Roberto Bolaño y el real visceralismo

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Un real visceralista

Las novelas, poemas y relatos de Roberto Bolaño le valieron para convertirlo en uno de los escritores en lengua castellana más importantes e innovadores de la actualidad. Su enorme cultura literaria y humana queda plasmada en sus peculiares escritos. Entre sus narraciones largas, encontramos Los detectives salvajes, publicada en 1998. La novela, construida con una estructura original y aparentemente caótica, salta de narrador en narrador para perfilarnos la personalidad de sus protagonistas: Ulises Lima y Arturo Belano.

Todo lo que se nos cuenta de ellos nos llega siempre a través de terceras personas, pues ninguno toma la palabra para contar la historia. Esto incrementa la fascinación y la intriga que ambos producen sobre el lector. Los dos son jóvenes poetas, uno chileno y el otro mexicano, que fundan un movimiento poético conocido como real visceralismo (o realismo visceral). Un intento por modernizar la poesía mexicana fundamentado en la provocación, la búsqueda de nuevas posibilidades líricas y el odio hacia figuras reconocidas como Octavio Paz. Muchos críticos consideran que el personaje de Belano es un alter-ego del autor, mientras que Lima está inspirado en un amigo suyo de juventud. Cierto es que muchas de sus vivencias, como el trabajo en un camping de Barcelona, podemos encontrarlas en la biografía de Bolaño. Además, su amigo y él fundaron efectivamente un movimiento llamado, eso sí, infrarrealismo.

La novela está estructurada en tres partes. La primera contiene el diario de Juan García Madero, un joven mexicano que entra en contacto con el real visceralismo. La segunda es el eje central. Su estructura es más enrevesada, construida a partir de pequeños fragmentos narrados cada vez por un personaje diferente durante un periodo de tiempo que abarca entre 1976 y 1996. En esta parte descubrimos muchos detalles sobre la trayectoria vital de Lima y Belano, que los lleva por lugares tan distintos como Israel, España o EE.UU. También sobre su búsqueda de la enigmática poetisa Cesárea Tinajero. Por último, en la tercera damos un salto atrás para asistir a su travesía por el desierto de Sonora en 1976.



Dentro de la obra de Bolaño, Los detectives salvajes se puede encuadrar a medio camino entre sus relatos cortos y la novela 2666. Los primeros, como todo buen relato, son fotogramas aislados de una película más larga, llenos de fuerza y significado a pesar de su brevedad. En 2666 la exhaustividad se lleva al extremo, hasta alcanzar una extensión que casi dobla la de esta obra y una densidad que pueda llegar a atosigar al lector. Hay que tener en cuenta que Bolaño murió antes de poder terminarla.

Si buscáis originalidad, pasiones humanas y literarias, personajes pintorescos y un estilo narrativo que combina el tono poético con el coloquial, dejaros seducir por este libro. Y tampoco os perdáis sus volúmenes de cuentos, entre los que se cuentan Llamadas telefónicas y El gaucho insufrible.

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