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Doodle Rubén Darío

Hoy Google nos recuerda el 146 aniversario del nacimiento del poeta Rubén Darío con la imagen más significativa de su poesía y del modernismo: el cisne.

El cisne es el emblema por excelencia del Modernismo: representa la belleza y la naturaleza antipragmática del Arte. Además, es el símbolo de la interrogación del poeta ante el destino.

Uno de los poemas más geniales de Rubén Darío es ‘Venus‘, que da inicio al libro ‘Cantos de vida y esperanza‘, una de las joyas del modernismo hispánico en literatura. Os cito el inicio:

Yo soy aquel que ayer no más decía

el verso azul y la canción profana,

en cuya noche un ruiseñor había

que era alondra de luz por la mañana.

Me gusta entender el modernismo como una resurrección del Romanticismo en muchos de sus intereses y gustos. Rubén, que había sido un gran lector, conocía y apreciaba a Bécquer, y es inevitable ver la huella del andaluz en el largo poema autobiográfico de Darío. Rubén se suma a la moda modernista del autorretrato poético, y lo hace nada menos que al principio de su libro. Hay que ser muy consciente (y ser algo divo también) para empezar un libro con la palabra yo. Por eso se autocalifica como el que decía el verso azul (referencia al libro ‘Azul…‘ de 1888, con el que oficialmente da inicio el modernismo) y la canción profana (ídem a ‘Canciones profanas‘).

En los siguientes versos, Rubén, con el preciosismo que le caracteriza, se define y de paso nos da los rasgos más característicos del modernismo: el poder de la evasión, la fantasía, lo onírico, lo bello y lo superfluo se deja ver en las siguientes estrofas (el dueño fui de mi jardín de sueño / lleno de rosas y de cisnes vagos) y también de las referencias estéticas que el modernismo adoptará (y muy siglo diez y ocho y muy antiguo / y muy moderno; audaz, cosmopolita; / con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo, / y una sed de ilusiones infinita).

Esta estrofa me interesa especialmente porque pone en nuestro campo de mira algunas señas de identidad: la preferencia por otros tiempos y lugares (el exagerado lujo del Versalles prerrevolucionario, el exotismo de las civilizaciones perdidas o de la Grecia clásica), pero también el gusto por lo urbano y la cultura que ahí se está gestando (pienso en Baudelaire y la figura del flaneur), el reconocimiento de algunas influencias, como la del romántico francés Víctor Hugo o del decadentista Paul Verlaine, el príncipe de la poesía que diría aquello de “la musicalidad ante todo”. Pero finalmente, hay un verso que le conecta con Bécquer, y es esa sed de ilusiones infinita, donde el poeta abraza el Ideal, ese Ideal que también buscaba el sevillano.

Aunque en ocasiones la poesía modernista pueda resultar un poco cargante para el lector moderno, por lo recargada que a veces resulta, resulta un placer volver a los versos de Rubén, a degustar esa musicalidad de las palabras, al ritmo que destilan, y a esos mundos que evocan. Aprovechad esta conmemoración de hoy y releed a Rubén Darío. ¡Porque, por si no se os había ocurrido antes, leer a los clásicos es mejor para vuestro cerebro que leer a los contemporáneos!

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