
El libro que os traigo hoy sí pertenece a mi particular lista de lecturas veraniegas. Y no puede llamarse mejor porque he ido leyendo poco a poco esta selección de cuentos durante todo el verano. Un habitante de Carcosa y otros relatos de terror estaba siempre al lado del sofá, esperando a que tuviera un ratito libre para dedicarle. Así, noche tras noche, he ido leyendo uno o dos de sus relatos, antes de que el cansancio me abrumara por completo y me hiciera ir arrastrándome hasta la cama.
Con un total de dieciocho relatos, ‘Un habitante de Carcosa y otros relatos de terror’ te traslada a un mundo fantasmal y extraño. Fantasmas y apariciones pueblan los relatos de Ambrose Bierce, quien va desgranando maldades y cinismo a partes iguales pàra que nos recorra un escalofrio por la espalda. Ahorcados y amas de casa respetables, buscadores de oro y autómatas, serpientes y perros fantasmales, todos ellos confluyen en estas historias para que disfrutemos como niños. Niños malos, se entiende.
Comenzamos a leer con Un habitante de Carcosa, precisamente, donde un caminante perdido en la noche se enfrentará a una revelación inesperada. Continuamos, entre otros con La ventana entablada, donde un aventurero pierde a su adorada esposa, y eso es sólo el comienzo; o El maestro de Moxon, donde hombre y autómata se enfrentan cara a cara.
Entre mis favoritos se encuentran El dedo corazón del pie derecho, donde duelos y fantasmas se entremezclan sin pudor ninguno; Al otro lado de la pared, con una historia de amor un tanto anormal, con ruidos misteriosos incluidos; o El hombre que salía de la nariz, donde los elementos misteriosos tan sólo son un eco casi irreconocible, centrándonos en una historia de amor y pérdida. Menciono estos por decir algunos porque en general me han gustado todos los cuentos, con sus hechos asombrosos y sus fantasmas revoloteando.
La prosa de Ambrose Bierce es terriblemente dura, seca, y a la vez fluida y engalanada. Puede parecer imposible, pero lo es, y quien haya leído algo de Bierce estará de acuerdo conmigo. Hay algo de humor feroz, negrísimo, de regocijo ante la muerte y ante las desgracias de sus personajes. Su actitud de cronista, de no sentir piedad por lo que le sucede a sus protagonistas (excepto en muy pocos casos) hacen de su lectura una experiencia macabra y a la vez terriblemente adictiva. Vemos a hombres morir, ser atacados por fantasmas o volverse locos con la íntima sensación de que al autor no le importa lo más mínimo; y eso, queridos míos, es una experiencia muy extraña.
Nacido en Ohio en 1842, era el décimo de trece hijos. Una infancia opresiva y un odio visceral hacia su propia familia conformarían una personalidad cínica y terriblemente mordaz. Participó en la Guerra de Secesión, donde sufriría varias heridas de guerra que le pasarían factura a lo largo de su vida, y cuyas vivencias le aportarían material suficiente para algunos de sus relatos más conocidos como Un suceso en el puente sobre el río Owl. Un matrimonio desgraciado y la muerte de sus dos hijos varones no harían sino agriar aún más sus carácter. En 1913, ya anciano, decidiría cruzar la frontera de México para participar en la revolución mexicana, donde desaparecería misteriosamente sin que se volviera a saber más de él. Dejaba así el misterio de unas de las desapariciones más curiosas de la historia de la literatura, además de cientos de relatos donde el horror se mezcla sin pudor ninguno con los hechos más mundanos.
Lo cierto es que he disfrutado mucho con la lectura de este libro, aunque ésta haya sido tan dilatada en el tiempo. Su sentido del humor tan peculiar y sus relatos marcados por lo sobrenatural ha hecho que la lectura de vez en cuando de alguno de sus relatos haya supuesto un refrescante contrapunto a un verano no especialmente bueno. Me quedo con sus fantasmas, con sus apariciones, con sus aparentemente inofensivos animales y concluyo advirtiendo que repetiré. No sé cuando, pero repetiré seguro.
Mi amigo no dijo nada y, como la conversación había tomado un giro desalentador y no sabía qué decir para darle un tono más agradable, también yo permanecí en silencio. De repente, en un momento en que la tormenta amainó y el silencio mortal contrastaba de un modo sobrecogedor con el estruendo anterior, oí un suave golpeteo que provenía del muro que tenía a mis espaldas. El sonido parecía haber sido producido por una mano, pero no como cuando se llama a una puerta para poder entrar, sino más bien como una señal acordada, como una prueba de la presencia de alguien en una habitación contigua; creo que la mayoría de nosotros ha tenido más experiencias de este tipo de comunicación de las que nos gustaría contar. Miré a Dampier. Si había algo divertido en mi mirada no debió captarlo. Parecía haberme olvidado y observaba la pared con una expresión que no soy capaz de definir, aunque la recuerdo como si la estuviera viendo. La situación era desconcertante. Me levanté con intención de marcharme; entonces reaccionó.- Por favor, vuelve a sentarte – dijo -, no ocurre nada, no hay nadie ahí.
Extracto de ‘Al otro lado de la pared’
Valdemar
197 páginas
ISBN: 84-7702-118-X
Traducción: Javier Sánchez García-Gutierrez // Rafael Lassaletta
6,90 euros
Más información | Ficha en Valdemar
En Papel en Blanco | ‘El monje y la hija del verdugo’, una fantasía gótica de Ambrose Bierce

Comentarios
Hola Sarah:
Yo sólo conocía el mundo de Carcosa por "El rey de amarillo" de Chambers, hay un poema precioso que para mí transmite toda la tétrica belleza de Carcosa, advierto que la traducción no me gusta mucho pero aún así las imágenes son tan poderosas que vale la pena:
EL SIGNO AMARILLO
Rompen las olas neblinosas a lo largo de la costa,
Los soles gemelos se hunden tras el lago,
Se prolongan las sombras
En Carcosa.
Extraña es la noche en que surgen estrellas negras,
Y extrañas lunas giran por los cielos,
Pero más extraña todavía es la
Perdida Carcosa.
Los cantos que cantarán las Híades
Donde flamean los andrajos del Rey,
Deben morir inaudibles en la
Penumbrosa Carcosa.
Canto de mi alma, se me ha muerto la voz,
Muere, sin ser cantada, como las lágrimas no derramadas
Se secan y mueren en la
Perdida Carcosa.
El canto de Cassilda en El Rey de Amarillo Acto 1º, escena 2ª
-- editado por última vez a las 19:19
No conocía esta referencia, ¡muchas gracias!
Besicos,
Sarah
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