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		<title>Magazine - alain-de-botton</title>
		<link>http://www.papelenblanco.com</link>
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Blog sobre literatura, críticas de libros, internet y letras.		</description>
		<pubDate>2012-02-13 01:28:01</pubDate>

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      <title><![CDATA[‘Ansiedad por el estatus’ de Alain de Botton]]></title>
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      <pubDate>Mon, 27 Apr 2009 09:22:01 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" src="http://img.papelenblanco.com/2009/04/9788430605316.jpg" alt="" />Enésimo libro que reseño de <strong>Alain de Botton</strong>. Pero es que este autor crea adicción. Todas sus obras son divertidas, eruditas, fáciles de leer y altamente interesantes. La que nos ocupa, <strong>Ansiedad por el estatus</strong>, no es una excepción. Aunque Alain de Botton adolece aquí de unos cuantos defectos que no se perciben en obras anteriores, defectos que podrían resumirse en una sola frase: digresión y falta de puntería.</p>

	<p>Que nadie me malinterprete. Leer <strong>Ansiedad por el estatus</strong> es una gozada. Más de uno aprenderá montañas sobre sí mismo y su relación con el dinero y las posesiones, pero al llegar a la última página, tal vez también os asalte la sensación (como a mí) de que el autor no ha querido profundizar demasiado ni tampoco “mojarse”. Como si hubiera agarrado un puñado de artículos dispersos y los hubiera unido por un vago hilo conductor punteado de citas históricas. Esta falta de cohesión, sin embargo, no debe echaros hacia atrás: leer a <strong>Alain de Botton</strong> es una obligación. Siempre. </p>

	<p><!--more--></p>

	<p>Como otros libros de Alain de Botton, como <a href="http://www.papelenblanco.com/2008/12/09-acomo-cambiar-tu-vida-con-prousta-de-alain-de-botton">Cómo cambiar tu vida con Proust</a> o <a href="http://www.papelenblanco.com/2008/11/23-alas-consolaciones-de-la-filosofiaa-de-alain-de-botton">Las consolaciones de la filosofía</a>, éste también tiene un ligero aire de autoayuda, aunque enfocado de tal modo que no produce urticaria en quienes, como el que suscribe, les produce rechazo la autoayuda. En la primera parte de libro, centrada en los motivos por los que aspiramos a un estatus y cómo nos influye a nivel inconsciente la valoración de los demás, vale su peso en oro aunque sólo sea por las variadas anécdotas y curiosidades históricas, literarias o filosóficas relacionadas. </p>

	<p>Pero la segunda parte resulta mucho más satisfactoria. Pues ofrece, al fin, algunas alternativas a esta ansiedad por el estatus. No son soluciones demasiado prácticas, pero de nuevo son interesantes no tanto por su naturaleza sino por los ejemplos históricos que aporta que las apoyan. Como la anécdota de cómo los indios norteamericanos empezaron a comportarse como los occidentales en cuanto el lujo y el dinero llegaron hasta sus tribus. O los postulados, algo utópicos, de la bohemia, aunque en cierta medida interesantes para recalibrar nuestra percepción sobre el valor de las cosas.</p>

	<p>La idea general que puede extraerse de esta lectura es que solemos compararnos con el prójimo que está próximo a nosotros, dentro de nuestro círculo social. Así pues, una forma efectiva de rebajar nuestra ansiedad por el estatus es saber rodearse de gente de similares aspiraciones a las nuestras y también de parecido nivel económico y social. (Algo que ya ocurría en la Edad Media, donde los campesinos no se sentían desdichados por no vivir como reyes porque asumían su estatus, se sentían partícipes de una comunidad de estatus similar y poco o nada sabían de cómo era realmente el estatus de la nobleza: algo que hoy en día es difícil de eludir por culpa de los medios de comunicación). </p>

	<p>Así pues, este filósofo suizo vuelve a dar en el clavo con otro libro lleno de cosas interesantes que decir (al menos cada dos páginas he tenido que tomar nota de algo para no olvidarlo nunca más), un libro que, quizá, sea un bálsamo para mucha gente que sufre las consecuencias de la crisis económica.</p>

