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Clarice Lispector

Lo primero que leí de Clarice Lispector fue precisamente lo último que ella escribió, una pequeña joya, atípica y sorprendente llamada La hora de la estrella. No recuerdo el impulso que me llevó a escoger algo suyo de los estantes de la biblioteca, si fue por recomendación o por pura casualidad en un día que necesitaba descubrir algo nuevo. Sea como sea, esto último se cumplió. Definitivamente nunca antes había leído algo como aquello. Tiempo después el libro elegido con mi carnet de socia fue este volumen de relatos (género que, afirman, fue su especialidad), Felicidad clandestina, que incluye un cuento homónimo imprescindible para cualquier apasionado de la lectura. Por desgracia se encuentra descatalogado, pero desde hace unos años podemos encontrarlo dentro de los Cuentos reunidos publicados por Alfaguara.

Hoy se la considera una de las escritoras brasileñas más importantes del siglo XX. Se la suele inscribir en la tercera fase del modernismo de la generación del 45, pero ella misma definía su estilo como un “no-estilo”. A pesar de ser comparada con Virginia Woolf y James Joyce por su utilización del flujo de conciencia, esta técnica ya estaba presente en sus primeros escritos mucho antes de haber leído a estos autores. Los temas de sus relatos y novelas están siempre marcados por un fuerte carácter intimista, de raíz psicológica y, con frecuencia, feminista.

En alguna parte leí que algunos críticos acusaban a Clarice Lispector de “escribir incorrectamente”, un tanto al margen de las leyes de la gramática. Pero, créanme, poco importa la sumisión ciega a las normas del lenguaje cuando se tiene la habilidad de expresar tantos mundos con tan pocas palabras.

La literatura de Lispector parte directamente del corazón, de los sentimientos más escondidos, más secretos, más silenciosos: Escribo muy simple y muy desnudo. Por eso hiere, escribió en Un soplo de vida. Y, antes, en Agua viva:

Hay muchas cosas por decir que no sé cómo decir. Faltan las palabras. Pero me niego a inventar otras nuevas: las que existen deben decir lo que se consigue decir y lo que está prohibido.

Si bien todo hecho artístico nace del interior del creador, hay casos en los que la forma refleja el fondo de una manera más profunda e íntima. De ahí que sus cuentos dirijan todas y cada una de las palabras que los conforman hacia el universo interior de los personajes. La historia deja de componerse de actos, o los relega a un último plano, para nutrirse de la vivencia en sus niveles más personales. Lo que importa no es ya lo que acontece, sino cómo es experimentado por sus protagonistas, en qué medida estos asimilan determinada situación. Clarice nos habla de sus miedos, de sus secretos, de todo lo pequeño que pasa por sus mentes a cada minuto: un recuerdo fugaz, un temor viejo, la intuición de algo que se rompe. La mayoría de las veces parte de hechos irrelevantes, pero que desembocan en explosiones internas, psicológicas, metafísicas.

Sorprenden y maravillan en especial aquellos cuentos que transcriben los pensamientos, los sentimientos y las sensaciones de los niños; cómo, desde su mirada infantil, navegan más allá en su consciente periodo de crecimiento. Muchos de ellos me recordaron a mí misma a los 7, a los 9, a los 12 años: el modo en que extendía mi pensamiento en el tiempo, sabedora de mi condición de niña pero, quizás por eso mismo, impulsada a fijarlo en mi memoria para el futuro.

Los relatos de Lispector son delicias que se quedan en el aire, te atrapan, te acongojan el corazón con felicidad o con tristeza y casi nunca terminan en la página. Son retazos recortados de algo inmenso y, al mismo tiempo, breve. Lo que se siente, se piensa, se nota en el cuerpo y rara vez consigue expresarse con palabras.

En Papel en Blanco | Clarice Lispector

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