No soy muy amigo de las frases lapidarias, las bengalas aforísticas, de Twitter (aunque haga uso de él) y de otros formatos comprimidos en los que resalta más la anécdota que la sustancia.
De un tiempo a esta parte, consciente de que navego a contracorriente con un salmón, prefiero un buen argumento sostenido en veinte páginas con una bibliografía que consultar antes que un ripio que suena bien pero que deposita en el receptor la tarea de llenar de contenido el continente. Tal y como sucede con un mantra, con un todos a una o con una canción.
Y sobre todo repudio la repetición de estas cápsulas micronarrativas cuando proceden de tiempos pretéritos, como si la verdad esencial de las cosas no solo se hubiese alcanzado ya, sino que ya no merece la pena reflexionar más sobre ello. En ese sentido, os recomiendo un libro de Aurelio Arteta de reciente edición, Tantos tontos tópicos, que se dedica, uno a uno, a rebatir dichos populares que llevamos repitiendo desde hace décadas. Del tipo: Todas las opiniones son respetables, y cosas así.
Y sin embargo, a pesar de todo lo dicho, he paladeado a sorbos cortos extremadamente placenteros esta colección de aforismos de Jorge Wagensberg, titulado brillantemente Más árboles que ramas. Disfrutando intelectual y emocionalmente de cada página.

Aunque Jonathan Swift es recordado principalmente por su obra Los viajes de Gulliver, este autor irlandés fue también muy prolífico en el campo del periodismo y los ensayos. Entre otras publicaciones, estuvo al frente del Examiner desde 1710, periódico de corte conservador apadrinado por los Tories. Algo curioso, teniendo en cuenta que su mordacidad y sus ideas andaban muy avanzadas para su tiempo.