Hubo una época en la que si me hubieran preguntado cuál sería para mi la novela perfecta, hubiera respondido sin dudar ¡Guardias! ¿Guardias? de Terry Pratchett. Han pasado los años y a medida que se acumulan las lecturas cada vez estoy menos seguro de que respuesta daría, pero sigo convencido que ¡Guardias! ¿Guardias? es, aparte de una gozada para los sentidos, un pequeño manual práctico de cómo escribir una novela.
La estructura no es el punto fuerte de Pratchett, un escritor que confiesa escribir de corrido. Intentó hacer capítulos en sus dos primeras obras y abandonó después de ver que no era lo suyo. Sus novelas trascurren mediante segmentos intercalados que generalmente gestiona con una habilidad notable, administrando adecuadamente las dosis de suspense y alternando las líneas argumentales para que no caigan en el olvido del lector. Sin embargo este proceder por impulso, casi por capricho, es un lastre en ocasiones con secciones que flojean o no acaban de encajar en el conjunto.
Lo sorprendente de ¡Guardias! ¿Guardias? es que si el proceder es a todas luces el mismo, el resultado es redondo. No hay pasajes que se resientan frente a otros, uno tiene la impresión de ver una de esas complejas cadenas de fichas de dominó que caen formando dibujos. La forma la saca de la novela negra, pero el toque de genio está en cómo la amolda a su imaginario brillante, surrealista y mágico poblado por un enano de dos metros llamado Zanahoria (no por el pelo sino por la forma), un pelotón de incompetentes guardas nocturnos y un siniestro contubernio con el objetivo de poner un Dragón al mando de la ciudad.

