Parafernalia habla de las cosas, a modo de enciclopedia. Pero no es una enciclopedia. Steven Connor ha conseguido que un libro enciclopédico se convierta en una obra deliciosa, de lectura pausada. Sí, Connor habla de las cosas que nos rodean, las cosas más insignificantes, pero lo hace con una elegancia, una erudición y una pizca de poesía tan irresistible que, más que una enciclopedia, estamos ante una realidad novelada.
A veces, Parafernalia recuerda más a El primer trago de cerveza de Philippe Delern que a un catálogo de curiosidades sobre los objetos cotidianos. Connor no ha querido dejarse en la aduana los signos distintivos del talento, o los ha degradado hasta hacerlos neutros, como suele ocurrir en los manuales o en las colecciones de explicaciones históricas acerca de objetos cotidianos.
Connor no pretende ser un escriba dócil, o un notario de la realidad. Connor se implica casi emocionalmente con cada objeto y le saca brillo a base de frotarlos como si fueran lámparas mágicas que ocultan un genio en su interior. Y os lo aseguro: tras la lectura de Parafernalia, empezaréis a contemplar objetos tan anodinos como un botón o un alfiler como artefactos mágicos.
De algún modo, Connor cultiva la actividad de observar frente a la de mirar, un poco en la línea de Patricia Schultz en su libro 1.000 sitios que ver antes de morir:

El término
No nos engañemos: lo que mola cantiduvi es creer en una visión holística del mundo, en el libre albedrío, en el juicio individual ponderado, en el altruismo de capilla, en la armonía del cosmos, en la sabia naturaleza y en el cine de filmoteca como quintaesencia de la hondura psicoemocional… aunque haya quintales de pruebas que sugieran que la mente humana está sólo imperfectamente diseñada para la evaluación racional de datos y, sobre todo, al servicio de un objetivo primordial: el intercambio de ADN.
Hagamos lo que hagamos, seamos quienes seamos, todos compartimos rasgos culturales, sociales y políticos con sociedades distribuidas por todo el planeta. Por ejemplo, si te dedicas a los negocios, probablemente precisarás de la ayuda de la fonética asiria, de la imprenta china, del álgebra árabe, de la numeración india, de la doble contabilidad italiana o de las leyes mercantiles holandesas.
El antropólogo Marvin Harris es un autor prolífico. Difícilmente habrás leído todos sus libros, aunque hay algunos que son imprescindibles, como
Este libro podría infartar a cualquier lector que tenga una concepción jerárquica de la cultura y de las costumbres y estilos de vida allende los mares. El que sienta cierto interés por huir del provincianismo que le ha tocado en gracia a fin de ver el percal con cierta perspectiva, entonces debe zambullirse a pulmón libre en Bueno para comer, del antropólogo más popular del mundo: Marvin Harris.
Éste es el último libro traducido del influyente y multipremiado Richard Dawkins (Nairobi, 1941). Hace tan poco que salió de la imprenta que aún está caliente. Su tamaño puede asustar: casi 900 páginas de letra diminuta. Y hay razones para asustarse: si no estás realmente muy interesado en temas como la evolución, la biología y la antropología, es mejor que no pierdas el tiempo, porque algunos fragmentos son densos, técnicos y prolijos. Sin embargo, aunque el interés sea medio, vale la pena el esfuerzo aunque para disfrutar de algunos de los legendarios capítulos; capítulos que demuestran cuán diversa y pluscuamperfecta puede llegar a ser la vida en la Tierra.