Estamos probablemente ante el libro de divulgación sobre biología evolutiva más divertido que se pueda leer. Y eso no quiere decir que, ni por asomo, el libro presente sea poco riguroso: Olivia Judson es licenciada en biología evolutiva por Stanford y doctorada por Oxford.
Aquí, sin embargo, se hace llamar Dra. Tatiana, una especie de consultora sentimental para diferentes especies animales aquejados de estrambóticos (pero reales) problemas sexuales.
Así pues, el libro está estructurado en base a una serie de cartas que la doctora recibe en su consultorio, y sus respuestas, con muchas dosis de humor y complicidad, nos sirven para entender cuán variopinto es el sexo en la naturaleza. Porque el sexo es fascinante, y no se limita a la copulación.
Por ejemplo, para las ranas y la mayoría de peces el sexo consiste en expeler huevos y esperma. Los escorpiones y las salamandras depositan en el suelo paquetes de esperma para que la hembra se siente sobre ellos y exploten en su tracto reproductor, cual trampa sexual. Para un erizo de mar, el sexo es soltar huevos y esperma en el mar con la esperanza de que, de algún modo, acaben encontrándose entre las olas. Para las plantas con flor, el sexo es confiar el polen al viento o a un insecto para que lo transporten hasta una flor femenina receptiva.


El otro día tuvieron la gentileza de invitarme a subir al 

A pesar de su tono desenfadado (y de un título todavía más desenfadado, De focas daltónicas y alces borrachos), el filósofo y biólogo Jörg Zittlau ha escrito un libro de divulgación desde un punto de vista de veras original sobre la evolución darwiniana.
Podríamos considerar El pequeño gran libro de la ignorancia (animal) más como un complemento que como una segunda parte de El pequeño gran libro de la ignorancia,
No puedo evitar afirmar que este libro de cuentos me ha encandilado. Por su originalidad, por su extensa documentación (lo cual se traduce en que uno sale mucho más sabio y con callo mental después de haber pasado por estas páginas), por su fina ironía y, en definitiva, por esa extraña cualidad que poseen los buenos textos: que permiten leerse de una sentada, sin tomar aire. O como si fuera aire.