	<p><blockquote><p>Los beneficios de un estatus elevado no suelen limitarse a la riqueza. No deberíamos sorprendernos de que muchos de los que ya son ricos sigan amasando fortunas que van más allá de lo que podrían gastar cinco generaciones. Sus empeños únicamente resultan peculiares si insistimos en que la creación de riqueza sólo sigue una lógica estrictamente material. Tanto como el dinero, buscan el respeto que puede derivarse del proceso de acumulación. Pocos de nosotros somos estetas y sibaritas decididos, pero casi todos tenemos ansia de dignidad, y si una sociedad futura nos ofreciera amor a modo de recompensa por la acumulación de pequeños discos de plástico, esos objetos sin valor no tardarían mucho en ocupar un lugar preferente entre nuestras más fanáticas aspiraciones y ansiedades.</p></blockquote></p>

	<p>Editorial Taurus<br />
Colección Taurus Pensamiento (2004)<br />
320 páginas<br />
ISBN: 8430605312</p>

	<p>Sitio Oficial | <a href="http://www.taurus.santillana.es/ld.php?id=465">Ficha en Editorial Taurus</a></p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[Clásicos Versus Contemporáneos: ¿cuáles son las lecturas más interesantes?]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/metacritica/clasicos-versus-contemporaneos-cuales-son-las-lecturas-mas-interesantes</link>
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      <pubDate>Mon, 15 Dec 2008 10:57:39 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" src="http://img.papelenblanco.com/2008/12/untitled.jpg" alt="" />Siendo sincero, y aun a riesgo de parecer sacrílego, he de reconocer que la lectura de muchos de los clásicos que la Literatura, con mayúsculas, ha entronizado me han dejado más bien frío. Da la impresión que con las letras, cuanto más polvo acumulen, más valor se les debe otorgar; o al menos, mayor dosis de respeto y veneración. Simplemente por sus arrugas valetudinarias. Como si la cronología tuviera algo que ver con la crítica. </p>

	<p>Muchos pensarán, por supuesto, que mi afirmación es propia de mi bisoñez o de mi incultura. Irónicamente, cuando lleve muchos años muerto, a ser posible unos cuantos siglos, es probable que se me tome un poco más en serio. O mejor todavía: ¿por qué no hacer que sea precisamente un muerto y un considerado &#8220;clásico&#8221; el que profiera mis mismas palabras? De esta manera, muchos tendrán que guardar silencio a riesgo de parecer ellos los jóvenes incultos. Es una de las ventajas que puedes obtener cuando retuerces las falacias de autoridad (muerta) en tu beneficio:</p>

	<p><blockquote><p>En mi país de Gascuña consideran gracioso verme impreso. Cuanto más lejos de mi guarida llega el conocimiento que de mí se tiene, más valgo.</p></blockquote></p>

	<p>Esto lo decía <strong>Montaigne</strong>. Era filósofo. Es reputado. Y está muerto. Y también evidencia que, además del tiempo, es el espacio lo que otorga autoridad a unas palabras. Si escuchamos a un español ya muerto, le prestamos atención. Pero si encima el muerto es extranjero, entonces caemos rendidos a sus ideas.</p>

	<p><!--more--></p>

	<p>Así pues, caben dos opciones: o somos tremendamente críticos con los contemporáneos y los próximos a nosotros, que consideramos más como iguales, o somos tremendamente laxos con los lejanos en tiempo y espacio. ¿Qué postura es la más acertada? Supongo que aquélla en la que no interviene ni el tiempo ni el espacio, sino el frío y objetivo análisis. Pero, ay, es tan difícil no ser vehemente. </p>

	<p>Pues bien, a lo que iba: yo no soy ni Séneca ni Platón. Tampoco Montaigne. Soy alguien probablemente de vuestra edad o incluso más joven, que vive a pocos pasos de vosotros. Así que por un momento imaginad que cualquiera de esos clásicos tan venerados por la elite intelectual también es joven y próximo, que incluso que puede ser vuestro propio vecino. ¿Cuántos aforismos lanzaríamos entonces a la basura? Pero ello tiene otra consecuencia importante: que uno ya no se autoincapacita para llegar a ideas tan profundas o más que las articuladas por momias en las grandes obras de la Antigüedad.</p>

	<p>Volvemos a <strong>Montaigne</strong> (aun a riesgo de incurrir en el error que estoy criticando, el invocar a gente muerta y lejana):</p>

