Los filólogos usan técnicas muy parecidas a la de los biólogos evolutivos a la hora de averiguar la genealogía de un texto. El ADN y las letras de la literatura, en ese sentido, son de la misma naturaleza.
Uno de los mejores ejemplos de esta idea es el Canterbury Tales Project. Un ejército de filólogos se han enfrentado a un análisis propio de los códigos genéticos para reconstruir la historia de 86 obras manuscritas diferentes de Los cuentos de Canterbury, de Chaucer (para quien no la haya leído, quizá le suene más Los cantos de Hyperion, de Dan Simmons, que se basa estructuralmente en esta obra).
Estos manuscritos fueron escritos y copiados a mano antes de que se inventara la imprenta. Las copias, pues, están sujetas a errores o mutaciones, tal y como sucede con la herencia genética. Pero anotando meticulosamente todas las diferencias entre manuscritos y copias de las que disponen los filólogos, se puede construir una especie de árbol evolutivo del texto.

Una de las grandes olvidadas cuando se trata el tema de la mente y de los pensamientos y conductas que emanan de ella son, indudablemente, los genes. Los genes parecen dictaminar de qué color tendremos los ojos, o si desarrollaremos tal y cual enfermedad. Pero generalmente no asociamos la genética a los pensamientos.
Evolución es el último libro de Richard Dawkins. No es un libro accesible ni popular: más bien se requiere de mucha fuerza de voluntad o un gran interés en la teoría de la evolución para embarcarse en su lectura.
A rebufo del anterior artículo,
Todos nos hemos sentido interpelados alguna vez por una pregunta fundamental. ¿Por qué somos cómo somos? ¿Por qué somos así y no de otra manera? ¿Por qué comemos y nos gusta el dulce, por qué nos apetece practicar sexo, por qué somos paranoicos, por qué creemos en Dios…?
En estos momentos investigadores de la North Carolina State University y del Southside Virginia Community College (EE.UU.) se concentran en investigar la fecha de creación de algunos manuscritos medievales a través del estudio genético de la piel animal de los pergaminos. La iniciativa parte del hecho de que, si bien durante la Edad Media se escribieron interesantes libros de los que se conservan miles de ejemplares, de la mayoría de ellos se desconoce la fecha y el lugar de creación. 