido más atención las aportaciones de Mariano José de Larra, con ‘El doncel don Enrique el Doliente’, y de José de Espronceda, con ‘Sancho Saldaña o el castellano de Cuéllar’). Sin embargo el autor más popular en la época fue Manuel Fernández y González, quien a medio camino entre el Romanticismo y el Realismo, con obras de carácter sensacionalista como ‘El cocinero de Su Majestad’ o ‘La muerte de Cisneros’.

Pero no fue hasta el Realismo cuando apareció la que para muchos es la obra cumbre del subgénero histórico: ‘Episodios nacionales’, compuesta por Benito Pérez Galdós desde 1873 hasta 1912 y que hace un recorrido por la Historia de España desde Trafalgar hasta la Restauración. No debemos olvidar a Pío Baroja, y su sombría y pesimista ‘Memorias de un hombre de acción’ (cuyo personaje principal es el conspirador Eugenio de Aviraneta, antepasado suyo), ni a Valle-Inclán y sus dos trilogías: ‘La guerra carlista’ y ‘El ruedo ibérico’, que trata sobre el reinado de Isabel II.

Las letras castellanas, a partir del Siglo de Oro hasta bien entrado el siglo pasado, han ido siempre por detrás de Inglaterra y Francia, absorviendo las corrientes imperantes en dichos países algún tiempo después que ellos, llegando tarde y asumiendo los géneros y estilos de éstos, sobre todo del país galo. Desde este punto de vista, no es de extrañar que haya sido un realista como Galdós y no un romántico quien nos ofreció la mejor obra de un subgénero que vivirá su segunda época dorada a partir del siglo XX.

Vía | ‘Novela histórica’, de Jesús Sánchez Adalid (.pdf)
Más información | Novela histórica española en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

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