Tendríais que haber visto la que se montó aquella vez en el Sentier. Ahora os quejáis que si los barrios ya no se reconocen con tanta gente nueva, que esto parece Marraquech en lugar de Lavapies, pero no sabéis como se las gastaban entonces. El Sentier, os digo, era el barrio parisino más típico que se pueda imaginar. Luego llegaron los inmigrantes, claro, pero hasta ellos tenían su sitio en el sistema y mientras nadie se metiera con nadie cada cual hacía su vida. Hasta que llegó la hecatombre, todo por culpa de ese maldito tipo.
No era nativo, eso está claro, aunque tampoco tan foráneo como la hornada de indios pakistaníes turcos argelinos llegadas al vecindario. No parecía tener otras ocupación que vagar todo el santo día por las calles como embobado, rondar los parques infantiles y entrar en algún cine porno (lo habían reconocido por sus indefectibles sombrero de fieltro e impermeable). Sólo después de la hecatombe se supo lo que tramaba: una mañana todos los postes, signos y rótulos del Sentier aparecieron escritos en un indescifrable alfabeto oriental. ¡Los paisanos perdidos, los de fuera tan panchos y él en medio de todos ufano como unas castañuelas!
Pero ¡Si hubieran sabido lo que tramaba ese individuo, en qué poco se hubiera quedado la susodicha hecatombre! Un anacoreta, recluído en su piso esquivando el contacto humano y la imperativa acción política y social. Un degenerado que atesora cartas obscenas de la sección de contactos y las contesta con obscena fruición. Un aborrecible pederasta que seduce a las niñas con un ratoncito blanco mediante el cual las conduce a la trampa de su bragueta abierta. Un aprendiz de terrorista que amenaza y conspira en nombre del pueblo Oteka. ¡Un auténtico mostruo al que su propia esposa, encerrada en el piso de al lado, niega el trato, razón por la cual él recurre al espionaje telefónico de sus conversaciones!
Este angelito, alter-ego deformado del propio Juan Goytisolo, es con quién vamos a tener que bregar a lo largo de los Paisajes para después de la batalla. No hago nada por suavizarlo porque tampoco lo concede la novela: si tras los primeros capítulos nos resulta repugnante y odioso (extendiendo el juicio peyorativo al propio autor del libro, por concebir semejantes asquerosidades), vamos por buen camino. Si a pesar de todo seguimos leyendo, probablemente hayamos caído en la trampa del estilo del mejor prosista español de su generación.
Goytisolo convierte la confesión de un masturbador de perros en un deleite estético. Si percibimos esto ya le vamos pillando el truco a esta aparente acumulación descabalada de mugre. Hay una finísma corriente de ironía que recorre el viaje estático de su indolente y mestizo protagonista, con sus mutaciones, identidades múltiples y universos imaginarios. El Monstruo del Sentier es un catalizador que transforma valores dignos en podredumbre, y su propia miserable existencia en un proceso de purificación.
La contemplación de las fotos de niñas tomadas por Lewis Carroll le crean un heterónimo, el depredador Reverendo del ratoncito blanco, pero es él quien acaba cazado y humillado por la nínfula de su fantasía. Comprendemos que el objetivo que le ha guiado no es otro que la anulación al tocar el fondo del abismo. Valoramos entonces su sacrificio de presentarse a nuestros ojos como el ser más despreciable posible. No le perdonamos, no le compadecemos, pero entendemos que al mismo tiempo se ha liberado de todo cuanto le liga a los demás hombres. Su premio es la universalidad a través de la destrucción. Es el ideal del santón derviche del que se empapa, hacer caer todo el oprobio sobre sí mismo, pero guardar un secreto de belleza en su corazón.
No adelantemos el final del camino. Entre medias cabe la sátira social y política, por supuesto. Goytisolo es enemigo de todo. Se mofa de los movimientos revolucionarios de los setenta, a los que imputa un ideal EuroDisney. Los grupos terroristas nacionalistas y religiosos son para él un confuso pastiche entre la novela negra de dos pesetas y la pura y dura esquizofrenia. El lenguaje del consumo le encanta, insertando sardónicos anuncios que animan a especular, por ejemplo, con los futuros terrenos de playa que surgirán cuando los casquetes polares se fundan. En la política, su fetiche es la figura del dictador. Los ideales son materia de arqueología. Ni el complot para recuperar España, tema central de la Reivindicación del conde don Julián, le merece ya respeto.
Terminemos con la última vertiente, la metaliteraria. La novela procede a trompicones, en breves segmentos en forma de recortes, que mimetizan la actividad archivística del personaje. Es un torrente de polifonía aparentemente caótico: mensajes, consignas, relatos, fantasías. La confusión sin embargo se desvanece desde la perspectiva total de libro. Cada pasaje se imbrica en el siguiente con precisión, formando un todo consistente, un hilo que se desmadeja.
Viene a la mente la Rayuela pero es para oponerse. No sólo porque Goytisolo polemice explícitamente con Cortázar, señalando que su París es otro y su héroe también . Paisajes para después de la batalla se plantea como una anti-Rayuela. Si en Cortázar la narración libre abre múltiples caminos, en Goytisolo existe para acelerar la única vía posible, la que lleva de cabeza a la anulación. De lo que se deduce que Rayuela y Anti-rayuela se complementan estupendamente, una a la espalda de la otra como las dos caras de una moneda.
Hay algo que me gustaría que quedara meridianamente claro para terminar esta reseña. Paisajes para después de la batalla es un libro que no concede redención. Es un libro al que justamente se le puede acusar de irresponsable, macabro, indulgentemente perverso, criminal. Y deja completamente en manos del lector decidir si realmente era necesario, si finalmente ha valido la pena.

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