Si un español entabla conversación con un extranjero y éste le saca a colación el Quijote, el español no tardará en hablar con orgullo de la insigne obra de Cervantes, la haya leído o no. El Quijote es un símbolo de la cultura española, sea cual sea el origen que tengamos o el idioma que hablemos (hay, claro está, excepciones en las filas de nacionalistas trasnochados), que ha traspasado el papel y se ha quedado a vivir entre nosotros.
Prueba de ello es las veces que lo citamos (conscientes o no) en nuestro habla cotidiano o la cantidad de iconos que han surgido de él: cuando uno ve un molino, piensa antes en gigantes que en cereales; cuando alguien levanta un objeto alargado en paralelo al suelo y a la altura del tronco, en seguida se nos viene a la cabeza la figura del Caballero de la Triste Figura; o cuando vemos un caballo flaco y mal cuidado, lo hermanamos ipso facto con su ilustre antepasado Rocinante.
Sin embargo hay una gran distancia entre la verdadera dimensión de la obra y el conocimiento real que tienen de ella la mayoría de españoles. No entraré en cuestiones estadísticas, pero en España no se lee mucho y lo que se lee está demasiado marcado por el mercado. El Quijote no está entre los libros más leídos pero cuando hablas de él son muchos los que comentan que les gustaría leerlo, que lo intentaron en su día, que deberían retomarlo… No se puede criticar a la gente porque no lo haya leído y está claro que si uno quiere lograr que un amigo entre en el mundo de la lectura, el Quijote no debe estar, ni de lejos, entre las primeras lecturas de un neófito.