	<p><blockquote><p>Sabemos decir: así dice Cicerón: he aquí las costumbres de Platón; son las propias palabras de Aristóteles. Mas, y nosotros, ¿qué decimos nosotros? ¿Qué opinamos? ¿Qué hacemos? Lo mismo diría un loro. (…) Con mi propia experiencia tendría bastante para hacerme sabio, si fuera buen estudiante. Quien conserva en su memoria los excesos de su pasada cólera y hasta dónde le llevó esa fiebre, ve la fealdad de esta pasión mejor que leyendo a Aristóteles y alimenta odio más justo contra ella. Quien recuerda los males que ha sufrido, aquellos que lo han amenazado, las livianas circunstancias que le han hecho pasar de un estado a otro, prepárese así a las mutaciones futuras y a la asunción de su condición. La vida de César no es más ejemplar que la nuestra, para nosotros; y por emperadora o popular que sea, siempre será una vida expuesta a todos los acontecimientos humanos.</p></blockquote></p>

	<p>Quizás tendemos al exceso de citas y no al pensamiento propio, que puede ser incluso más iluminado porque se enfrenta, directamente, a problemas que tal vez los antiguos ni sospecharon o que tuvieron que afrontar con menos información que nosotros. La humildad, en este respecto, es síntoma de cobardía, y de vagancia.</p>

	<p>Para subsanar el algo este desliz en el que todos tropezamos, citaré a un filósofo contemporáneo, y bastante joven, <strong>Alain de Botton</strong>:</p>

	<p><blockquote><p>muchos libros que la tradición académica nos anima a repetir como loros no son fascinantes en sí mismos. Se les otorga un lugar destacado en el programa por tratarse de obras de autores de prestigio, mientras que asuntos tanto o más relevantes languidecen por no haber merecido jamás la atención de alguna autoridad intelectual.</p></blockquote></p>

	<p>Así que si en nuestro ánimo no está el estudiar filológicamente un texto, ni tampoco tenemos especial predilección por los clásicos griegos o latinos, a no ser que queramos ufanarnos de nuestra erudición e inteligencia por leer a escritores que universalmente (aunque sea tramposamente) son considerados eruditos e inteligentes, entonces mejor que leamos aquello que más llame nuestra atención, aunque sea algo que acaba de aparecer en las librerías. Y si no habéis leído a Platón, no pasa nada. O pasa tanto como no haber leído al vecino del quinto, que también es escritor.</p>

	<p>Y para terminar, y para que no se diga, recuriré a una cita de alguien a quien no conocéis de nada, sin autoridad, sin bagaje. Fijaos sólo en lo que dice, sin más.</p>

	<p><blockquote><p>Los siete sabios de Grecia son Tales de Mileto, Salón de Atenas, Chilón Lacedemonio, Brías de Priena, Pitaco de Mitilene, Cleóbulo de Lindio y Periandro de Corinto. Pero yo me río en la cara de todos ellos, porque no tienen ni idea de la actualidad, ni de los ordenadores, ni de la inteligencia artificial, ni del cosmos, ni de la física de partículas, ni de nada. La gente suele encumbrar la antigua cultura clásica porque siempre ha sido sinónimo de sabiduría, pero en realidad es, casi en su totalidad, demodé. Dinosaurios que se atreven a juzgar y regular mi moral, plasmando su antediluviana forma de ver el mundo en libros que no se venden como curiosidad arqueológica de la que debemos hacer gestos condescendientes sino como verdades más puras y profundas que las contemporáneas.</p></blockquote></p>

	<p>Ah, su nombre es Perfecto. Un auténtico don nadie que ni siquiera existe en Google. De momento. </p>

	<p>Más información |  <a href="http://www.taurus.santillana.es/ld.php?id=362">Las consolaciones de la filosofía</a></p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[‘Cómo cambiar tu vida con Proust’ de Alain de Botton]]></title>
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      <pubDate>Tue, 09 Dec 2008 12:53:36 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" src="http://img.papelenblanco.com/2008/12/como_cambiar_tu_vida_con_pr.jpg" alt="" />El prolífico <strong>Alain de Botton </strong>me vuelve a sorprender con un delicioso libro que mezcla la autoayuda culta e inteligente con la historia de la literatura desde el punto de vista de ese excéntrico y genial personaje que era Marcel Proust.</p>

