La guerra a través de los ojos de un niño es uno de los motivos más poderosos del siglo XX, una forma de conciencia de la pérdida de la inocencia del hombre moderno. Para él la guerra nunca volverá a ser una empresa noble y caballeresca, como en sus juegos infantiles, y arrastrará consigo un sentimiento de culpa o complicidad colectiva hacia la gran maquinaria de muerte que, por un azar fortuito, a él le perdonó la vida.
No hay una única manera de abordar el tema. Algunos autores exprimen la inocencia incólume del niño, que no entiende bien este juego de adultos. Sus equívocos resultan entrañables a la par que escalofriantes para el lector que sí sabe lo que está ocurriendo.
Se puede acusar a esta visión de edulcorar la realidad y buscar una complacencia fácil, pero recuerdo las palabras de un escritor contando que, para él, el asedio de Madrid fue una fiesta: nada de clases y todo el día en la calle. Quizás fuera así o quizás haya borrado el estruendo de los obuses de su memoria, que también es el repositorio de nuestras propias ficciones.
Pero, ¿y si se diera la circunstancia inversa? ¿Y si fuera el niño el que comprendiera mejor que nadie la guerra, el que la describiera con naturalidad, aquél que con su mirada límpida y libre fuera capaz de revelarla al desnudo? Miguel Delibes fue niño de la guerra y vio lo que los demás no pudieron ver, y lo cuenta en su relato El Refugio.
Sumergido en un refugio antiaéreo situado en un almacén de féretros, el narrador adolescente va a describir las largas horas de espera en la atmósfera opresiva. Él ve como los adultos que le rodean, sus vecinos, se van transformados por el miedo y la angustia en una grotesca parodia de lo que son en la superficie.
Este es un mundo al revés descoyuntado por el temor a la guerra, en el que el egoísmo y las miserias de cada cuál afloran. Más que encerrados en un refugio, los adultos están encerrados en sí mismos, en sus pequeñas mezquindades y fijaciones. Sólo el narrador es capaz de dar el significado la guerra, cuando el recuerdo de un juego infantil le revela la verdadera medida de lo que ha perdido.
Muchos temerán encontrarse al Delibes costumbrista de El camino o El príncipe destronado, que probablemente rememoren tedios escolares. En realidad el de aquí es el Delibes experimental de Cinco horas con Mario, pero que nadie se asuste tampoco: el narrador es chispeante, ágil, castizo y cercano, la voz de un niño de la guerra para el que ya no habrá más juegos.
Leer el relato | El Refugio de Miguel Delibes

Comentarios
Excelente iniciativa, cada semana leo el relato recomendado. Los felicito.
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