
Esperen que tome aire. Sí. Lo estoy flipando en colorines, como diría una preadolescente repipi. He escrito Solzhenitsyn a voleo, y lo he escrito bien, a la primera. Hoy me he levantado con el pie izquierdo (en el buen sentido: soy zurdo). En fin, que Aleksandr Solzhenitsyn es un escritor magnífico, que falleció el pasado 3 de agosto, por vejez y porque su cuerpo seguramente no aguantaba por más tiempo el recuerdo candente de un pasado tan turbulento en la incomodidad de su senilidad. Mucho se ha escrito ya sobre él.
Es curioso que ahora los medios le hayan otorgado tanto protagonismo, cuando la actitud habitual ha sido ignorarle e infravalorarle. Solzhenitsyn ha escrito la que seguramente es la obra más importante de la historia de la literatura rusa: ‘Archipiélago Gulag’, y no puedo dejar escapar la oportunidad de nombrar su novela corta ‘Un día en la vida de Ivan Denisovich’, una auténtica bomba de relojería que decapita las bases del comunismo estalinista, que las ahoga desde un ámbito particular, la de la cotidianeidad de un ciudadano normal y corriente que es aplastado por un sistema que definitivamente no funciona. Pero volviendo a ‘Archipiélago Gulag’, hay que reconocer que no es sólo de literatura de lo que estamos hablando. Es de la ucronía hecha realidad, de la narración cronista y desconsolada. La pesadilla descrita en forma de tres volúmenes, de una forma tan desalentadora como necesaria.