	<p>Para extraer enseñanzas de la vida del creador de la oceánica <em>En busca del tiempo perdido</em>, <strong>Alain de Botton </strong>evita por completo la narración lineal, llena de fechas y datos consabidos del autor y del mundo de la literatura en general, y son sumerge sobre todo en una personalidad poco conocida y en su quehacer diario como si nos dejara colarnos de rondón en la habitación de Proust. He dicho su habitación, sí, porque Proust apenas salía de casa, concretamente apenas salía de su cama, en la que se sentía a resguardo de las enfermedades imaginarias que generaba su exagerada hipocondría. </p>

	<p>Bueno, de las enfermedades y del frío, porque Proust siempre tenía frío, tanto en invierno como en verano, y raro era verle fuera de la cama sin estar pertrechado por varias piezas de ropa, uno o dos abrigos y bufanda. Cuando asistía a una cena, por ejemplo, se sentaba en la mesa de esta guisa, tal y como lo haría un explorador dispuesto a cruzar el Ártico. </p>

	<p><!--more--></p>

	<p>Y es que Marcel Proust se pasó los últimos 14 años de su vida casi sin salir de la cama para escribir la que sería su obra magna, una novela tan insólitamente larga que fue necesario dividirla en siete volúmenes. Una novela sobre la memoria y sobre las magdalenas que nos ayudan a evocar los recuerdos. </p>

	<p>De modo que, más que nada, <strong>Cómo cambiar tu vida con Proust</strong> es una ocurrente biografía de Proust, en la que se resalta los aspectos que más interesarían a la prensa amarilla, pero de una forma tan elegante y profunda que, sin darnos apenas cuenta, empezamos a entresacar ideas y enseñanzas para nuestro propio devenir diario.</p>

	<p>Una de las enseñanzas en las que <strong>Alain de Botton</strong> hace más hincapié es la consistente en que leer, leer mucho, aunque sea ficción, y aunque sean obras tan inabarcables como las de Proust, tiene muchas ventajas. La gente suele quejarse que Proust, por ejemplo, dedique tantas páginas a describir cosas nimias. Pero no suelen darse cuenta de que ciertas cosas nimias, si son sintetizadas tal y como lo hacen los periódicos al hablar de grandes desastres, pueden perder parte de su encanto. Un buen autor puede escoger una noticia escueta del periódico, como la de un hombre que se tira por la ventana a causa del incendio de su casa, y entonces la amplía de tal modo que se convierte en una novela. En esencia, la novela no tendrá más argumento que el expuesto por la escueta noticia, pero el atender minuciosamente a los detalles, el dotar de pasado y futuro al protagonista, el bucear el sentimientos, ambiciones, aspiraciones y miedos, puede convertir la noticia que entonces hubiéramos leído entre sorbo y sorbo de café en un drama capaz de quitarnos el apetito durante días. </p>

	<p><strong>Botton</strong> también sostiene que el leer es intrínsecamente útil (independientemente de la cantidad de datos por centímetro cuadrado que hallemos en el texto) por estos tres puntos:</p>

   1) Se amplía el abanico de lugares en que nos sentimos como en casa y también nos acercamos a gentes que en principio nos parecen extraños hasta convertirlos casi en familiares. Entonces es cuando cruzamos fronteras y vencemos miedos y prejuicios.

   2) Constituye un remedio para la soledad. <br />
<blockquote><p>Las experiencias de los personajes de ficción nos proporcionan una imagen inmensamente ampliada de la conducta humana, y por tanto una confirmación de la normalidad esencial de los pensamientos o los sentimientos que no se mencionan en nuestro entorno inmediato.</p></blockquote>

   3) Leemos cómo se describen complejas emociones mejor de lo que nosotros mismos habríamos podido hacer; nos ayuda a entendernos. También nos permite prestar atención a detalles en las cosas que antes nos habían pasado desapercibidas.

	<p><strong>Cómo cambiar tu vida con Proust</strong> es un libro fascinante y divertido, sin una sola página de relleno, ideal para cualquier clase de lector, independientemente si entre sus planes futuros de lectura se encuentra la posibilidad de leer <em>En busca del tiempo perdido</em> (ya en un <a href="http://www.papelenblanco.com/2008/12/04-la-frase-mas-larga-de-marcel-proust">post anterior</a> seguro que conseguí asustar a más de uno). Aunque no debemos olvidar, tal y como refiere <strong>Alain de Botton</strong>, que desde que en 1913 se publicó el primer volumen de esta, para muchos, indigesta obra:</p>

	<p><blockquote><p>… fue recibida por la crítica como una obra maestra; un crítico francés llegó a comparar al autor con Shakespeare, un crítico italiano lo puso a la altura de Stendhal y una princesa austriaca le ofreció su mano en matrimonio.</p></blockquote></p>

	<p>Ediciones B<br />
Colección Tiempos Modernos</p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[‘Las consolaciones de la filosofía’, de Alain de Botton]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/ensayo/alas-consolaciones-de-la-filosofiaa-de-alain-de-botton</link>
      <guid>http://www.papelenblanco.com/ensayo/alas-consolaciones-de-la-filosofiaa-de-alain-de-botton</guid>
      <pubDate>Sun, 23 Nov 2008 13:42:06 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" src="http://img.papelenblanco.com/2008/11/Consolaciones.jpg" alt="" />Carambolas de la vida, cayeron en mis manos dos libros con similares propósitos: el popularísimo <em>Más Platón y menos Prozac</em>, de Lou Marinoff, y el que es objeto de esta reseña, <strong>Las consolaciones de la filosofía</strong>. </p>

	<p>El primero confieso que fui incapaz de acabarlo: trataba de arreglar el mundo con cuatro recetas demasiado elementales, tenía aspecto de autoayuda cogida por los pelos, era pretencioso, limaba algunas aristas para que todo encajara en su tesis, mostraba una arrogancia y una superioridad frente a los demás saberes un poco estomagantes… casi parecía un publirreportaje para dar trabajo a una nueva clase de profesional: el terapeuta filosófico. </p>

	<p>El segundo, del infalible <strong>Alain de Botton</strong>, sin embargo, es mucho menos ambicioso pero también más juicioso y templado.</p>

	<p>Lo que más me llama la atención de <strong>Las consolaciones de la filosofía</strong>, este modesto manual para enfrentarse a la vida con cierto bagaje intelectual (no lo confundamos con un libro de autoayuda aunque juegue en la misma liga), es su tremenda facilidad para simplificar las ideas filosóficas más abstrusas en narraciones asequibles para profanos. La imagen recuerda a la de un grupo de hormigas rojas actuando con voracidad metódica sobre el cadáver de un animal: al final sólo queda la osamenta, un armazón limpio de impurezas gracias a la infinita pedagogía del autor. </p>

	<p><!--more--></p>

	<p>La primera parte del libro, que trata sobre la independencia de nuestras ideas y nuestras acciones y la natural tendencia de la gente al gregarismo, resulta especialmente conmovedora gracias al relato de Sócrates, que mantuvo sus convicciones hasta el final, conservando la serenidad incluso en el momento de tomarse la cicuta. Hasta su carcelero, tras compartir unas horas de charla con él, acabó lamentando que el mundo deseara eliminar de un plumazo a un hombre tan amable, lúcido y sensible. También era bastante feo, pero se le perdona. </p>

	<p>Luego viene una segunda parte dedicada al dinero, las posesiones y la publicidad, usando el pensamiento estoico de Séneca como hilo conductor, poniendo en evidencia que tenemos unas concepciones peligrosamente optimistas sobre el mundo y sobre los demás.</p>

	<p>Más tarde leeremos sobre la ineptitud, tanto social, como cultural e intelectual, de la mano de Montaigne, que era todo un especialista en narrar las miserias humanas, empezando por él mismo. </p>

	<p>Del amor y sus tribulaciones se encargará Schopenhauer. Y de las dificultades en general, Nietzsche, quien opinaba que la felicidad no era la ausencia de conflicto sino el saberse enfrentar con inteligencia al conflicto, entresacando lecciones que más tarde nos permitirán evitar otros. </p>

	<p>Y es que <strong>Las consolaciones de la filosofía </strong>es un delicioso libro que arrojará un poco de luz a aquellas cuestiones que suelen obstaculizar el buen vivir, todo ello de una forma amenísima, franca, de un autor que no gusta enredar con conceptos ininteligibles y que, por el contrario, tal y como sostenía Montaigne, cree que la claridad expositiva y la diversión no están reñidas con la rigurosidad. </p>

	<p>Ahí va un fragmento de la parte dedicada a Montaigne a propósito de las pedorretas:</p>

	<p><blockquote><p>Montaigne había oído hablar de un hombre que sabía tirarse pedos a voluntad y en cierta ocasión había organizado una pedorrera como acompañamiento métrico de un poema. No obstante, semejante alarde de control no contraviene su observación general en virtud de la cual nuestro cuerpo se lleva la palma sobre nuestra mente y nuestro esfínter es sumamente “indiscreto y escandaloso”. Montaigne conocía incluso un trágico caso de un trasero “tan turbulento y rebelde que tiene a su amo sin aliento tirándose pedos constantemente y sin remisión desde hace cuarenta años, llevándole así a la muerte.</p></blockquote></p>

	<p>Editorial Taurus, 2001 <br />
295 páginas</p>

	<p>Más información | <a href="http://www.taurus.santillana.es/ld.php?id=362">Ficha en Editorial Taurus</a></p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[‘Del amor’, de Alain de Botton]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/ensayo/adel-amora-de-alain-de-botton</link>
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      <pubDate>Sun, 07 Sep 2008 13:39:11 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" src="http://img.papelenblanco.com/2008/09/del_amor.jpg" alt="" />Vamos con la primera novela del ahora reputado filósofo <strong>Alain de Botton</strong>, aunque llamar novela a <strong>Del amor </strong>quizá es un poco inexacto. Mejor sería: disección quirúrgica del proceso del enamoramiento, el emparejamiento y la posterior disolución de la relación. Pero como queda algo largo, lo dejaremos en “novela filosófica” sobre el amor. Aunque, si bien es cierto que hay mucha filosofía y erudición academicista en <strong>Del amor </strong>y escaso argumento, ello no es sinónimo de sopor ni de falta de emoción. <strong>Del amor </strong>es muy entretenida, jugosa y hasta emocionante. </p>

	<p><strong>Alain de Botton </strong>(Suiza, 1969), del que ya hablamos a propósito de su ensayo de viajes <a href="http://www.papelenblanco.com/2008/08/17-lectura-para-el-verano-ael-arte-de-viajara-de-alain-de-botton">El arte de viajar </a>, escribió esta obra con sólo 20 años. Una precocidad que echará para atrás a mucha gente. En una entrevista, de hecho, interpelado por esta misma circunstancia, el autor se defendió así:</p>

	<p><blockquote><p>A veces se me achaca que no he sufrido suficientemente para poder escribir sobre el amor porque soy demasiado joven. Y yo les contesto siempre que sufrí tanto cuando a los ocho años mis padres me llevaron a un internado inglés (se llamaba nada menos Dragon´s College) que he acumulado reserva de sufrimiento para toda la vida.</p></blockquote></p>

	<p><!--more-->      </p>

	<p>Pero <strong>Del amor</strong>, no sólo fue traducida a doce idiomas un año más tarde de su publicación, sino que destila una brillantez propia de un autor consagrado experto en las lides amatorias. A las pocas páginas, uno olvida la presunta bisoñez del autor y convierte <strong>Del amor</strong>en tutora y hasta cicerone del corazón, pues demuestra que conoce el camino mucho mejor que la mayoría, sus recovecos, las entrañas psicológicas de las peleas, los celos y demás, las contradicciones, los deseos y frustraciones, absolutamente todo, hasta el significado decodificado de una simple caricia, acaba siendo objeto del lúcido análisis de <strong>Alain de Botton</strong>. Y, además, pocas veces pierde el fino sentido del humor. </p>

	<p>La historia arranca en un aeropuerto, donde el protagonista conoce, por casualidad, a Chloe. Aquí ya empezará el autor a engrandecer todos los detalles, no sólo el color de sus ojos, las primeras miradas, los tanteos, sino que incluso efectuará diagramas matemáticos y dibujos para saber cuáles eran las posibilidades reales de haberse conocido, incluyendo el croquis de la disposición de los asientos en un 767 de British Airway. Luego vendrán más parábolas o análisis científicos y filosóficos de todo cuanto acontezca, como la forma que tiene la dentadura de Chloe, que según el narrador protagonista es kantiana y no platónica o la curva rígida o la curva voluble que expresan las diversas personalidades de Chloe. Todo ello hasta el fatídico final, en el que el amor se termina, aparece el fantasma de la infidelidad, la separación, el terror a la soledad, el anhelo de suicidarse y… el encuentro con Rachel, con la que todo volverá a comenzar; quizá habiendo aprendido algo de todo lo vivido, quizá no. </p>

	<p>Puede que parezca que estoy destripando el final de la historia. Pero nada más lejos de la verdad. Lo fascinante en <strong>Del amor </strong>no es lo que pasa sino cómo está contado. <strong>Del amor </strong>es la historia de amor más aburrida del mundo narrada de una originalísima forma. </p>

	<p><blockquote><p>En otro restaurante chino (a Chloe le encantaban) caí en la cuenta de que los encuentros con los demás quizá fueran como esa rueda circular colocada en el centro de la mesa, sobre la cual se ponen los platos y que podemos girar de modo que si en determinado momento tenemos delante unos langostinos, un minuto después tendremos carne de cerdo. ¿Acaso el hecho de amar a alguien no seguía el mismo esquema circular en el que buenos y malos iban girando por turno? Móviles en otros ámbitos, permanecemos erróneamente aferrados al inmovilismo de los sentimientos humanos y a la idea de que existe una separación hermética entre el amor y el no-amor, una línea divisoria que sólo deberíamos atravesar dos veces, al comienzo y al final de una relación, y no recorrer cada día o cada hora. Hay una tendencia a separar el amor del odio en vez de ver en ambos respuestas legítimas a las múltiples facetas del ser humano. Hay una necesidad infantil de amar a los totalmente buenos y odiar a los totalmente malos, de encontrar un solo blanco apropiado para nuestros instintos agresivos o cariñosos. Pero con Chloe no podía darse una estabilidad semejante. Me bastaría un instante para hacer girar cada plato en la fuente china de Chloe y quedar aturdido por la confusión que surgiría.</p></blockquote></p>

	<p>La historia es anodina, estereotipada, y sin embargo, <strong>Botton</strong> la dota de una densidad impropia de cualquier novela, pues apoya todo lo que explica con continuas muletas de pensadores de toda la historia occidental, desde Platón a Milan Kundera, pasando por Groucho Marx. Porque, si bien cualquier relación amorosa se funda, por definición, en el arbitrio y el desorden, el propósito de <strong>Botton</strong> no es esclarecer el misterio sino trazar líneas maestras que competan a cualquier relación. Y lo consigue. <strong>Botton</strong> genera unos paradigmas universales en los que todos, en mayor o menor grado, nos sentiremos enseguida identificados. Más aún: <strong>Botton</strong> perfila este andamiaje con plomada y gran minuciosidad, al igual que un ebanista repasando con su garlopa cada arista, hasta los niveles más microinfinitesimales. </p>

	<p>En resumidas cuentas, un texto (llamarlo manual de autoayuda sería hacerle un flaco favor) que permite que meditemos sobre nuestra relación en curso y/o también, siguiendo el hilo de Ariadna, que nos orientará por el laberinto de nuestra memoria amorosa y los sentimientos asociados, acaso sacando a la luz detalles que en su momento nos pasaron totalmente desapercibidos.</p>

	<p>Sitio Oficial | <a href="http://www.alaindebotton.com/">Web oficial de Alain de Botton</a></p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[[Lectura para el Verano] ‘El arte de viajar’, de Alain de Botton]]></title>
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      <pubDate>Sun, 17 Aug 2008 12:50:21 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" src="http://img.papelenblanco.com/2008/08/Bottom_viajar.jpg" alt="" />Viajar se ha convertido en una de las actividades más placenteras (o al menos, más ubicuas) de las sociedades pudientes. Y como cualquier otra actividad ligada íntimamente a la capacidad económica (con sus ofertas, con sus desplazamientos en manada, con sus colecciones de postales y fotografías con las que luego mortificar a familiares y allegados, con sus créditos para financiarse una semanita en una playa paradisíaca), uno termina desarrollándola con voracidad, sin preguntarse para qué sirve lo que está haciendo o si realmente ello le hace feliz. <strong>El arte de viajar</strong>, de <strong>Alain de Botton</strong>, si bien no responde del todo a estas preguntas, sí que pertrecha convenientemente al lector con las herramientas para empezar a viajar de otra manera, de una manera más satisfactoria e inteligente.</p>

	<p><strong>Alain de Botton </strong>(Suiza, 1969) es filósofo, aunque de los cercanos y divulgativos, nada pedantes, pero sí enciclopédicos, sobre todo cuando se pone a hacer referencias literarias: enseguida te entran unas ganas locas por leer todo lo que recomienda. <strong>Botton</strong> es ya autor de diversas obras que han acercado la filosofía al gran público desde prismas totalmente nuevos, como <em>Las consolaciones de la filosofía</em>, <em>Cómo cambiar tu vida con Proust </em> o <em>Ansiedad por el estatus</em>. Algunos de ellos, incluso, han tenido adaptaciones para la pequeña pantalla en forma de documentales, todos ellos altamente recomendables.</p>

	<p><!--more--></p>

	<p>Así que, a la luz filosófica de <strong>Alain de Botton</strong>, viajar precisa de un adiestramiento propio del que pretende embarcarse en cualquier otra actividad artística o intelectual. Porque viajar puede ser algo muy serio y trascendente, y no una mera huida de la rutina diaria donde apenas importa el destino siempre que éste sea lejano. Para ello, <strong>Botton</strong> recomienda, en primer lugar, prescindir de las guías de viajes sobre los lugares que vamos a visitar. A su modo de ver, las guías de viaje nos impiden que nuestra curiosidad, la verdadera brújula que debe encaminar nuestros pasos, aflore y enriquezca la experiencia con encuentros fortuitos. Porque, aunque parezca increíble para muchos, la Torre Eiffel no tiene por qué ser lo que un turista de París necesite visitar para regresar a casa satisfecho. La mayoría de viajes guiados por los lugares comunes suelen defraudar al viajero. El verdadero viaje debe alimentarse previamente con lecturas y experiencias personales. </p>

	<p>Para ratificar su teoría principal, <strong>Botton</strong> divide cada capítulo de <strong>El arte de viajar </strong>en dos partes: por un lado se narra un viaje del autor, y por el otro se invoca a un escritor o un artista célebre para señalar algunos aspectos sobre la actitud que debe tomar un viajero. Así, además de las lúcidas descripciones y reflexiones de <strong>Botton</strong> en torno a los aeropuertos, las alfombras exóticas, los romances o los minibares de hotel, encontraremos apuntes de Baudelaire y Flaubert y su vindicación del movimiento geográfico; de William Wordsworth y su aprecio por la naturaleza; o de Edgard Hopper y Van Gogh y su afición por ilustrar sus viajes. Este último punto es relevante en la tesis de <strong>Botton</strong>: la necesidad de plasmar con dibujos lo percibido en el viaje (o escribirlo en un diario) debería suplir la obsesión por tomar montañas de fotografías en las que uno aparece siempre posando en los lugares típicos (fotografías que son como postales que pueden ser adquiridas o descargadas de Internet sin efectuar realmente el viaje). Sin embargo, una forma mucho más poderosa de capturar la belleza y la extrañeza de lo que vemos es dibujarlo en un cuaderno, o escribirlo, lo cual también añade un plus de exclusividad con la que ninguna postal puede rivalizar.</p>

	<p><blockquote><p>Un impulso dominante al encontrar la belleza es el deseo de aferrarse a ella: poseerla y darle relevancia en nuestras vidas. La necesidad de decir &#8220;he estado aquí, lo he visto y me ha importado&#8221;. Mas la belleza es fugitiva, la hallamos con frecuencia en lugares a los que puede que jamás regresemos, o bien es el resultado de una insólita conjunción de la época, la luz y las condiciones meteorológicas. ¿Cómo arrreglárselas pues para poseerla, cómo aferrarse al tren flotante, a los ladrillos con aspecto de torta dulce o al valle inglés?</p></blockquote></p>

	<p>En definitiva, un libro imprescindible para amantes de los viajes, muy bien documentado aunque nada denso, de uno de los filósofos más mediáticos del momento. Un libro que, incluso, abogará por reconocer con nuevos ojos los lugares que nos rodean, tal y como hizo Xavier de Maistre en 1790, que acabó emprendiendo un viaje por su propia habitación, titulando la crónica de lo que allí había visto de este modo: <em>Viaje alrededor de mi cuarto</em>.</p>

	<p>Editorial Santillana <br />
Colección Taurus Pensamiento, 2002<br />
246 páginas </p>

	<p>Sitio Oficial | <a href="http://www.taurus.santillana.es/ld.php?id=410">Editorial Taurus Santillana</a>  <br />
En Papel en blanco | <a href="http://www.papelenblanco.com/tag/lecturas+verano">Lecturas para el verano</a></p>      ]]></description>
      </item>
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